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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Has estado levantado toda la noche, Harvey, y no estás en condiciones de ir a ningún sitio. Y estoy asustada.

Harvey la abrazó fuerte y la besó. Pensó que la culpa era suya. ¿Cómo no iba a estar asustada después de que hubiera comprado todo aquello? Pero no podía perderse el día del Martillo...

—Mira, enviaré a algún otro al Ayuntamiento.

—¡Muy bien!

—Y diré a Charlie y Manuel que se reúnan conmigo en la universidad de California y Los Angeles.

—Pero ¿por qué no puedes quedarte aquí?

—Tengo que hacer algo, Loretta. Llámalo orgullo viril si quieres. ¿Cómo voy a decir a la gente que me he quedado escondido en casa después de haber proclamado que no había ningún peligro? Mira, haré algunas entrevistas. El gobernador está en la ciudad, para asistir a no sé qué acto caritativo en el Club de Campo de Los Angeles. Iré allí después de que haya pasado el cometa. Y no estaré a más de diez o quince minutos de aquí. Si algo sucede, volveré rápidamente a casa.

—De acuerdo, pero todavía no has terminado el desayuno. Se está enfriando. Te he llenado el termo y he dejado una cerveza en el furgón.

Harvey comió con rapidez. Ella se sentó y le contempló mientras lo hacía, sin probar bocado por su parte. Rió sus gracias y le dijo que tuviera cuidado cuando bajara la colina.

Las comunicaciones seguían siendo malas. Los astronautas grababan la mayor parte de sus observaciones. Sería importante registrarlas, puesto que los instrumentos no iban a ser de mucha utilidad. Demasiada arena azotaba el ingenio espacial. Cuidaron de resguardar el gran telescopio, al que podía acoplarse el televisor en color, y habían efectuado una grabación en vídeo a la vez que trataban de enviarla a la Tierra.

—La energía solar ha descendido en cerca del veinticinco por ciento —informó Rick Delanty.

—Ahorremos las baterías —dijo Baker.

—Bien.

El calor aumentaba en la nave espacial, pero necesitaban la energía para los grabadores y otros instrumentos.

Leonilla Malik hablaba en rápido ruso al micrófono. Jakov accionaba los controles de transmisión, tratando de obtener alguna respuesta de Bakunyar, pero era en vano. Leonilla siguió grabando. En aquel medio ingrávido, en el que flotaban los hombres y las cosas, la cosmonauta se había colocado en una posición extraña, con el cuerpo torcido para atisbar por la mirilla de observación sin dejar de ver el tablero de instrumentos. Rick trataba de comprender lo que decía, pero utilizaba demasiadas palabras desconocidas. Pensó que se estaba poniendo lírica y que lo mejor sería dejar que siguiera en su vena poética. ¿Por qué no? ¿De qué otro modo podría describirse la circunstancia de estar dentro de un cometa?

Ahora sabían menos sobre la ruta del Hamner-Brown que Houston. El último informe de Houston decía que el cometa pasaría a mil kilómetros, pero Rick no estaba seguro. ¿Se basaba aquella cifra en su observación visual? Si así era, significaba sólo que aquella montaña en concreto estaría a esa distancia, y la nube de material sólido era grande, aunque no tanto. Seguramente no era tan grande.

—Estamos en efecto dentro del coma —decía Leonilla—. Esto no se nota especialmente. Hace rato que ha pasado la actividad química. Pero vemos la sombra de la Tierra como un largo túnel a través de la cola.

Rick entendió la última frase y pensó que estaba bien. Si tenían ocasión de transmitir a la Tierra, la utilizaría.

Todos ellos tenían trabajo, y lo hacían mientras grababan sus observaciones. Rick tenía una cámara Canon, con la que se afanaba, cambiando lentes y película con la mayor rapidez posible. Confiaba en que funcionaran bien los mecanismos automáticos, y procuraba efectuar tomas con velocidades y aperturas muy distintas, por si acaso.

El reloj de a bordo iba marcando inexorablemente los segundos.

