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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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En un establecimiento de licores se gastó ciento noventa y tres dólares en vodka, bourbon y whisky escocés, además de pequeños frascos de Grand Marnier, Drambuie y otros licores esotéricos y caros. Lo cargó todo en la ranchera y luego fue en busca de botellas de agua mineral. Lo pagó todo con tarjetas de crédito. La mirada del dependiente fue como la del empleado de la ferretería, reveladora de que comprendía la situación.

Kipling, el perro, golpeaba su asiento con la cola.

—Estoy preparado para dar una gran fiesta —le dijo Harvey.

Al perro le gustaba salir con su amo, aunque no lo lograba con frecuencia. Observaba cómo Harvey iba de una tienda a otra, entraba en farmacias para comprar somníferos y más vitaminas, yodo, pomadas para primeros auxilios y las últimas vendas que quedaban, volvía al colmado para adquirir comida canina y luego entraba en la droguería y salía cargado de jabón, champú, dentífrico, cepillos de dientes, crema para la piel, loción bronceadura...

—¿Dónde paramos? —preguntó Harvey. El perro le lamió la cara—. Tenemos que parar en alguna parte. Dios mío, nunca pensé mucho en las bendiciones de la civilización antes de ahora, pero hay montones de cosas de las que no quisiera prescindir.

Llevó las compras a casa y luego bajó de nuevo la colina para recoger el furgón en el taller del mecánico que solía revisarlo. Si Harvey no hubiera sido un cliente muy antiguo y valioso, no le habrían aceptado su vehículo para ajustarlo, cambiarle el aceite, engrasarlo y hacerle una revisión general. El garaje no aceptaba nuevos encargos durante toda la semana, y había docenas de coches esperando para revisiones de última hora.

Harvey recogió el vehículo y llenó de combustibles sus dos depósitos. Llenó también los depósitos adicionales que el furgón llevaba incorporados, pero para hacerlo tuvo que recorrer tres estaciones de servicio. Aunque no era oficial, se había establecido el racionamiento de gasolina en toda la cuenca de Los Angeles.

Después de almorzar, Harvey se aplicó a la dura tarea. Primero tuvo que convertir el montón de carne que había comprado en finos filetes. Los nuevos cuchillos le ayudaron, pero cuando llegó la noche tenía los brazos agarrotados y la tarea aún no había concluido.

—Necesitaré el horno eléctrico para los próximos tres días —le dijo a Loretta.

—Ese cometa va a chocar con nosotros —dijo ella con firmeza—. Lo sabía.

—No. Las probabilidades son de centenares o millares contra una a que eso no suceda.

—Entonces, ¿a qué viene todo eso? Tengo la cocina totalmente cubierta de filetitos de carne.

—Por si acaso —dijo Harvey—. Esa carne se conserva, y si nosotros no la consumimos, Andy puede utilizarla para sus excursiones.

Harvey volvió al trabajo.

La forma más fácil de preparar tasajo de carne no es la empleada por los indios. Estos utilizaban fuego lento, o el sol del verano, y su control de calidad era deficiente. Resultaba mucho mejor usar un moderno horno eléctrico, dejando en él los finos filetes de carne durante veinticuatro horas, a la temperatura justa. La carne se cuece y reseca. Una buena tira de tasajo es seca como un hueso y lo bastante dura para matar a uno si se afila un extremo. Se conserva prácticamente para siempre.

El tasajo es una dieta demasiado limitada para mantenerle a uno vivo de manera indefinida. El tiempo puede prolongarse mucho con complementos de vitaminas, pero aún así la dieta sigue siendo inadecuada. ¿Cómo resolver el problema? Si el Martillo caía, el aburrimiento no figuraría entre las principales causas de muerte...

Harvey disponía de maíz a medio moler para aportar los hidratos de carbono. Al parecer, nadie en Beverly Hills había pensado en eso, aunque se encontraba en varias tiendas. También había conseguido un saco de harina de maíz; la harina de trigo y centeno estaba totalmente agotada.

