El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
Johnny se dio cuenta de que Pieter había esperado a que Leonilla hubiera entrado en el Soyuz y cerrado la escotilla.
—Adelante.
La mirada de Pieter se fijó alternativamente en los dos americanos.
—Nuestros periódicos nos dicen que en América los negros están por debajo de los blancos, que los blancos dominan a los negros. Pero ustedes parecen entenderse muy bien. Lo diré sin ambages: ¿son ustedes iguales?
Rick soltó un bufido.
—Qué va. El tiene más graduación que yo.
—Pero, ¿y si no fuera así? —sugirió Pieter.
La expresión de Rick habría parecido bastante seria a cualquiera que no fuera americano.
—General Baker, ¿puedo ser tu igual?
—¿En? Oh, claro, Rick, puedes ser mi igual. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Bueno, ya sabes, es un tema delicado.
Por la expresión de Jakov parecía que estaba a punto de echarse a reír. Antes de que pudiera hacerlo, Johnny le preguntó:
—¿De veras le interesa una conferencia sobre relaciones raciales?
—Sí, por favor.
—¿Cómo mea Leonilla cuando vuela en caída libre?
—Humm. Ya veo...
—¿Qué es lo que ves? —preguntó Leonilla, que apareció a través de la doble escotilla.
—Es una discusión sin importancia —dijo Johnny—. No intervienen secretos de Estado.
Leonilla se sujetó a un pasamanos y observó a los tres hombres. John Baker tecleaba números en un ordenador programable manual, Pieter Jakov sonreía de oreja a oreja, observando lo que hacía su compañero con aparente admiración... pero los tres tenían la expresión irritante de quien guarda un secreto.
—Desde luego tenéis muy buen equipo —dijo el cosmonauta—. Pocas cosas podemos hacer en el espacio mejor que vosotros.
Delanty parecía tener problemas respiratorios. Baker intervino con rapidez.
—Oh, este computador de bolsillo no es de la NASA. Es mío.
—Vaya. ¿Es un instrumento caro?
—Doscientos pavos —dijo Baker—. En rublos es mucho dinero, pero no tanto si lo traduces en tasa de productividad. Puede que baste con el semanal de un trabajador medio, y será menos caro para alguien que realmente tenga que utilizarlo.
—Si tuviera el dinero, ¿cuánto tardaría en conseguir uno? —preguntó Leonilla.
—Unos cinco minutos —respondió Baker—. Allá abajo, en una tienda. Aquí no sería tan fácil.
Ella se echó a reír.
—Me refería abajo. ¿Puede comprarse eso en las tiendas?
—Si tienes el dinero, o un buen crédito, o aunque el crédito no sea tan bueno —dijo Baker—. ¿Por qué? ¿Le interesa uno? Encontraremos la manera de conseguírselo. ¿Usted también quiere uno, Pieter?
—¿Podrían arreglarlo?
—Claro, no hay problema. Llamaré al encargado de relaciones públicas de Texas Instruments. Les regalarán un par de ordenadores manuales, para publicidad. Eso les ayudará a vender más. ¿O preferirían un Hewlett-Packard? Utilizan una clase distinta de notación, pero son rápidos...
—Eso es lo que me confunde —dijo Pieter—. Dos empresas, dos rivales diferentes que fabrican un equipo tan bueno. Es una pérdida.
—Tal vez sea una pérdida —dijo Rick Delanty—, pero yo puedo llevarle a cualquier tienda de aparatos electrónicos del país y comprar uno.
—No hablemos de política —advirtió Johnny Baker.
—No se trata de política.
Se hizo un pesado silencio. Pieter Jakov se deslizó hacia la terminal, con su teclado y su pantalla lectora. Pasó cuidadosamente una mano sobre el aparato.
—Es tan precisa, tiene tal complejidad electrónica... Es un verdadero placer trabajar con su maquinaria americana. —Hizo un gesto que abarcaba el laboratorio espacial, los recipientes de cristal esmerilado, las cámaras, radares y grabadoras—. Es sorprendente lo que hemos aprendido en esta breve misión, gracias a su equipo. Creo que tanto como en cualquiera de nuestro vuelos Soyuz anteriores.
