El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Entre los años 1976 y 1982, Willy, ejecutivo de alto nivel en una agencia de publicidad de Nueva York, mató a un total de catorce personas en las afueras de Nueva York y en Nueva Jersey. Frecuentaba las zonas de parque a orillas del Hudson y buscaba a aficionados a la naturaleza solitarios (viejos, jóvenes, hombres, mujeres, blancos, negros: como asesino, Willy creía en la igualdad de oportunidades), los mataba golpeándolos con una piedra, les robaba algo como recuerdo y los tiraba al río. Lo pesqué por pura chiripa. Descubrí que todas las calles laterales en dirección al parque que él recorría tenían aparcamiento sólo en un lacio de la calzada, así que comprobé los tíquets expedidos en los días que el forense determinaba que habían muerto las víctimas y ¡bingo! De las catorce veces, Willy se despistó en tres.
Poseía una hermosa casa colonial en Chappaqua y su salario bruto el año anterior había sido de 275.000 dólares, más opciones sobre las acciones de la empresa. Cuando llamé a su puerta, no estaba seguro al cien por cien de que fuera culpable, así que le pregunté directamente: «Señor Whalen, ¿es usted el Homicida del Hudson?»
Su respuesta: «Sí, soy yo. Iré con usted sin oponer resistencia, pero ¿le importaría tomar primero un martini conmigo? Mi esposa y mis hijos tienen pensado ir al teatro dentro de un rato y no me gustaría aguarles la fiesta. Les diré que es usted de la agencia donde trabajo.»
Ahora Willy está en Lewisburg y viste el uniforme de la cárcel federal en vez de sus trajes de Paul Stuart. Le gente se reía con admiración cuando conté que me había bebido unos cuantos Beefeaters con él y que, en cierto modo, aquel hijoputa me había caído bien. Luego, enojado conmigo mismo por ello, revisé las fotos que el forense había sacado a las víctimas. Willy ya no me cae bien.
Tampoco lo comprendo.
Los otros dos arrestos fueron obra de mi colega Jim Schwartzwalder, que antes fue agente especial en Houston. Es un mago de la ciencia forense y pidió trabajar en Niños Desaparecidos (un destino que nadie más quería). Jim obtuvo datos de menores desaparecidos en el norte de Louisiana y de dos niños muertos (violados y cubiertos de marcas de mordiscos) cerca de Baton Rouge. Partiendo de la hipótesis de que el asesino era alguien de paso y, probablemente, un ladrón de coches, Jim estudió las denuncias de robo de automóviles de la zona de Shreveport, encontró uno que le pareció «perpetrado por pánico» y luego se hizo enviar el informe forense con las marcas de los dientes en los niños muertos, junto con expedientes de delincuentes reincidentes detenidos por robo de vehículo. Las marcas dentales coincidían exactamente con la dentadura postiza que le habían hecho en el talego al ex recluso Leonard Carl Strohner mientras cumplía condena por robo de automóvil a finales de los setenta. Tras emitir una orden de busca y captura, Strohner fue detenido al cabo de unos meses en Nuevo México. Confesó haber mordido, violado y asesinado a veintidós niños en los estados del Sur y del Suroeste, con la ayuda de Charles Sydney Hoyt, que había sido compinche suyo un tiempo. Hoyt cayó al cabo de una semana en una redada rutinaria de indigentes en Tucson, Arizona. Mientras confesaba sus crímenes, se reía, y cuando uno de los agentes que lo detuvo le preguntó por qué mordía a los niños, Hoyt dijo: «Cuanto más cerca del hueso, más tierna es la carne.»
Me he ido por las ramas otra vez. Sueno, de perdidos al río: seguiré divagando un poco antes de volver al tema que nos ocupa. Divagación número uno: para ser policía, soy bastante liberal. La pobreza es la causa número uno de la criminalidad, y punto. Todo ese rollo sobre la corrupción moral y el fracaso de la familia es pura tontería. Aparte de la pobreza y de su correlación directa con el consumo de drogas duras, tenemos la motivación psicológica individual, que es prácticamente indescifrable, aunque los psicólogos forenses que trabajan con el Grupo Especial son muy competentes a la hora de extrapolar a partir de las pruebas materiales y de los exámenes diagnósticos. Como policía, la motivación psicológica siempre ha sido mi principal interés profesional. Willie Roosevelt Washington, un negro adicto a la heroína de la zona sur de Filadelfia, se hizo atracador de bancos. Los padres de Willie eran buena gente y no le pegaban nunca. El vecino de Willie, Robert Dewey Drown, recibía palizas regulares de sus padres, unos sádicos alcohólicos, y ahora es un brillante químico forense del Buró. ¿Qué sucedió?
Los polis metropolitanos suelen tener una respuesta estereotipada. Trabajando en colaboración con ellos durante muchos años, la he oído a menudo: «Es el Mal.» La relación de causa y efecto y los episodios traumáticos no significan nada; lo que es, es. Busca la causa y el efecto y lo que obtendrás es que lo que es, es; eso y el bien y el mal atenuados por distintos tonos de gris. Soy un hombre lógico y metódico que sólo cree en Dios nominalmente, y esa respuesta siempre me ha ofendido.
Divagación número dos: aparte de casarme con Carol contra el deseo de mis padres, el principal acto de rebeldía de mi vida ha sido repudiar la fe en la que me crié. Tenía diecisiete años cuando dejé de creer en los principios de la Iglesia holandesa reformada. La santidad de Jesucristo, el bien y el mal sin matices, y Dios en el cielo moviendo los hilos y haciendo su numerito de predestinación en el instante del nacimiento de los miembros de su grey, eran algo demasiado feo, demasiado malvado y estúpido para un muchacho metódico y lógico que quería ser abogado o policía. Así pues, me matriculé en una universidad de los jesuitas, fui a la Facultad de Derecho de Notre Dame y me hice abogado y policía; sigo siendo lógico y metódico y, a punto de cumplir los cincuenta, aún me obsesiona saber. Y tal vez -y ésta es la frase que remacha el clavo-, lo que es, es, y el bien y el mal son lo auténtico y los datos de los asesinos en serie con los que he trabajado constituyen la prueba irrefutable de ello.
He aquí algunos fragmentos de información que apoyan esta tesis:
En los asesinatos en serie en los que el robo fue, como dicen los psicólogos forenses, el móvil del momento, la cantidad total robada en 1981 no llegó a los veinte dólares por víctima.
Un hombre acusado de nueve asesinatos, perpetrados en tres estados durante un periodo de cinco años, fue objetor de conciencia durante la guerra de Vietnam y estuvo en la cárcel por organizar seminarios sobre la resistencia al reclutamiento, lo cual violaba la ley federal. En vista de ello, se le preguntó cómo pudo matar a sangre fría a nueve personas. «Adapté mi filosofía para que cupiera en ella mi deseo de matar», respondió.
Un hombre, detenido en el momento en que violaba a una mujer mayor a la que había matado momentos antes, resultó haber sido sospechoso de otros asesinatos y haber quedado libre después de pasar la prueba del polígrafo. Cuando le preguntaron cómo lo había logrado, dijo: «Es evidente; me gusta matar. No me siento culpable.por ello, conque ¿cómo va a delatarme un aparato que sirve para detectar la culpa?»
Ninguno de los seis asesinos en serie de niños juzgados en Estados Unidos durante el año 1981 había sufrido abusos durante su infancia.
Es frecuente que los asesinos en serie tengan relaciones sexuales monógamas normales.