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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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Hablando de englobar, el cotejo de vehículos llevó a Jim

Schwartzwalder al nombre de un sospechoso al que atribuye trece secuestros/asesinatos de niños en el Medio Oeste. Anthony Joseph Anzerhaus, de Minneapolis, un viajante de comercio de una compañía de artículos de escritorio. Acompañé a Jim a Minneapolis y el jefe de Anzerhaus nos comunicó que éste estaba de viaje y que esa noche probablemente se encontraría en Sioux Falls, Dakota del Sur. Llamamos al agente especial de Sioux Falls, le di el nombre del motel donde solía alojarse Anzerhaus y le pedí que lo esperase allí. Después, registramos el apartamento del sospechoso. Encontramos el cuero cabelludo de seis niños en una cubitera de hielo. Jim perdió el control por completo e hizo trizas el lugar, tirando muebles y rompiendo botellas. Al final conseguí calmarlo, pero justo entonces llamó el agente especial de Sioux Falls para informar de que Anzerhaus no había aparecido. Imaginé que su jefe lo había puesto sobre aviso, así que dejé a Jim en un bar para que se calmara y fui a ver al tipo, que admitió haberlo hecho. Entonces fui yo quien perdió el control y denuncié a aquel gilipollas por obstaculizar una investigación federal y por auxilio en la huida a un fugitivo de la justicia. Habría añadido una acusación de complicidad de haber creído que podría mantenerla.

Cuando volví al bar, Jim estaba borracho. Me dijo que si Anzerhaus mataba a otro crío antes de que lo pilláramos, él mismo se ocuparía de matar al jefe. Estoy seguro al 40 por ciento de que hablaba en serio. Jim se queda en Minneapolis a supervisar la investigación y tú, Anthony Joseph Anzerhaus, mi consejo profesional es que te suicides, porque te cogeremos y, entre Jim Schwartzwalden y esos muchachos del crimen organizado tan moralistas que mandan en los penales federales, te vas a ver metido en problemas muy, pero que muy serios.

Basta de hablar de eso: Anzerhaus no es un fugitivo profesional y no durará una semana más. La gran noticia, el gran salto, es que mis indagaciones sobre el Sigiloso y la Sombra Sigilosa están al rojo vivo. El 5 de junio pasado, dos hermanos, chico y chica, fueron asesinados en su apartamento de Sharon, Pennsylvania. Él murió de una herida en el cuello causada por un hachazo; ella fue estrangulada. El asesino escribió «La Sombra Sigilosa vencerá» en la pared con la sangre del hermano, y la policía de Sharon había ocultado el detalle para descartar falsas inculpaciones. Ninguno de los que se confesaron autores de los hechos (hasta 611 se presentaron) hizo referencia a las palabras escritas, y los agentes supieron mantener el secreto. Ahora dispongo del expediente entero del Departamento de Policía de Sharon sobre el caso: 1.100 páginas, 784 fichas de identificación, ni más ni menos, y voy a repasarlo con los loqueros y con Jack Mulhearn. Ninguno de los nombres de las fichas se corresponde con los de los expedientes de anteriores desapariciones/asesinatos que atribuimos al Sigiloso, y he llamado a los agentes de Aspen para obtener información sobre el tipo que hizo el primer comentario acerca de la Sombra Sigilosa. Allí nadie recuerda al individuo; no aparece en ningún expediente y han tenido un gran ajetreo de personal desde 1976. Especulando mucho sobre el tema, el doctor Seidman sugiere que el hombre que ofreció la información podía ser el propio Sigiloso, que tiene una inteligencia de genio y un ego enorme, y que probablemente sea bisexual con una ligera preferencia por los hombres. El doctor se agenció varios ejemplares de El Hombre Puma, el cómic que protagonizaba la Sombra Sigilosa. Dice que es pura basura de tono sadomasoquista y necrófilo. Más allá de lo anterior, cree que el Sigiloso tiene entre 32 y 37 años y que procede de un «entorno de cultura automovilista»: el Suroeste o California. El doctor se inclina por el sur de California porque El Hombre Fuma se distribuía principalmente allí y porque deduce que el Sigiloso viene de un ambiente en el que prima el atractivo y la buena forma física. Quien despedazó a la víctima masculina en Sharon era tremendamente fuerte, pues la víctima y su hermana eran culturistas, por lo que la teoría encaja con los indicios existentes.

