Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—Toc-toc.
—Ya sabes; con abrigo de pieles pero sin bragas.
—Vete al infierno, sito en el monte Arafat. Craig había organizado una fiesta de fin de año en su casa de Highgate.
—¡Hola, Ken! Ah, mi corte de pelo. ¿Te gusta?
—¡No! Es…
—Más corto. Más fácil de lavar. Diferente.
—Sí, y más moreno. ¿Estás loca?
—Pareces mi padre.
—¡Pero tenías un pelo precioso!
—Y aún lo tengo, gracias.
—Piensa en el final de Desafío total.
Dejé escapar unas risillas.
—’Sasto.
—¿Qué quieres decir, ’sasto? No puedes decir «exacto» y quedarte tan ancho con esos aires de enterado. Explícate, tío.
—¿Cómo reaccionaste entonces, de qué iba?
—Iba de un final totalmente ridículo con la Mina Piramidal, una montaña enorme pero, aun así, poco más que un simple grano a escala planetaria, llevando una atmósfera marciana entera a las que por lo visto eran la presión y temperatura normales en más o menos medio minuto, incluidas nubes algodonosas y demás, a tiempo para devolver a su lugar a Arnie y sus ojos de ingenuo unos minutos después de que empezaran a sufrir hemorragias, todo ello sin dejar efectos secundarios permanentes en los cuerpos ni de los planetarios ni de los humanos. —Pensé en lo que acababa de decir—. Ni en el de Arnie.
Ed asintió.
—’Sasto.
—¡Lo estás haciendo otra vez! ¿Vas a parar ya con la mierda esa del ’sasto?
—Ji, Ji, Ji.
—Sí, y lo del ji, ji, ji tampoco es una gran mejoría. —Cogí a Ed por los hombros y le dije apretando los dientes—: ¿Qué coño quieres decir?
—Lo que quiero decir —respondió Ed entre risitas— es que, bien, el final es tan ridículo que solo puede significar, bueno, que Arnie, es decir, su personaje, por fuerza tiene que seguir en su sueño de realidad virtual. El final no es real, ¿vale?
Abrí la boca. Retiré las manos de los hombros de Ed. Le señalé con el dedo:
—Hum… —dije.
—Y por tanto, bueno, el tal Verhoeven es un genio subversivo.
Me quedé quieto, asintiendo, intentando recordar las escenas anteriores de la película.
—Por supuesto —añadió Ed—. Solo es una teoría.
—¿Hendrie? ¿Quién?
—Hendrie, juega para el Vila. Tienes que haberlo visto.
—No veo por qué.
—Se parece a Robbie Williams.
—… Craig, tienes que salir más.
—Si salgo. Fui al partido. Le vi allí.
—Vale, deberías quedarte más en casa.
—Phil, «Pajas: ¿por qué esa mala prensa?» no tiene gracia. En cambio, «Revientaculos: ¿por qué esa mala prensa?» tiene un valor cómico moderado. Solo moderado, aunque no suficiente para utilizarlo en el programa ni nada parecido, solo te lo pongo de ejemplo.
—Estaba pensando en otro tema de participación de los oyentes.
—Vale. Bueno, hay damas al otro lado de las líneas eróticas encargadas de asegurarse de que se cubren este tipo de necesidades. Eso me han dicho.
—Yo no pensaba en eso.
—Bueno, pues entonces, ¿en qué? ¿En patrocinar pajas?
—No, no, no. Mira, se llamaría: «Échate una mano».
—Ajá. Siempre has tenido celos de cuando en el Show de la mañana Chris Evans sacó a aquella chica que recitaba poemas con la «piruleta» de su novio en la boca, ¿verdad?
—Nooo, mira…
—Phil, no. Déjalo.
—¿En serio?
—Sí.
—¿No crees que… ?
—Lo que yo creo es que deberías ir a charlar con Craig.
—¿Quién es?
—Tijuana.
—¿Qué Tijuana?
—Gary Glitter.
—¿Qué?
—¿«Tijuana be in my gang, my gang, my gang»?