La larga lente proporcionaba un buen panorama a través de la mirilla de observación. Rick vio media docena de grandes masas, otras muchas más pequeñas y una miríada de diminutos puntos brillantes, todo ello mezclado en una especie de niebla perlina. Oyó la voz de Baker tras él.

—Una perdigonada vista por el pato.

—Una buena frase.

—Espero que no sea tan buena.

—He perdido toda señal del radar —dijo Pieter Jakov.

—Entendido. Déjalo y efectúa señales visuales —ordenó Baker—. Houston, Houston, ¿reciben algo por televisión?

—...recibido, laboratorio... JPL... Sharps está encantado, envíen más... transmisión de potencia más alta...

—Daré más potencia cuando se acerque más el Martillo —dijo Baker, sin saber si le oían—. Estamos ahorrando batería. —Miró el reloj. Faltaban diez minutos para que los objetos sólidos llegaran a su mayor proximidad. Tal vez veinte minutos o media hora para que todo pasara—. Aumentaré la potencia de transmisión dentro de cinco minutos. Repito, aumentaré la potencia de transmisión dentro de cinco minutos.

En aquel instante se oyó un fuerte estrépito.

—¿Qué diablos ha sido eso? —preguntó Baker.

—La presión continúa invariable —dijo Jakov—. Se mantiene en las tres cápsulas.

—Bien —murmuró Rick.

Habían cerrado las esclusas de aire del Apolo y el Soyuz. Parecía una precaución razonable. Rick seguía sujetando los parches contra impactos de meteoros. El laboratorio espacial era con mucho el mayor de los blancos.

Rick se preguntó cómo calcularían los ingenieros el tamaño que debería tener un meteoro. Estaban pensados para cubrir un agujero de un determinado tamaño máximo. Si se rebasaba aquel tamaño, no valía la pena intentar la reparación del agujero. De todos modos estarían condenados. ¿Sería realmente así? Rick dejó de pensar en ello y volvió a sus fotografías. A través de la lente Canon observó una galaxia de hielo espumoso, un tremendo y lento cañonazo que visiblemente avanzaba hacia ellos, extendiéndose alrededor del laboratorio más que deslizándose lateralmente.

—Dios mío, Johnny, se acerca mucho.

—Sí. Pieter, quita la cubierta al telescopio principal. Voy a dar potencia máxima. Enviaremos transmisiones a partir de aquí. Houston, Houston, la observación visual indica que la Tierra está en la ruta de los ejes externos del núcleo. Repito, la Tierra está en la ruta del núcleo externo. Es imposible calcular el tamaño de los objetos que pueden chocar con la Tierra.

—Asegúrate de que llega ese mensaje —dijo Leonilla Malik—. Pieter, comprueba si Moscú también está enterado. —Había ansiedad y miedo en el tono de su voz.

Rick Delanty se sorprendió.

—¿Qué ocurre?

—Pasa por el este de la Tierra —dijo Leonilla—. Los Estados Unidos estarán más expuestos, pero habrá más objetos cercanos a la Unión Soviética. Las oportunidades para que se produzca una deliberada interpretación errónea son demasiado grandes. Algún fanático...

—¿Por qué dices eso? —preguntó Jakov.

—Sabes que es cierto —gritó ella—. Fanáticos. ¡Como los locos que mataron a mi padre porque el gran Stalin no era inmortal! No finjas que no existen.

—Es ridículo —dijo Jakov soltando un bufido, pero se dirigió a la consola de comunicaciones, y Rick Delanty pensó que hablaba de un modo apremiante.

LA CAÍDA DEL MARTILLO: UNO

En 1968, la proximidad de un asteroide llamado Icaro despertó un temor ligero pero muy concreto de que llegaba el fin del mundo. Ya habían circulado rumores de que una serie de cataclismos en todo el mundo iban a empezar en 1968. Cuando se conocieron las noticias de que el Icaro se dirigía a la Tierra e iba a acercarse al máximo él 15 de junio de 1968, de alguna manera se combinaron con los rumores del fin del mundo. En California, grupos de hippies se dirigieron a las montañas de Colorado, diciendo que querían estar seguros en terreno alto, antes de que cayera él asteroide y originase él hundimiento de California en el mar.

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