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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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DE PÁNICO: UNA MUJER DISPARA A SU MARIDO POR ERROR

Del Sharon News-Register, 8 de diciembre de 1982:

TODAVÍA NO HAY PISTAS DEL ASESINO DE LOS KURZINSKI

Del Sharon News-Register, 6 de enero de 1983:

EL CASO KURZINSKI CONTINÚA DESCONCERTANDO

A LA POLICÍA LOCAL

Del Sharon News-Register, 11 de marzo de 1983:

UN AÑO DESPUÉS, EL CASO KURZINSKI SIGUE ABIERTO;

SHARON AÚN LLORA A LOS HERMANOS

Del Sharon News-Register, 14 de mayo de 1983:

EL RASTRO DEL ASESINO DE LOS KURZINSKI SE HA PERDIDO,

RECONOCE EL COMISARIO DE POLICÍA

Del Sharon News-Register, 20 de mayo de 1983:

LA POLICÍA NO REVELARÁ LA «PISTA DE LA SANGRE»

EN EL CASO KURZINSKI. «HAY QUE CONSERVAR

LA ESPERANZA», DICE EL COMISARIO

Del diario del inspector Thomas Dusenberry, del Grupo Especial del FBI contra Asesinos en Serie:

2215/83

Genio y figura, empiezo a escribir este diario un año más tarde de lo que me había propuesto. Si Carol no estuviese fuera, estudiando a esos floridos tipos del Renacimiento con universitarios a quienes dobla la edad, la tendría detrás de mí, observando lo que escribo. Y al ver la frase con la que empieza el diario, comentaría: «Como en todo lo demás de tu vida personal, querido.» Genio y figura, y yo no sabría si se trataba de una pulla o de una expresión de amor, porque Carol es un poco más lista que yo y mucho más competente en todo, salvo en dar caza a delincuentes y en ganar dinero. Y si alguna vez decidiera mover el culo (que, a los 44 años, conserva túrgido y curvilíneo) y se dedicara al negocio inmobiliario, también me superaría en lo segundo. Y si Mark y Susan decidieran dejar los estudios y convertirse en delincuentes, mejor ni pensemos en lo que pasaría.

Volviendo la vista atrás, hace unos diez años, inmediatamente después de la muerte de Hoover, todos los agentes en cautividad empezaron a escribir sus memorias. Alguna incluso llegó a publicarse. Todas estaban llenas de fantasías, de autobombo y de anécdotas sobre el Gran Hombre, al que el autor conocía de oídas. Yo envidiaba a los que habían conseguido publicar, pero me enfurecía que se calificaran de liberales sensatos, cuando la mayoría estaba más a la derecha que el típico dictador de república bananera que grita consignas anticomunistas y trafica con cocaína. Los miraba a ellos (diez mil, veinte mil dólares en concepto de anticipo, derechos de autor, versiones para películas y la gloria por algo que yo siempre he creído que podía hacer bien) y luego me veía a mí, viviendo por encima de mis posibilidades para compensar de alguna manera a mi familia por hacerla ir de acá para allá con mis cambios de destino y diciéndole a Caroclass="underline" «No busques trabajo, cariño. Daré más clases en otra escuela nocturna», y pensaba: «Mierda, llevo años deteniendo a atracadores de bancos; escribiré un libro y ni siquiera mencionaré a J. Edgar.»

Pero la verdad es que los atracos a bancos son un aburrimiento, a menos que sientas una satisfacción personal al meter entre rejas a los atracadores. Yo la siento y éste es el quid de la cuestión. A los cabrones los detienen los departamentos de policía municipales y nosotros entramos en acción cuando ya se han inculpado. 0 bien, como criaturas previsibles que son, con unas pautas de conducta bien establecidas, van a donde sabemos que irán y entonces los pillamos. Aunque resultase satisfactorio en el plano personal e incluso a veces excitante, la mayor parte de mi trabajo consistía en leer informes en la oficina y en pensar adónde irían aquellos cabrones si de repente se hicieran ricos. «Escribe, pues, un best-seller sobre un brillante investigador de atracos de los federales. 0 escribe el libro sobre un tipo corriente de la brigada de Fraudes, donde uno trata con delincuentes de guante blanco.»

