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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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El cometa fascinaba a Eric, y había leído todo cuanto pudo sobre él. Ahora dominaba el firmamento, mañana habría pasado. Eric patrullaba con su compañero por las calles de Burbank, extrañamente activas. La gente iba de un lado a otro, amontonando objetos en remolques, haciendo cosas dentro de sus casas. Había mucho tráfico.

—Tengo ganas de que pase todo esto —dijo su compañero, el inspector Harris. Era un policía de la cabeza a los pies. El brillante espectáculo luminoso que tenía lugar en los cielos no era más que otro problema para él. El espectáculo era bonito, y cuando hubiera pasado él miraría las películas sobre el fenómeno. Pero de momento era una especie de patada en la espinilla.

—Coche cuarenta y seis —se oyó por la radio—. Vean a la mujer de Alamont ocho, nueve, siete, seis. Informa de gritos en el piso por encima del suyo. Utilicen el código tres.

—Diez, cuatro —dijo Eric al micrófono. Harris ya había girado en redondo.

—No se trata de una pelea familiar —dijo Harris—. Son apartamentos de solteros. Probablemente algún tipo no acepta un no por respuesta.

El coche se detuvo ante el edificio de apartamentos. Era una casa grande y lujosa, con piscina y sauna. Árboles del caucho se elevaban a ambos lados de la entrada. Tras las puertas de vidrio del vestíbulo esperaba, de pie, una muchacha con una bata de noche de seda azul. Parecía asustada.

—Es en el tres, catorce —les informó—. ¡Era horrible! Gritaba pidiendo auxilio...

El inspector Harris se detuvo un instante para mirar el buzón del apartamento 314. Leyó «Colleen Darcy». Fue el primero en subir las escaleras, blandiendo la porra que acababa de desenfundar.

Los apartamentos del tercer piso daban a un corredor interior. Eric recordó haber visto el edificio desde el otro lado. Tenía unos pequeños balcones individuales, con unas mamparas que los ocultaban desde la calle. Probablemente eran buenos sitios para que las chicas tomaran el sol. El corredor estaba recién pintado, y todo daba la impresión de un edificio agradable, un buen sitio para albergar a jóvenes solteros. Naturalmente, los mejores apartamentos estarían al otro lado, frente a la piscina.

El corredor estaba en silencio. No podían oír nada a través de la puerta del 314.

—¿Y ahora qué? —preguntó Eric.

Harris se encogió de hombros y luego dio unos fuertes golpes con la mano en la puerta. No hubo respuesta. Llamó de nuevo.

—Abran a la policía. ¿La señorita Darcy?

Tampoco hubo respuesta. La muchacha que les había llamado subía las escaleras detrás de ellos.

—¿Está segura de que se encuentra ahí dentro? —preguntó Eric.

—¡Sí! Estaba gritando.

—¿Dónde está el encargado?

—No está aquí. Le llamé, pero no había nadie.

Eric y su compañero intercambiaron miradas.

—¡Gritaba pidiendo socorro! —dijo la joven llena de indignación.

—Probablemente tendremos problemas por hacer esto —murmuró Harris. Se hizo a un lado, comunicando a Eric por gestos lo que pensaba hacer. Entonces sacó su revólver reglamentario.

Eric retrocedió, alzó un pie y pateó la puerta cerrada, una y otra vez. La puerta cedió y Eric se precipitó al interior del apartamento, haciéndose rápidamente a un lado, tal como le habían enseñado.

Había una sola habitación, y algo sobre la cama. Más tarde Eric pensaría que sólo había pensado eso: «algo». Parecía tan pequeña como una muchacha veinteañera...

Había sangre en la cama y en el suelo. La estancia olía a perfume caro.

La muchacha estaba desnuda. Eric vio sus largos cabellos rubios, extendidos cuidadosamente sobre la almohada. El pelo estaba manchado de sangre. Uno de los pezones había desaparecido. La sangre rezumaba de las punzadas debajo de la carne desgarrada. Alguien había hecho dibujos en la sangre, trazando una flecha hacia abajo para señalar el oscuro vello púbico. Allí había más sangre.

Eric sintió náuseas y contuvo el aliento. Su compañero entró en la habitación.

Harris echó un vistazo a la cama y apartó la vista en seguida. Sus ojos registraron la habitación, no vio a nadie, y luego buscó las puertas. Había una puerta al otro lado de la estancia, y Harris se dirigió a ella. En aquel momento se abrió la puerta, que pertenecía a un armario empotrado, y un hombre salió precipitadamente, lanzándose hacia el corredor. Pasó al lado de Joe Harris, en dirección a la mujer que había llamado a la policía y que ahora gritaba aterrorizada.

Eric aspiró hondo, se dominó y corrió a interceptar al intruso. Este tenía un cuchillo manchado sangre. Lo alzó, señalando con la punta hacia Eric, el cual desenfundó su pistola y la apuntó al pecho del hombre. Tensó el dedo sobre el gatillo.

El hombre levantó los brazos, dejando caer el cuchillo. Luego se arrodilló, sin decir nada.

La pistola de Eric seguía los movimientos del hombre. El dedo volvió a tensarse sobre el gatillo. Una leve presión y... ¡No! Soy un policía, no un juez ni un jurado.

El hombre mantenía sus manos en actitud suplicante, casi como si rezara. Cuando Eric se acercó, vio sus ojos. En su mirada no había terror, ni siquiera odio. Tenía una curiosa expresión, que era a la vez de resignación y de satisfacción, y que no cambió lo más mínimo cuando miró más allá de Eric Larsen, a la muchacha muerta.

Más tarde, después de que hubieran llegado los detectives y el forense, Eric Larsen y Joe Harris llevaron a su prisionero a la cárcel municipal de Burbank.

Mientras estaban interrogando al prisionero se presentó un abogado que vivía en el edificio de apartamentos, diciendo a gritos que la policía no tenía derecho a hacerle confesar. Aconsejó al hombre que se mantuviera en silencio. El se echó a reír.

—Tiene que llegar vivo a su destino —dijo el abogado en voz quejumbrosa.

Eric y Harris hicieron subir al prisionero al coche patrulla. Al día siguiente lo enviarían a la prisión del condado de Los Angeles.

Desde su detención el hombre no había abierto la boca. Los policías sabían cómo se llamaba por los documentos de su cartera: Fred Lauren. Se habían enterado también de sus antecedentes: seis delitos sexuales anteriores, dos de ellos con violencia. Un período de prueba tras otro y luego libertad condicional después de tratamiento psiquiátrico.

Cuando llegaron a la comisaría, Eric sacó a Lauren del coche a empellones.

—Me hace daño —dijo el hombre.

—Te hace daño. ¡Hijo de perra! —Harris se acercó a Lauren y le dio un codazo en la boca del estómago. Repitió el golpe—. Nada de lo que pueda ocurrirte hará el daño que tú... —Se interrumpió, incapaz de proseguir.

Eric se interpuso entre su compañero y el prisionero.

—No vale la pena, Joe.

—¡Le denunciaré! —gritó Lauren. Entonces se rió—. No. ¿De qué serviría? No.

—Ahora está asustado —dijo Eric—. En cambio no lo estaba cuando lo arrestamos.

—Pero tampoco ahora lo estaba.

En cuanto Harris se apartó e hicieron avanzar a Lauren hacia el interior de la comisaría, el miedo se desvaneció y fue reemplazado por la expresión resignada.

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