¿Dónde estás, Sigiloso?

He ordenado a un equipo de Denver que vaya a Aspen y que no deje piedra sobre piedra hasta dar con la persona que aportó la información sobre el Sigiloso; otro grupo de la oficina de Filadelfia se desplazará a Sharon mañana para hacer entrevistas de apoyo. Por consejo del doctor, he solicitado información sobre homicidios sin resolver en California inmediatamente previos al primer crimen probable del Sigiloso, en 12/74. Si Aspen no aporta un nombre en el plazo de una semana, iré allí en persona. ¿Quieres que te halaguen ese enorme ego tuyo, Sigiloso? Entrégate y te convertirás en toda una estrella.

El doctor se encarga de la mayor parte del trabajo de teorizar sobre el Sigiloso, pero yo no me he mantenido ocioso respecto al vínculo/vínculos que ahora llamo «rubias/morenas». Es una hipótesis repleta de supuestos, de teorías y de hechos circunstanciales, pero doy por buena la impresión general que transpira.

En primer lugar, ahora me inclino por la existencia de un solo asesino policía para las siete víctimas. Revisando los expedientes, he visto que las cuatro rubias habían sido arrestadas poco antes por prostitución, lo que las convertía en blancos extremadamente susceptibles a la intimidación policial o pseudopolicial, lo cual explicaría por qué unas damas tan conocedoras de la calle dejaron entrar en sus domicilios a unos desconocidos. En segundo, no creo que Saul Malvin matase a las morenas. Acepto que lo suyo fuese un suicidio (el informe escrito por el agente que encontró el coche, primero, y después el cuerpo, era un modelo de claridad y de sagacidad policial, aunque un tanto excesivo en la exposición de sus propias teorías), pero el grupo sanguíneo 0+ es muy corriente e hice unas llamadas discretas al agente especial de Chicago, quien se enteró de que Malvin tenía un lío con una amiga de su mujer y que la amiga le exigía que se comprometiera con ella. Una situación suicida para cierta clase de hombres.

Tercero, un gran salto -grande e inconcebible- que resulta de lo más estimulante: la policía estatal de Wisconsin y los dos departamentos de policía locales que colaboran con ella en la investigaciones de los asesinatos de las morenas no encuentran los expedientes de estos tres homicidios, lo cual es una de las cosas más increíbles que he oído en mis veintidós años de investigador.

Creo que estamos ante un asesino-policía con base en Wisconsin, autor de los siete homicidios de rubias/morenas.

Y creo que ese hombre ha destruido los tres expedientes de las morenas para evitar que se establezca una relación, basada muy probablemente en la existencia de idénticas pruebas materiales. Y, destruidos los vínculos de las pruebas materiales desde un punto de vista legal (es probable que algún forense o patólogo de Wisconsin recuerde todavía las características del arma, etc., pero eso no se sostendría ante un tribunal), lo único que me queda es si tuvo la oportunidad de perpetrar los crímenes.

Así pues, cualquier policía del sur de Wisconsin que hubiese faltado al trabajo exclusivamente en las fechas de los cuatro asesinatos de rubias podía ser mi asesino. Ya he presentado solicitudes de investigación al Departamento de Asuntos Internos de la Policía del Estado de Wisconsin y el agente especial de Milwaukee está haciendo lo mismo con los directores de personal de las policías locales de Janesville y Beloit. Sólo me queda esperar. Jack Mulhearn opina que mi teoría no se sostiene; cree que algún policía vendió los documentos a los medios o a un autor de novela negra. Hemos apostado cien dólares al resultado de mis indagaciones. No puedo permitirme perder, pues se acerca el pago trimestral de los estudios de Mark y Susan, pero me siento totalmente seguro de la apuesta. Son las 11.23. ¿Dónde estás, Carol?

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