El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Tic
Tic
Tic
Atardecer del 7 de septiembre de 1983. Cuando llegué a casa del campo de golf y de hacer unas compras en Bronxville, llevaba el ruido del reloj en la cabeza y, en la mano, una bolsa con nueve tortitas y maquillaje de teatro. Al abrir la puerta, impaciente por empezar mi transformación nocturna, estuve a punto de pasar por alto las hojas de un álbum de recortes esparcidas sobre mi cama.
Intuyendo lo que debía de haber ocurrido, contuve una exclamación y lancé un vistazo hacia el baño y detrás de las puertas del armario, los únicos lugares donde podía estar esperando. El tic tic tic tic tic tic tic tic no sonaba tan fuerte como la adrenalina que me estallaba en la cabeza. No sé cómo, conseguí contenerme y no correr hacia ninguno de los dos lugares, sabiendo que traicionar mi impaciencia sería una afrenta a mí mismo como Sombra Sigilosa. A punto de estallar en todos los niveles sensoriales, me obligué a leer el mensaje.
Era un artículo de prensa, fechado el 19 de febrero de 1979, donde se detallaban las brillantes maquinaciones que había llevado a cabo Ross Anderson para salvaguardarnos a los dos de ser descubiertos en nuestros últimos asesinatos. Leí y releí el relato en rápida sucesión y una visión en tecnicolor de todos los puntos clave me engulló por entero. Tuve que sentarme en la cama.
Ross al localizar el coche del muerto, al ver el carnet de donante con el grupo sanguíneo 0+, al gritar «¡Eureka!».
Ross, al volver a Huyserville en busca de un equipo de perros rastreadores, aunque ya sabía dónde estaba el cadáver.
Ross, al meter su propio dinero en la cartera del muerto y al ponerle mi vieja 357, sin silenciador, en la mano.
Ross, al profanar el pecho del hombre para que los patólogos no supieran que la causa de la muerte habían sido dos disparos.
El estallido se apagó y volví a la película mental. La pasé al revés y en cámara lenta. En todas las versiones se veía genio puro… y algo más.
– Y creías que yo sólo era otra cara bonita. El sargento Ross, qué gran tipo.
Me sobrevino una ola de calor que se extendió por mi cuerpo y me devolvió el equilibrio. Me levanté de la cama, di media vuelta y sonreí.
– Bravo, sargento.
Ross se atusó el bigote y acarició el emblema del cocodrilo de su polo azul. La ropa de paisano, cuatro años y medio y dos mil kilómetros no lo habían cambiado en absoluto: todos los fragmentos del hombre habían salido intactos del bucle temporal.
– Teniente -dijo-, pero gracias.
Tranquilo al ver su tranquilidad, contuve la andanada de preguntas que quería formularle y me limité a murmurar:
– Felicidades.
– Gracias -replicó, cerrando la puerta del baño-. Por cierto, soy el teniente más joven en la historia de la policía estatal de Wisconsin. Dale la vuelta a esos recortes. Lo de atrás te gustará.
Lo hice. Allí, pegados con cinta adhesiva, había otros artículos de prensa, acompañados de unas desvaídas fotos Polaroid de rubias descuartizadas. Mientras mis ojos leían el texto y mi mente pasaba una película en la que Ross viajaba y se arriesgaba y mataba por mí, él habló muy despacio y sus palabras flotaron en el aire como música de fondo.
– Ha sido fácil localizarte, querido amigo. Sé abusar del poder policial como nadie y aún soy mejor rastreador. El 38 que te di me ha servido para eso. Hice unas muescas dentro del cañón, la probé disparando en un depósito de balística y guardé los cartuchos gastados. Unas estrías y marcas muy distintivas: ni siquiera las iba a alterar el silenciador que sabía que te agenciarías. Sólo he tenido que buscar los informes sobre cadáveres archivados como «muertos por arma de fuego» y leer los informes de balística correspondientes para saber por dónde andaba mi viejo amigo Martin. He tenido que hacer muchísimas llamadas telefónicas, pero soy un hombre perseverante. Te he atribuido el retrasado mental de Illinois y el maricón de Nebraska. ¿Ya has salido del armario, queridísimo amigo? Ambos eran tipos morenos de tu misma edad y pensé: «Vaya, Martin quiere una identidad nueva porque sabe que Ross, qué gran tipo, lo tiene controlado.» Después te cargaste al viejo alemán de Michigan; habían pasado casi dos años. Supuse que si habías matado así a un viejo era porque ya tenías la identidad nueva de un fiambre que no habías matado tú o que la policía no había encontrado. También tuve la corazonada de que estabas volviéndote cauteloso y suspicaz, y que debías de tener alguna razón para liquidar al viejo, por lo que hice fotocopias del expediente del caso que tiene la policía de Kalamazoo.