Creí que al trabajar en el Grupo Especial me resultaría más fácil llevar este diario (¿que se convertirá en libro algún día, quizá?). Mis esperanzas no se han hecho realidad y el Grupo ha cumplido ya un año. Pensé que Carol me apoyaría y que me ayudaría a corregir lo que escribo, pero está absorta en sus estudios y cada vez que menciono posibles cadenas de desapariciones infantiles, se congela por completo y nos pasamos una semana sin hacer el amor. Cuando intento ponerme intelectual y relacionar algunos de los monstruos que salen de Sally Serie con Van Gogh (pobre desgraciado) o con el Bosco, Carol me deja helado con almibarados paisajes de sus textos. La oculta verdad es que mi mujer lamenta no haber tenido una profesión y envidia mi dedicación a la mía. También ha empujado a Susan y a Mark hacia las artes, con lo cual nunca saldré de pobre y daré clases hasta que cumplan los treinta y se gradúen. Y por mí ya está bien así, aunque sospecho que Mark sería más feliz haciendo de carpintero o contratista de obras, y que Susan lo sería también como esposa y artista diletante.

Pero estoy yéndome por las ramas y lo que quería decir es que el Grupo Especial representa el trabajo más importante de mi vida, el más satisfactorio y problemático, y que me sigue resultando difícil escribir sobre el tema. Para ser sincero, es la frialdad de Carol lo que me ha permitido llegar hasta aquí. Regreso tarde a casa, todavía tenso, todavía con ganas de trabajar, y la nívea artista (soy injusto, querida, pero permíteme esta pequeña licencia) apila unos cuantos copos de nieve más. El Grupo Especial me lleva a pensar en la familia, por lo que utilizaré a Susan para pasar de un tema a otro.

Anoche, Susie nos llamó (a cobro revertido) para pedirnos dinero. Después de hablar un rato de tonterías le pregunté si tenía novio y cuál era su filosofía general acerca del matrimonio: «Bueno, papá -me dijo-, creo en la monogamia en serie y pienso seguir practicándola.»

Me puse hecho una furia y empecé a gritarle, algo que siempre procuro evitar. Fue por la expresión «en serie» y las connotaciones que implica, por supuesto. No fui muy coherente en la discusión y nos despedimos a los pocos minutos, pero esta mañana lo he encajado todo. Lo que me disgustó fue su falta de ilusión romántica. Susie tiene veintidós años y se acuesta con sus ligues, pero no es eso lo que me preocupa. Lo malo es que siempre parte de la base de que tarde o temprano la relación terminará; carece de ese sentimiento juvenil de «para toda la vida» que, de todas formas, uno pierde enseguida. Me gustaría que, en lugar de regirse por esa horrible expresión, siguiera el ejemplo de Gretchen, la secretaria ejecutiva del Grupo. Gretchen tiene treinta y un años, dos hijos de un matrimonio fracasado que ella había creído que sería para siempre, y mantiene aventuras con hombres inadecuados que al final se largan porque les dan pánico los críos. Es lista, es divertida, es una gran madre, tiene amigos gays que son más divertidos que Bob Hope, Jackie Gleason y Richard Prior juntos, y no ha perdido la esperanza. Nos abrazamos de vez en cuando y, si yo no fuera un perro tan fiel, llegaría a donde Gretchen parece desear que lleven los abrazos.

La expresión «en serie» significa que uno siempre pasa al siguiente. Ya se trate de amante o de víctima de asesinato, uno pasa al siguiente y punto. Esta mañana, mientras hacía acopio de valor para empezar este diario, he querido ver mi nombre en letra impresa y he hojeado un número del Law Enforcement Journal del año pasado. Allí estaba el inspector Thomas Dusenberry, utilizando el estilo verbal aprendido en el FBI, lleno de términos como «perpetrar» «incautar» y «circunstancial». También utilizaba mucho la palabra «pasmoso», lo cual me permite pasar al verdadero objetivo de este diario.

Es más que pasmoso. Soy un veterano investigador criminal y, por el bien de la realidad, me gustaría que hubiese adjetivos que superasen «pasmoso», «desconcertante», «increíble», etcétera. Hace dieciséis meses os habría dicho que lo único que merecía el mencionado calificativo era la altivez de mi esposa en el cóctel del Buró. Hoy pediría perdón a Carol y le diría: «Lo siento, pequeña, pero ahí fuera hay seres humanos con formación universitaria y trabajo de ejecutivo que matan a gente a palos, les roban los gemelos de la camisa como recuerdo y luego se van a casa, recogen a los niños y los llevan al entrenamiento de béisbol y, antes de volver al hogar, a la esposa y al tierno sexo conyugal, invitan a todo el equipo a tomar helado.» Si Carol protestase, le recordaría los tres asesinos en serie a los que ha detenido nuestra brigada en su año de existencia. Expediente federal 086-83: Whalen, William Edmund, alias el Homicida del Hudson.

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