Con la grasa de la carne preparó pemicán, mezclándolo con la poca azúcar que había en la casa, sal, pimienta y un poco de salsa de Worcestershire para darle un toque aromático. Luego coció la preparación, conservando la grasa desprendida para preparar más pemicán, a fin de utilizarlo para el tocino. El tocino cubierto con grasa y resguardado del aire se mantenía mucho tiempo antes de volverse rancio.

Una vez realizadas todas estas operaciones, Harvey decidió que ya era suficiente en cuanto a la comida. Ahora debía ocuparse del agua. Se dirigió a la piscina, que había empezado a vaciar la noche anterior. Casi se había secado, y empezó a llenarla de nuevo. Esta vez no contendría cloro. Mientras se llenaba, colocó la cubierta para evitar que cayeran hojas y suciedad al agua.

Pensó que beber toda aquella agua requeriría bastante tiempo. Disponía también del contenido del calentador para un momento dado, y... Buscó en el garaje hasta encontrar varias botellas viejas de plástico. Algunas habían contenido líquido blanqueador y todavía olían a él. Perfecto. Harvey las llenó sin lavarlas primero. Las otras las lavó cuidadosamente. Aunque el agua de la piscina se agotara, aún dispondrían de un poco más.

Comer, beber. ¿Qué venía ahora? Dormir. Eso no constituía un problema. Harvey Randall nunca tiraba nada y, además del saco de dormir adosado a su mochila, disponía de un saco de dormir militar, de los utilizados bajo temperaturas árticas, otro saco de verano, varios forros de saco, el saco que Andy ya no utilizaba e incluso el que compró cuando Loretta fue en aquella única ocasión de excursión con él. Cogió todos aquellos sacos y los colgó en el tendedero, para que los secara el calor del sol. Era el sistema de energía solar más sencillo y eficaz conocido por el hombre: colgar la ropa para que se seque al aire libre en vez de utilizar un secador a gas o eléctrico. Naturalmente, era algo que no hacían muchos «conservacionistas». Estaban demasiado ocupados predicando la conservación. Harvey se dijo que era injusto al pensar así, y se preguntó por qué lo hacía.

Porque le había atacado la fiebre del Martillo, y su esposa lo sabía. Loretta creía que se había vuelto loco, y además la estaba asustando. Estaba convencida de que él pensaba que el cometa chocaría. Y cuanto más se preparaba para la caída del Martillo, más real se volvía éste. Pensó que también él estaba asustado. Debía recordar aquello para incluirlo en el libro. La fiebre del Martillo.

—Oye, cariño.

—Dime, querido.

—No estés tan preocupada. Estoy investigando.

—¿Sobre qué? —preguntó ella, ofreciéndole una cerveza.

—Sobre la fiebre del Martillo. Voy a escribir un libro, cuando el cometa haya pasado. He hecho todo el trabajo. Hasta podría ser un best-seller.

—Oh, me encantaría que escribieras un libro. La gente admira a los escritores.

Harvey pensó que era cierto. A veces. Su mente pasó en seguida a otra cosa. Ahora podían comer, beber y dormir. Quedaban dos aspectos a considerar: la lucha y la huida.

La lucha era un mal asunto. Harvey no confiaba en su habilidad con las armas, ni con la escopeta ni con la pistola olímpica. Ningún arma le habría proporcionado una verdadera confianza. No había límites a la destreza o la calidad de las armas de un posible enemigo, y por otra parte Harvey Randall había pasado la guerra como corresponsal, no como soldado.

Pero disponía de un arma más suticlass="underline" el soborno. El licor y las especias podrían sacarle de apuros. Y si lograba conservarlos, al cabo de algunos años serían cosas literalmente sin precio. Si alguien dispusiera de un excedente de alimentos intercambiable por lujos —y siempre habría alguien en esas condiciones— el licor y las especies serían valiosísimos. Durante siglos, el precio de la pimienta negra estuvo fijado en toda Europa: valía su peso en oro, onza por onza, y no todo el mundo iba a tener la idea de acaparar pimienta.

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