El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—¡Adivina qué sucederá el próximo martes! —exclamó jubiloso.
—Un cometa chocará con la Tierra.
—¿Qué? No, no, esto es serio. ¡Empezamos a funcionar!
Tengo todos los permisos. El último pleito ha sido desestimado. La central nuclear de San Joaquín se convierte en un servicio totalmente operativo.
Dolores no parecía tan satisfecha como él había esperado.
—¿Habrá alguna ceremonia inaugural? —le preguntó.
—No, ¿por qué?
—Porque no estaré aquí, a menos que tengas una absoluta necesidad de mí...
El frunció el ceño.
—Siempre tengo una absoluta necesidad de ti.
—Mejor que sea así —dijo ella, dándose unas palmaditas en el vientre. Estaba del todo liso, pero él comprendió—. De todos modos he de visitar al doctor Stone en Los Angeles. Pensé quedarme allí, visitar a mi madre y regresar el martes por la noche.
—Claro. Escucha, Dolores.
—¿Qué?
—Quieres tener este niño, ¿verdad?
—Sí, voy a tenerlo.
—Entonces, casémonos.
—No, gracias. Ambos lo hemos intentado ya.
—Pero no entre nosotros —dijo él, tratando de parecer convincente, aunque en secreto se sentía aliviado. Pero no podía dejar las cosas así—. No será justo para con el chico. No tendrá padre...
Ella se echó a reír.
—No nacerá por partenogénesis. Estoy relativamente segura de que tiene padre, y creo saber bastante bien quien es.
—Vamos, Dolores, ya sabes a qué me refiero.
—Claro. —Dejó la taza de café sobre la mesa y abrió la agenda de Barry—. Tienes que almorzar con el vicegobernador. No lo olvides.
—Ese imbécil. Es lo único que podía haberme hecho perder mi euforia. Pero me portaré bien, puedes estar segura.
—Muy bien —dijo Dolores, y se dispuso a salir.
—Espera. —Dolores se detuvo y él añadió—: Mira, hablemos de ello, cuando vuelvas de Los Angeles. También es hijo mío.
—Claro —dijo ella, y se marchó.
—Eh, chico, ese Martillo va a borrar del mapa esta ciudad.
—No digas sandeces. —Alim Nassor sonrió—: Nosotros sí que vamos a hacer algo sonado.
Alim había oído todo cuanto se decía del cometa. Los predicadores tenían cada vez más audiencia, y se forraban. El fin del mundo se aproxima, haz las paces con el buen Jesús y da dinero...
Más poder para ellos. Una de las consecuencias del cometa era que los blancos estaban abandonando sus casas. Durante sus merodeos por Brentwood y Bel Air, Alim descubrió muchas casas en cuyos porches se amontonaban periódicos atrasados y botellas de leche. Viajaba en una vieja camioneta, cargada con cortacéspedes y herramientas de jardinería en la caja. ¿Quién iba a fijarse en unos jardineros negros? Por eso cuando se detuvieron para recoger los periódicos y las botellas de leche nadie reparó en ellos. Y ahora Alim tenía las direcciones y lo limpiarían todo, de modo que nadie más podría intentar robar...
Pasarían por Bel Air y Brentwood como una máquina segadora. Alim Nassor se había aliado con media docena de delincuentes, con hombres a los que no les gustaba demasiado acatar órdenes, pero que vieron muy claro el asunto. El Martillo de Dios no era algo que se presentara dos veces en la vida de un hombre.
En algunas de las casas tenían que despistar, pues la policía rondaba por allí. Siempre tenían que ocuparse de ese pequeño problema. Sólo requería planificación. Incluso segaban algunos metros de césped. Hacían un buen trabajo, y de esa manera podían observar toda la manzana, ver a la gente que cargaba los remolques y se marchaba. Bel Air estaba semidesierto.
¡Aquella noche iba a resultar fácil recoger un buen botín! Y después... tal vez podrían intervenir de nuevo en el juego político. Muchos hermanos tendrían pan por algún tiempo. Sin embargo... Demasiados blancos tomaban el portante. Eran ricos, personas instruidas. También en el Ayuntamiento todo el mundo estaba nervioso. ¿Tal vez aquella cosa podría chocar realmente?
