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Diosa Por Elección

Электронная книга - «Diosa Por Elección». Краткое содержание книги:

Por fin, Shannon Parker se había reconciliado con la vida en el mundo mítico de Partholon. Amaba a su marido centauro y se había acostumbrado a su conexión con la diosa Epona y los beneficios que conllevaban ambas cosas. Casi había olvidado su antigua vida en la Tierra… sobre todo, cuando descubrió que estaba embarazada…
Pero entonces una súbita explosión de poder la envió de vuelta a Oklahoma. Sin la magia, Shannon no podía regresar a Partholon, así que tendría que buscar ayuda. El problema era que esa ayuda tomó la forma de un hombre tan tentador como su marido. Y, durante el camino, Shannon descubriría que ser una diosa por error era mucho más fácil que ser una diosa por elección…
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Clint sonrió bondadosamente.

– Yo no te dejaré sola, Rhiannon, ni a tu hija tampoco. Nunca más.

Clint se volvió hacia mí y me acarició la mejilla suavemente. Después se sacó el puñal de Rhiannon de un bolsillo interior del abrigo.

– ¿Clint? -pregunté, sin poder disimular mi temor.

– Shh -dijo-. Ya está todo decidido.

Estrechó a Rhiannon contra sí y, con un rápido movimiento, se hizo un corte vertical y profundo en el cuello, justo debajo de la oreja izquierda, seccionándose las dos arterias mayores.

– ¡Clint! -grité.

Mi mente se rebeló. No podía creer lo que él acababa de hacer.

El puñal se le cayó de entre las manos, y él tuvo que apoyarse en el tronco del árbol. Su cabeza cayó hacia delante, y posó la frente sobre la corteza. La sangre se derramaba por su cuerpo, cubriéndolos a Rhiannon y a él con un manto púrpura. Ella estaba sollozando frenéticamente, e intentaba zafarse de él. Yo me acerqué a acariciarlo, pero su mirada me dejó helada.

– No -susurró-. Así debe ser.

Vi que cerraba los ojos, y su aura vibró salvajemente. Tomó aire, y cuando abrió la boca, gritó dos palabras, con tanta fuerza, que su voz llegó de un mundo al otro.

– ¡ClanFintan, ven!

La corteza comenzó a temblar bajo las palmas de sus manos. Clint empujó hacia delante, y el árbol engulló parte de su hombro izquierdo, y el cuerpo de Rhiannon. Con un esfuerzo hercúleo, consiguió volver la cara para mirarme antes de ser completamente engullido. Su rostro estaba pálido, salvo por algunas salpicaduras de sangre. Le tembló la mano cuando me llamó.

– Ven -dijo, formando la palabra con los labios.

Yo me aferré a su mano, ya fría, y le permití que tirara de mí al interior del árbol.

Todos los sonidos cesaron, y el tiempo quedó suspendido. Era como si nos hubiésemos hundido bajo la superficie del agua. Clint avanzó en esa esfera líquida dejando un rastro de sangre tras de sí y llevándonos a Rhiannon y a mí consigo. Yo no podía respirar, y no podía pensar. Me invadió el pánico.

«¡Piensa en ClanFintan!».

La voz de Epona fue como una cuerda a la que pude agarrarme. La obedecí al instante.

Me obligué a apartar la vista de la truculenta visión de Clint y Rhiannon. Ignoré el dolor lacerante que sentía en el costado, y pensé en mi compañero. En su olor, y en el sabor de su piel caliente. En su risa fácil y contagiosa, y en cómo controlaba su fuerza con la bondad. Pensé en el padre de mi hija.

Y entonces, la oscuridad líquida que me rodeaba comenzó a vibrar y a iluminarse con el color azul de los zafiros. Sin embargo, el color no provenía de Clint. Él ya no estaba frente a mí, ni me agarraba de la mano.

Miré hacia atrás, por encima de mi hombro. Clint estaba abrazando a Rhiannon, como si fueran amantes. Observé que ella alzaba los brazos lentamente y le rodeaba los hombros para devolverle el abrazo. Estaban rodeados de sangre, pero en vez de mitigar el aura, el color rojo se mezcló con el color zafiro y creó otra aura. Era púrpura, un color morado brillante y profundo. Era el mismo color que rodeaba mi aura plateada.

Él debió de sentir mi mirada, porque sus ojos medio cerrados se concentraron brevemente en mí. Le temblaron los labios, y vi que formaba las palabras «mi niña». Después, cerró los ojos y escondió la cara en el pelo de Rhiannon.

La oscuridad comenzó a solidificarse, y yo volví la cabeza hacia la luz azul. Allí había una mano que tanteaba la oscuridad endurecida. Sin pensarlo más, me agarré a ella con todas mis fuerzas.

