El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Pieter Jakov había estado trabajando con un espectroscopio. Finalizó sus observaciones y dijo:
—Para esta mañana nos han impuesto un programa febril. Veo que la actividad fuera del vehículo para la comprobación final de los instrumentos externos es optativa. ¿Qué os parece? Nos quedan dos horas.
—Loco ruso. No, no vamos a salir con eso ahí afuera. Un copo de nieve a esa velocidad no puede hacer un agujero en el laboratorio, pero no te quepa duda de que puede hacer un agujero del tamaño del puño en tu traje espacial. —Baker echó un vistazo a la lectora del ordenador y frunció el ceño—. Rick, ¿dónde has efectuado esa última observación óptica?
—Una gran montaña —respondió Rick—. Hacia el centro del núcleo, como ellos pidieron. ¿Por qué?
—No, por nada. —Baker conectó el micrófono—. Houston, Houston, ¿les han llegado las lecturas ópticas?
—...Negativo, laboratorio... Envíen de nuevo.
—¿Qué diablos ocurre, Johnny? —preguntó Rick.
Johnny se quedó pensativo.
—Tanto Houston como el JPL perciben la distancia con un error de nueve mil kilómetros. Introduciendo tus datos en el ordenador de a bordo obtengo un cuarto de esa distancia. Ellos disponen de mejores medios para calcular, pero nosotros tenemos datos mejores.
—Bueno, dos mil kilómetros son dos mil kilómetros —dijo Delanty, pero no pareció convencido.
—Ojalá no tuviéramos ningún fallo en la antena principal.
—Saldré a repararla —dijo Jakov.
—No —negó Baker abruptamente, con la autoridad del comandante—. Todavía no hemos perdido a nadie en el espacio. ¿Por qué empezar ahora?
—¿No deberíamos preguntar al control de Tierra? —inquirió Leonilla.
—Ellos me pusieron al frente de esto —dijo Baker—. Y digo que no.
Pieter Jakov guardó silencio. Rick Delanty recordaba que los soviéticos habían perdido hombres en el espacio: los tres pilotos de Soyuz perdidos en el vuelo de regreso, y que todo el mundo conocía, y otros más, de los que sólo se sabía por rumores e historias contadas por la noche al calor del vodka. Se preguntó, y no era la primera vez que lo hacía, si la NASA no había sido demasiado cauta. Con menos precauciones de seguridad, los Estados Unidos podrían haber llegado un poco antes a la Luna, habrían explorado mucho más, habrían aprendido más y, sí, habrían creado uno o dos mártires. La Luna había sido demasiado costosa en dinero, pero demasiado barata en vidas para obtener la popularidad que necesitaba. Cuando el Apolo XI llegó a ella, la misión era rutinaria.
Tal vez era aquello lo que deberían hacer. La imagen de Johnny Baker avanzando por el ala rota del laboratorio espacial, la imagen de un hombre en aquel medio hostil, arriesgándose a la más solitaria de las muertes... aquello había dado al programa espacial un impulso casi tan grande como el paso gigantesco de Neil Armstrong.
Se oyó el ruido de un impacto, luego otro, y en el tablero de control se encendieron luces rojas de aviso.
Sin pensar nada, Rick Delanty saltó hacia la caja roja más próxima. Era una caja cuadrada, igual que otras colocadas en diversos lugares del laboratorio espacial. La abrió y extrajo varias placas de metal con uno de los lados cubiertos por una materia adhesiva, y una especie de parches mayores, que parecían de caucho. Miró a Baker, esperando instrucciones.
—No hay ningún agujero —dijo Johnny—. Es arena. —Miró el tablero y frunció el ceño—. Y estamos perdiendo eficacia en las células solares. Pieter, cubre todos los instrumentos ópticos. Tendremos que reservarlos para una observación más de cerca.
—De acuerdo —dijo Jakov, avanzando hacia los instrumentos.
Delanty seguía sosteniendo los parches contra meteoros, por si acaso.
—Depende de lo grande que sea el núcleo —dijo Pieter Jakov desde el extremo distante de la cápsula espacial—. Y todavía hemos de obtener cálculos exactos de la anchura que abarca la materia sólida. Me parece muy probable que la Tierra... y nosotros... seamos golpeados por grava a elevada velocidad, si no es algo peor.
