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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Harvey estaba orgulloso de haber tenido aquella idea.

Quedaba, pues, la huida, y el furgón estaba en la mejor forma posible. Si fuera necesario, podría atar las motocicletas en el techo. Y además disponía aún del domingo para ir en busca de cosas en las que todavía no había pensado.

Harvey entró en la casa, exhausto, pero sintiéndose satisfecho. Aún no estaba en las mejores condiciones, pero al menos podía considerarse preparado, y mucho mejor que la mayoría. Loretta le había esperado despierta. No le hizo muchas preguntas. Le acarició, llegó a la conclusión de que él no estaba interesado en algo más íntimo y le dejó dormir.

Mientras llegaba el sueño, Harvey pensó en lo mucho que quería a su mujer.

JUNIO: CUATRO

La Tierra es una cesta demasiado pequeña y frágil para que la especie humana conserve en ella todos sus huevos.

Robert A. Heinlein

Abajo, en la Tierra, era de noche. Cada noventa minutos, el laboratorio del Martillo pasaba del día a la noche. A bordo, un reloj regía el tiempo, no la luz y la oscuridad del exterior.

Brillaban las ciudades de Europa, en el borde del mundo, pero la negra superficie del Atlántico cubría la mitad del cielo, ocultando el núcleo y el coma del Hamner-Brown. En la otra dirección, las estrellas resplandecían a través de la tenue neblina. La cola del cometa se extendía desde el horizonte en todas direcciones, y cubría la negra Tierra con luminosos tonos azules, anaranjados y verdes, que se dirigían hacia el ápex oscuro de la bóveda celeste, tachonado de estrellas. A lo lejos media luna flotaba en una matriz de ondas de choque que le daban un aspecto diamantino, como las llamaradas de un cohete en una foto instantánea. Nadie podía cansarse de contemplar aquel espectáculo.

Los astronautas habían hecho un alto en el trabajo para cenar. Rick Delanty comía sin parar, con la mirada fija en la visión magnífica a través de las mirillas. Todos habían perdido peso, como siempre ocurría, pero Rick había perdido más de la cuenta y procuraba compensarlo. Había sido necesaria una considerable inventiva para diseñar un mecanismo que midiera el peso del ser humano en un medio carente de gravedad.

—En cuanto tienes salud, lo tienes todo —dijo Rick—. Es estupendo no sentir vómitos.

Los cosmonautas soviéticos le miraron perplejos. Nunca habían visto anuncios televisivos americanos. Baker no le hizo caso.

Apareció el Sol sobre el borde del mundo. Rick cerró los ojos unos momentos y luego los abrió para contemplar el arco azul y blanco del alba que se deslizaba hacia ellos. El huracán del día anterior todavía estaba posado sobre el Océano Indico como un monstruo marino en un mapa antiguo. Era el tifón Hilda. En el extremo izquierdo se alzaba el Everest y el macizo del Himalaya.

—Jamás me cansaré de mirar esto.

Leonilla se acercó a la mirilla.

—Sí, pero parece tan frágil. Como si uno pudiera alargar la mano y pasar el pulgar por encima de la tierra, dejando un reguero de destrucción con una anchura de kilómetros. Es una sensación incómoda.

—Tiene razón. La Tierra es frágil —dijo Johnny Baker.

—¿Está preocupado por el cometa? —preguntó Leonilla. No era fácil descifrar la expresión de su rostro. Las expresiones faciales y el lenguaje corporal rusos no son del todo parecidos a los norteamericanos.

—Olvídese del cometa. Cuanto más sabemos, más frágiles nos volvemos —dijo Johnny—. Una nova cercana podría esterilizar todo en la Tierra excepto las bacterias. El sol podría estallar o enfriarse mucho. Nuestra galaxia podría explotar y acabar con la vida...

Leonilla le miró divertida.

—No tenemos que preocuparnos durante treinta y tres mil años. La velocidad de la luz, ya sabe.