—¿Tanto? —dijo Leonilla Malik con un dejo de sarcasmo—. Más. —Los tres hombres volvieron sus cabezas hacia ella—. Nuestros cosmonautas se limitan a volar en el aparato, como pasajeros, para demostrar que podemos enviar hombres al espacio y a veces hacer que vuelvan sanos y salvos. Para esta misión no hemos podido contribuir con nada más que alimentos, agua y oxígeno...
—Alguien tenía que llevar el almuerzo —dijo Rick Delanty—. Estaba muy bien preparado.
—Sí, pero eso es todo lo que hemos aportado. Una vez tuvimos un programa espacial...
Jakov la interrumpió hablando velozmente en ruso. Ni Johnny ni Rick podían seguirle, pero era evidente lo que decía.
Ella respondió con un monosílabo breve y brusco, y prosiguió:
—La base del marxismo es la objetividad, ¿no es así? Es el momento de ser objetivos. Una vez tuvimos un programa espacial. ¡Sergei Korolev fue un genio tan grande como cualquier otro que haya existido! Pudo haber convertido nuestra actividad espacial en el mayor instrumento de conocimiento en el mundo, pero aquellos locos del Kremlin querían espectáculos. Kruschev ordenó que se hicieran números de circo para avergonzar a los americanos, y en vez de desarrollar nuestras capacidades ofrecimos al mundo juegos malabares. Fuimos los primeros en poner tres hombres en órbita, a base de eliminar todos los instrumentos científicos e introducir a duras penas un tercer hombre, un hombre muy pequeño, en una cápsula construida para dos, para una órbita. ¡Juegos de circo! Pudimos ser los primeros en la Luna, pero ahora todavía tenemos que ir ahí.
—¡Camarada Malik!
Ella se encogió de hombros.
—¿Se trata acaso de algo nuevo? No, creo que no. Dimos nuestros espectáculos y agotamos nuestras oportunidades para ocupar los titulares de los periódicos, y hoy el mejor piloto de la Unión Soviética no puede ensamblar su nave espacial en un objetivo del tamaño de una cómoda dascha. Y usted se ofrece para darnos, regalarnos como publicidad, algo que los mejores ingenieros de la Unión Soviética no pueden fabricar o comprar por sí mismos.
—Eh, no tenía la intención de molestarla —dijo Johnny Baker.
Jakov hizo una última observación en ruso y se alejó, disgustado. Rick Delanty movió la cabeza. Sentía simpatía por la chica. ¿Qué le habría pasado?
Permanecieron tranquilos y formalmente corteses hasta que ella regresó al Soyuz. Entonces Baker y Delanty intercambiaron miradas. No necesitaron decir nada más. Baker se dirigió al rincón donde Jakov se había enfrascado en hacer algo.
—Tenemos que dejar algo en claro —le dijo Johnny.
—¿Sí?
—No irá a crearle problemas a Leonilla, ¿verdad? Quiero decir, que no es necesario informar de todo lo que se dice aquí.
—Claro que no —convino Jakov, encogiéndose de hombros—. Todos somos hombres corridos y sabemos que cada veintiocho días las mujeres se vuelven irracionales. ¿Qué hombre casado no lo sabe?
—Sí, debe ser eso —dijo Johnny Baker, y cambió otra mirada con Delanty.
—Además, el Estado se ha ocupado de ella —dijo Jakov—. Sus padres murieron cuando era muy joven. No es sorprendente que quiera ver nuestro país más avanzado de lo que es.
—Claro.
Tonterías, pensó Rick Delanty. Si tuviera problemas con la regla, se lo habría dicho al control de tierra ruso y habrían enviado a otra persona. Era indudable. El habría informado de su tendencia a contraer la enfermedad del espacio si hubiera sabido que iba a experimentarla. Estaba seguro de que lo habría hecho...
Fuera cual fuese su problema, sería prudente tratar a Leonilla Malik con cuidado durante uno o dos días. Qué fastidio. ¡Y el Hamner-Brown estaba tan cerca!
Barry Price colgó el teléfono y alzó la vista, excitado. Dolores acababa de entrar para servirle café.