Alim había echado un vistazo a los periódicos y revistas. Podía leer bastante bien. Tal vez un poco lento, pero entendía las frases, y algunos de los dibujos aclaraban las cosas. No había que estar en terreno bajo. ¡Olas de trescientos metros de altura! Al tipo que las había dibujado no le faltaba imaginación. Mostraba parte del Ayuntamiento de Los Angeles sumergido, con la torre que emergía por encima del nivel del agua, mientras que apenas sobresalían los tejados de la Administración del Condado y el Palacio de Justicia. Todos los cerdos muertos. Aquello sí que sería algo grande. Pero él no quería estar allí para verlo cuando sucediera.
Tal vez no ocurriría, y todos los blancos volverían a sus casas.
—Vaya sorpresa que se llevarán —murmuró Alim.
—¿Qué?
—Los blancos. ¿Verdad que tendrán una sorpresita cuando vuelvan a casa?
—Sí, pero ¿por qué sólo estos sitios? Si sólo atacamos las casas más ricas en un territorio mayor...
—Cállate.
—Bueno.
—Quiero que estemos juntos. Si una de estas casas estuviera llena de cerdos, podremos defendernos.
—De acuerdo.
El Martillo de Dios. ¿Y si fuera algo real? ¿Adonde podrían ir? Al sur no, desde luego. Los políticos podían hablar de la unidad de negros y morenos, pero eso no era más que cháchara. A los chicanos no les gustaban los negros, y los negros odiaban a los chicanos. Había clubs donde uno tenía que matar a un negro para que le admitieran entre la chusma chicana, eran matones peligrosos, y cuanto más al sur, tanto más.
—Esta noche llevaremos armas —dijo Alim—. Todas las armas.
Harold se sobresaltó, y la camioneta se desvió un poco.
—¿Crees que vamos a tener problemas?
—Sólo quiero estar preparado —dijo Alim.
Y aquel maldito cometa... Mejor sería tener pistolas y munición para la noche y el día siguiente. Y también comida. El mismo la conseguiría, para no molestar a los hermanos.
Por lo menos, si caía el cometa, estarían a bastante altura.
El patrullero Eric Larsen había llegado a Los Angeles procedente de Topeka, con un grado universitario en lengua inglesa y el ferviente deseo de escribir guiones para televisión y cine. La necesidad de mantenerse y una imprevista oportunidad le hizo ingresar en el departamento de policía de Burbank. Se dijo a sí mismo que sería una valiosa experiencia. ¡Grandes guionistas, como Joseph Wambaugh, habían sacado un excelente partido a su carrera policial! Y Eric podía escribir, al menos eso era lo que garantizaba su título.
Tres años más tarde todavía no había escrito un solo guión, pero tenía confianza en sí mismo, curiosas historias que contar y una mejor comprensión tanto de la naturaleza humana como de la industria cinematográfica y televisiva. También había madurado mucho. Había vivido con una mujer, se había comprometido en un par de ocasiones y había vencido su incapacidad de tener libres amistades con muchachas, aun cuando no había perdido su fuerte tendencia a idealizar a las mujeres. A Eric le hería ver a las jóvenes que huían de su casa y eran explotadas por los hampones callejeros. No dejaba de pensar en qué podrían haberse convertido.
También aprendió la visión policial del mundo: toda la humanidad se divide en tres partes: policías, chorizos y civiles. Todavía no había adoptado una actitud de desprecio hacia los civiles. Eran las personas a las que se suponía que debían proteger, y tal vez aquella actitud se debía además a que él no era un policía de carrera —aunque en Burbank no lo sabían— y podía tomar en serio su trabajo. Los civiles le pagaban. Un día él sería uno más de ellos.
Había aprendido a maldecir el sistema judicial, aunque conservaba suficiente objetividad literaria para admitir que no sabía con qué sustituirlo. Algunas personas podían ser «rehabilitadas». No muchas. La mayoría de los chorizos no eran más que eso, y lo mejor que se podría hacer con ellos sería llevarlos a la isla San Nicolás y abandonarlos allí, para que se mataran entre sí. El problema estribaba en que no siempre se podía saber cuáles debían ser apartados para siempre de la sociedad y cuáles podrían encajar de nuevo en la misma. A menudo se enfrascaba en discusiones sobre el particular con sus colegas. Sus compañeros policías le llamaban «el profesor», y bromeaban con sus ambiciones literarias y el diario íntimo que llevaba. Pero Eric se llevaba bien con casi todo el mundo, y su sargento le había recomendado para su promoción al grado de inspector.