Johnny se encogió de hombros.

—Podría haber sucedido hace treinta y dos mil novecientos años. O podríamos ser nosotros los causantes. Desperdicios químicos que matan la vida de los océanos, el calor generado por la contaminación...

—No vayas tan rápido —intervino Rick—. El calor generado por la polución podría ser lo único que nos salvara de los glaciares. Algunos creen que la próxima Era Glacial empezó hace siglos. Y se nos está agotando el carbón y el petróleo.

—Parece que no hay nada que hacer.

—Guerras atómicas —dijo Pieter Jakov—. Impactos de meteoros gigantes. Aviones supersónicos que destruyen las capas de ozono. ¿Por qué hacemos todo eso?

—Porque ahí abajo no estamos seguros —dijo Baker.

—La Tierra es grande, y probablemente no tan delicada como parece —terció Leonilla—. Pero el ingenio del hombre... A veces eso es lo que temo.

—Sólo hay una respuesta —dijo Baker. Se había puesto muy serio—. Tenemos que irnos, colonizar los planetas. No sólo aquí, sino en otros sistemas solares. Construir enormes naves espaciales, más móviles que los planetas. Poner nuestros huevos en muchas cestas, y es menos probable que algún accidente estúpido, o la obra de algún fanático nos haga desaparecer precisamente cuando la especie humana está llegando a ser algo que podemos admirar.

—¿Qué es lo admirable? —preguntó Jakov—. Creo que usted y yo no estaríamos de acuerdo. Pero si pretende llegar a presidente de Estados Unidos, tiene mi apoyo. Le haré los discursos, pero ellos no me dejarán votar.

—Es una lástima —dijo Johnny Baker, y por un momento pensó en John Glenn, que había buscado un cargo y lo consiguió—. Bueno, volvamos a las minas de sal. ¿Quién sale a buscar muestras esta mañana?

El núcleo del Hamner-Brown estaba a treinta horas de distancia. En los telescopios aparecía como un enjambre de partículas, con mucho espacio entre ellas. Los científicos del JPL estaban entusiasmados por el descubrimiento, pero a Baker y los demás astronautas les planteaba serios problemas. No era fácil centrar los instrumentos en las masas sólidas, porque todo se hallaba inmerso en la cola, y el gas y el polvo se extendían a tremendas velocidades, impulsados por la presión de la luz solar. Las masas se aproximaban a la Tierra a unos ochenta kilómetros por segundo. Descubrir desviaciones laterales era todavía más difícil.

—Viene directamente hacia nosotros —informó Baker.

—Sin duda habrá algún movimiento lateral —dijo la voz radiofónica de Dan Forrester.

—Sí, pero no es medible —replicó Rick Delanty—. Mire, doctor, le hemos dado cuanto hemos podido. Tendrá que bastar con eso.

—Lo siento —dijo Forrester en tono de disculpa—. Sé que están haciendo cuanto pueden. Lo que ocurre es que resulta difícil trazar la proyección sin datos mejores.

Tras aquel intercambio, tuvieron que dedicar cinco minutos a alisar las plumas arrugadas de Forrester y asegurarle que no estaban enfadados con él.

—Hay momentos en que los genios me vuelven loco —dijo Johnny Baker.

—Eso es fácil de solucionar —comentó Delanty—. Dale sólo lo que quiere. Ya ves que no se queja de mis observaciones.

—Vete a freír espárragos —dijo Baker.

Delanty le miró con fingida perplejidad.

—¿De dónde voy a sacarlos? —Se acercó a Baker—. Toma, yo apretaré los botones y tú lee las cifras.

Cuando finalizaron las observaciones de la mañana y dispusieron de unos momentos de descanso, Pieter Jakov carraspeó un poco.

—Hay algo que me intriga —les dijo—. Hace mucho tiempo que quiero preguntarlo, pero, por favor, no lo tomen en un sentido equivocado.

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