El árbol me expelió rodeada de líquido. Yo me quedé tumbada en el suelo, gimiendo de dolor. Tosí violentamente y vomité. No podía ver nada y tenía un horrible pitido en los oídos. Estaba helada, y al mismo tiempo ardía.

Debía de ser la conmoción, pensé vagamente.

Grité de dolor cuando un par de brazos fuertes me tomaron del suelo. Reconocí el olor de la hierba dulce, de caballo y de hombre cálido.

«Estoy en casa», pensé, antes de perder el conocimiento.

Capítulo 7

Estaba en un lugar de gran oscuridad, y mi primer pensamiento fue que no estaba dolorida.

¿Acaso no acababan de apuñalarme?

No me sentía así. En realidad, no sentía nada, sólo una sed intensa y la boca seca.

Mis párpados aletearon, y el mundo apareció borroso ante mis ojos. Pestañeé, intentando enfocar la mirada. Tomé aire profundamente, y entonces noté un dolor intenso en el costado.

Vi salpicaduras de luz que se cruzaban y se multiplicaban. Nada se mantenía quieto. Sin embargo, parpadear estaba ayudando. Los puntos de luz comenzaron a mantenerse quietos.

Eran velas. Muchísimas velas. La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz de aquellas velas. Oí un sonido, un crujido. Había un fuego que ardía alegremente en una chimenea.

La habitación estaba caldeada, agradable. En realidad, salvo por aquel horrible dolor que tenía en el costado, la boca seca y algo muy pesado y ardiente en el muslo izquierdo, no me sentía tan mal. Un poco desorientada, pero no tan mal.

«Estás en casa». La voz de Epona canturreó por mi mente, y terminó con toda mi confusión.

Paseé la mirada, con cariño, por toda la estancia. Era mi habitación de Partholon. Sabía que sólo había estado fuera un poco más de una semana, pero me parecían décadas. Mi habitación estaba tal y como yo la recordaba, salvo que normalmente yo no usaba tantas velas, y que siempre había ramos de flores en los jarrones. Bueno, era casi invierno. Quizá mis ninfas no hubieran encontrado ninguna planta en flor.

¿Y qué era aquello tan pesado que había sobre mi pierna?

Miré hacia abajo, y se me aceleró el corazón. ClanFintan estaba tendido en el suelo, junto al enorme colchón. Su cabeza estaba apoyada en mi muslo. Yo no veía su cara, pero por el ritmo constante y profundo de su respiración, supe que estaba dormido. Sonreí suavemente. Con la mano temblorosa, le acaricié el pelo.

Él alzó la cabeza de repente, y se giró hacia mí.

¿Cómo podía haberme imaginado que podría vivir sin él?

– ¿Te has despertado? -me preguntó con gravedad.

A mí se me llenaron los ojos de lágrimas, y asentí.

Él se irguió y me observó con suma atención.

– ¿Quién eres? -me preguntó.

Por un momento me quedé estupefacta. Entonces, fruncí el ceño. ¿Que quién era? Me fije bien en él, preguntándome si había participado en alguna lucha últimámente y había recibido un golpe en la cabeza, que explicaría su expresión embobada. Salvo que tenía unas profundas ojeras, y estaba más delgado que de costumbre, yo no percibí ninguna señal de heridas. Tenía algunas canas más de las que yo recordaba, pero era el mismo centauro de siempre.

Tomé aire y me encogí de dolor, lo cual no ayudó a suavizar mi tono de voz cuando respondí.

– ¡Caramba, soy yo! ¿Quién demonios te crees que soy, John Wayne? Mierda, he pasado por un infierno para volver aquí, ¿y ni siquiera me reconoces?

– ¡Shannon! -exclamó él, con alegría. Al instante, un grupo entró en mi habitación y ahogó su grito.

Alanna era la primera, seguida por una bandada de sirvientas que soltaban chillidos de euforia. A mí se me alegró el corazón al verla. «Está viva», me aseguré. «Está viva». Y llevaba un ramo de rosas a punto de florecer.

Bueno, allí estaban las flores que faltaban en mi habitación. Ojalá Alanna hubiera permitido hacer aquellas tareas a las adolescentes. Se suponía que ella era la jefa en mi ausencia.

Antes de llegar junto a mí, las ninfas se pusieron a hacer reverencias. Me di cuenta de que estaban sonriendo y tenían lágrimas en los ojos.

– Hola, amiga -le dije a Alanna, avergonzada de que mi voz estuviera tan quebrada.

Alanna se puso el dorso de la mano contra la boca para ahogar un sollozo. Con la otra mano, sujetó el ramo de rosas contra el pecho. Después, el sollozo se convirtió en una carcajada.

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