»Lo que sí me sorprendió fue descubrir que eras un falsificador bastante bueno. ¿Doce mil pavos en cheques a compañías de tarjetas de crédito? Los idiotas de la pasma de Kalamazoo ni siquiera se molestaron en llamar a esas compañías, pero yo sí lo hice. ¿Transacciones futuras con tarjetas de crédito? Querido amigo, tienes unos huevos de platino… y he estado siguiendo esos huevos por todo el país, por cortesía de Telecredit. Ahí está Martin, en Ohio, y seguramente también pegando unos hachazos en Sharon, Filadelfia. Después, me entero de la existencia de ese informe sobre el cadáver de Rohrsfield, llamo al teléfono de la lista de alquileres de vehículos a la que tiene acceso la pasma para seguir la pista a quienes han violado la libertad condicional… y, oh sorpresa, descubro que un tal William Rohrsfield vive cerca de esa reunión familiar tan aburrida. El de Rohrsfield fue un buen trabajo, Martin, pero no deberías haberlo enterrado donde iban a levantar una tienda Seven-Eleven. ¿Quieres dejar esas fotos, amigo mío, y mirarme?
La petición me hizo apartar los ojos de los retratos de muerte. Sin más que admiración temerosa por la manera en que me había tendido la trampa, le dije:
– ¿Cómo has conseguido eso? ¿En diferentes ciudades? ¿Y espaciándolo en el tiempo?
– Gracias a las órdenes de extradición -respondió Ross, acariciando el cocodrilo del polo-. Iba a las policías municipales, presentaba mis documentos, pegaba la hebra con los agentes que llevaban la investigación y luego echaba un vistazo a los expedientes de Antivicio en busca de carne rubia y bonita con condenas recientes por prostitución. Un procedimiento sencillo: conseguir la información, llamar a la puerta de las rubias, decir que eres el sargento Plunkett o cualquier otro, hacer el trabajo, tomar las fotos y largarte. Espaciar las intervenciones y actuar en ciudades distintas. Después de cuatro actuaciones al final se estableció una relación, y entonces lo dejé. Una nueva raza de asesino, capaz de controlarse. También compré con nombres ficticios los billetes de avión para ir y venir de las ciudades donde tenía que hacer la extradición y luego entregaba documentos falsificados míos y del extraditado, así que no consto en ninguna lista de pasajeros. Saul Malvin se comió el marrón de las morenas y además me ocupé de destruir los expedientes sobre ellas, no vaya a ser que alguien relacione al Matarife de Madison con el «Asesino de Putas en Cuatro Estados» y decida empezar a comparar informes forenses. He pensado algo sobre nosotros dos, Martin. Al final, estamos empatados: tú ganas en cantidad y yo, en calidad.
Pese a mi admiración temerosa y a ese algo más, su tono condescendiente me irritó y pregunté:
– ¿Y en el uno contra uno?
Ross sonrió y también capté en él un destello de admiración temerosa.
– No lo sé, amigo mío. Sinceramente, no lo sé. ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? ¿Te apetecería conocer a una parte de mi familia?
Ross había llegado en taxi, por lo que cogimos el Muertemóvil II para ir a la casa de veraneo donde estaba el grupo más joven de la reunión. Llevarlo a mi lado en el asiento del acompañante me excitó levemente. Mientras nos dirigíamos al norte por la autovía Saw Mill, lo oí hablar en tono apacible.
– De niño, pasaba los veranos aquí. La fiesta la dan los Liggett, que son la familia de mi madre. Gente de mucha pasta. Todos pensaron que mamá se había casado con un hombre que no estaba a su altura: Lars Anderson, un pueblerino guapo y estúpido, ebanista de un pueblo de Wisconsin, un hombre sin futuro. Me lo hacían saber de maneras sutiles, abrumándome de amabilidad al mismo tiempo. Cada septiembre por esta misma época, antes de que me mandaran de regreso a Beloit, me compraban un montón de ropa de otoño para la escuela y me acompañaban a la tienda Brooks Brothers como si fuera el pequeño lord Fauntleroy. Los vendedores me odiaban porque creían que era un rico heredero. Los Liggett se gastaban una fortuna para humillar a mi padre, y yo siempre lo compraba todo demasiado grande o demasiado pequeño para poder venderlo o librarme de ello en cuanto llegase a casa. ¿Te acuerdas de aquel colega mío, el difunto Billy Gretzler? Deberías haberlo visto con aquella chaqueta de cachemira de quinientos dólares cuando trabajaba de camionero. Al final, quedó tan negra y sucia de grasa que le dije: «Una broma es una broma, tírala», pero no me hizo caso. La cortó y utilizó los pedazos como trapos para limpiar la pistola. Casi hemos llegado a Croton. Toma la salida siguiente y dobla a la izquierda.