—Sí, eso es lo que pensaba —dijo Johnny Baker—. Hemos estado buscando el movimiento lateral. Bien, lo hemos encontrado, pero ¿es suficiente? Tal vez deberíamos dar por terminada esta misión.
Hubo un momento de silencio.
—No, por favor —dijo Leonilla.
—Secundo esa negativa —añadió Rick—. Tú tampoco quieres que finalice la misión. ¿Quién lo desea?
—Yo no —dijo Jakov.
—Hay unanimidad. Pero esto apenas es una democracia —dijo Baker—. Hemos perdido mucha energía. Va a hacer calor aquí dentro.
—Lo aguantaste en el otro laboratorio espacial mientras arreglaban el ala —dijo Delanty—. Si pudiste antes, podrás ahora. Y nosotros también.
—Muy bien —concluyó Baker—. Pero tú tendrás que ocuparte de esos parches contra meteoros, por si hay una emergencia.
—Sí, señor.
Minutos después, el núcleo del Hamner-Brown se precipitó detrás de la Tierra. La Luna surgió envuelta en su red espectral de ondas de choque. Leonilla sirvió el desayuno.
Al alba, Harvey Randall estaba sentado en una tumbona, en el césped. Sobre una mesita tenía tabaco y café, mientras que otra sostenía el televisor portátil. Con el alba desapareció el extraordinario espectáculo celeste, y se quedó un poco deprimido. Aún estaba bajo los efectos del alcohol y no se encontraba en condiciones para trabajar. Loretta le encontró en el mismo estado dos horas después.
—He ido a trabajar en peores condiciones —le dijo a su esposa—. Valía la pena.
—Muy bien. ¿Estás seguro de que puedes conducir?
—Claro que sí —respondió él. Aquella era la canción de siempre.
—¿Dónde irás hoy?
El no notó la preocupación en su voz.
—Me ha costado mucho decidirlo, porque la verdad es que deseo estar en todas partes a la vez. Pero el equipo científico de la emisora estará en el JPL, y también hay un buen equipo en Houston. Creo que empezaré por el Ayuntamiento. Bentley Allen y su personal dirigen serenamente los asuntos de la ciudad mientras la mitad de la población corre hacia las colinas.
—Pero eso está en el centro de la ciudad.
—¿Y qué?
—¿Qué ocurrirá si choca el cometa? Estarás a kilómetros de distancia. ¿Cómo podrás volver?
—Loretta, no va a chocar. Escucha...
—¡Has llenado la piscina de agua, y no pude usarla ayer porque la has cubierto! —Alzó la voz—. Te has gastado doscientos dólares en carne seca, has enviado al chico a las montañas, has llenado el garaje con licores caros y...
—Loretta...
—...y no bebemos esas cosas, ni nadie puede comer esa carne a menos que se esté muriendo de hambre. Así que crees que vamos a pasar hambre, ¿no?
—No, cariño. Las posibilidades son de centenares contra una...
—Harvey, por favor, quédate hoy en casa. Sólo esta vez. Nunca he puesto dificultades por el hecho de que estés siempre fuera. No me quejé cuando te ofreciste como voluntario para hacer otra gira por Vietnam. No me quejé cuando te fuiste al Perú. No me quejé cuando pasaste tres semanas en Alaska. Nunca puse pegas por tener que educar yo sola a nuestro hijo, que nunca ve a su padre. Ya sé que tu trabajo significa más que yo para ti, pero, por favor, Harvey. ¿no significo algo para ti?
—Claro que sí. —La cogió y la atrajo hacia él—. Dios mío, ¿eso es lo que sientes? El trabajo no significa más que tú.
Es sólo el dinero, pensó. Pero no podía decirlo, no podía decir que él no necesitaba el dinero, pero ella sí.
—Entonces, ¿te quedarás?
—No puedo. De veras, Loretta. Esos documentales han Sido buenos, muy buenos incluso. Es posible que reciba una oferta de la ABC. Muy pronto necesitarán un nuevo director de programas científicos, y eso significa mucho dinero. Y existe la auténtica posibilidad de escribir un libro...