—Bueno, entiendo lo que pretende decir: mucho hablar y poco trincar —le dije a Amy, inclinándome hacia ella. Estábamos en el porche del jardín de Craig, cerca de la medianoche. Acababa de intentar hablar con Jo, que estaba en Barcelona con Addicta, sin conseguirlo—. Es solo que no es lo que entendí la primera vez que lo oí. Es lo único que digo.
—¿El qué? ¿Con abrigo de pieles y sin bragas?
—¡Sí! Siempre pensé que sonaba la hostia de bien. Muy, muy sexy.
Se rió, echando la cabeza atrás y dejando a la vista un cuello largo y bronceado y una dentadura perfecta. Su melena rubia brillaba suavemente a la luz que llegaba desde las ventanas iluminadas de la casa.
—Sí, bueno, seguro.
—Muy ingenioso, pero injusto.
—Tú no sabes lo que es. No tienes ni idea. Lo único que tienes es esa teoría tuya, tu preciosa party-line para uno, como de costumbre. No te imaginas lo que es. No has estado allí. No has palpado el ambiente. Estamos rodeados de gente que nos odia.
—Ah, ¿perdona? Que estás hablando conmigo, ¿eh? Estoy más que familiarizado con el revelador hormigueo en la sien que te indica que el foco de todas las antipatías se ha fijado en ti una vez más. Pero solo… Pero retrocedamos solo un poco: ¿quién es ese «nosotros»? ¿Cuándo narices te convertiste en hija de la revolución sionista?
—Cuando comprendí que era cuestión de ellos o nosotros, Ken.
—Venga ya… ¿En serio lo piensas? Joder, yo solo…
—Todos nos odian. A todos los países fronterizos con Israel les gustaría vernos destruidos. Nuestra única salida es el mar, que es donde nos quieren ver. ¡Somos un país muy pequeño! Y además, dentro de nuestra nación, esa gente nos asesina, bombardea y dispara, dentro de nuestras fronteras, en los autobuses, en las calles, en las tiendas, ¡en casa! Tenemos que detenerlos; no tenemos elección. Y tú, tú tienes la desfachatez de afirmar que nos hemos convertido en nazis y no ves que tú te has convertido en otro antisemita de mierda.
—Joder, Jude, mira, sé que todo esto te afecta mucho…
—¡No, no tienes ni idea! Eso es precisamente lo que te estoy diciendo. Que no puedes entenderlo.
—Bueno, ¡lo intento! Mira… por favor, por favor no pongas en mi boca palabras ni creencias en mi cabeza que no son mías.
—Están ahí, Ken, pero no lo aceptas.
—No soy antisemita. Mira, a mí me gustan los judíos, admiro a los judíos; por Dios, si soy claramente pro semita. ¡Ya te lo he dicho! ¡Al menos, en parte! Ha sido así desde niño, desde que oí hablar del Holocausto y desde que comprendí que los escoceses y los judíos son muy parecidos. Los escoceses somos listos, pero nos acusan de ser mezquinos. Pasa lo mismo con los judíos. Es cultural, no tiene que ver con la raza, pero unos y otros hemos aportado a la civilización más de lo que nos corresponde por peso numérico; los judíos sois el único pueblo que pongo por delante de los escoceses en términos de influencia en el mundo dado el volumen de su población.
—No dices más que tonterías.
—Hablo en serio. ¡Os he querido desde niño! ¡Tanto, que me daba vergüenza decírtelo!
—No me tomes el pelo.
—Es verdad. Sencillamente eras tan tremendamente izquierdista que nunca me atreví a confesártelo.
—Ken.
—Lo digo en serio. Adoraba Israel.
(Era cierto. Cuando tenía trece años me había enamorado locamente de una chica llamada Hannah Gold. Sus padres vivían en Giffnock, una de las zonas más verdes del sur de Glasgow. No veían con buenos ojos nuestra amistad y mi evidente amor por su hija. Pero los cautivé, además de que hice mis deberes. A los seis meses el señor G expresaba su grata sorpresa ante mis amplios conocimientos sobre Israel y los judíos. Los Gold se mudaron a Londres al poco de cumplir Hannah los catorce años y nos escribimos durante un tiempo, pero luego se volvieron a mudar y perdimos el contacto. Me habían roto el corazón, pero me recuperé y seguí adelante, pasando de la desolación a algo vergonzosamente próximo a la indiferencia en cosa de unas tres semanas.