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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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Con esto llegamos a las treinta víctimas y la relación ya es un poco menos tenue. Algunos asesinatos con trasfondo sexual y la recurrencia del hombre «alto», «robusto» y «de raza blanca», junto con el vendedor de las tarjetas llamado el Sigiloso, apuntan a un solo perpetrador. La línea de la Sombra Sigilosa es dudosa, pero voy a preguntar a la policía de Aspen por el aficionado a los cómics que los llamó para darles esa información. Quizás el tipo tenga algo más importante que contar. Todos estos datos los introducimos en Sally Serie y, por otra parte, los psiquiatras están leyendo mis informes sobre la cadena de asesinatos. Ellos llevarán a cabo sus propios estudios y comprobarán los expedientes de cárceles y hospitales psiquiátricos previos a la fecha de los primeros asesinatos, pues es posible que al Sigiloso lo hubieran puesto en libertad condicional o le hubiesen dado el alta de un hospital. La putada es que todo esto va a llevar tiempo. Afortunadamente, sin embargo, el Sigiloso se ha portado bien desde finales de 1978. Jack Mulhearn tiene una serie de cuatro asesinatos que en su opinión fueron perpetrados por alguien que se movía de un lado a otro, pero tanto cronológica como geográficamente quedan fuera del radio de acción del Sigiloso (Illinois, 8/5/79; Nebraska 15/12/79; Michigan 9/80; Ohio 5/81). Los cuatro hombres recibieron disparos en la boca con la misma pistola barata y el doctor Siedman dice que podría tratarse de un asesino homosexual, por lo que creo que no es el que yo busco. ¿Dónde estás, Sigiloso?

¡Aquí está Carol! Voy a decirle que hoy he escrito doce páginas y que la he mencionado, como mínimo, otras tantas veces.

22

El 5 de junio de 1983, un año después de mi momento culminante como asesino, salí de Sharon y conduje sin parar hasta el condado de Westchester, Nueva York. Al cruzar el puente de Tappan Zee, arrojé al río Hudson mis muy utilizadas y ya peligrosas tarjetas de crédito de Rheinhardt Wildebrand. Me dirigí al sur por la Ruta 22 en busca de clubes de campo y náuticos que ofrecieran empleos de verano, y me sentí como un adolescente que abandona una fiesta temprano para hacerse el interesante, sin darse cuenta de que no tiene adónde ir.

La «fiesta» era mi condición de ser lo más fuerte que había sucedido nunca en Sharon, Pennsylvania, y el motivo de que tuviera que abandonar la población era un lento y constante tictac que sonaba en mi cabeza. En la carretera o en el refugio seguro del área metropolitana de Nueva York donde pensaba establecerme, el sonido sólo sería el de mi reloj cerebral de siempre; allá, en Sharon, era el de una espoleta. Tarde o temprano, habría tenido que retomar mi transformación en la Sombra Sigilosa no por sed de sangre, sino para sentir una vez más el tronido del atemorizado asombro de la ciudad. Y, dada la vigilancia que había suscitado, el intento habría podido resultar suicida.

Como ocurrió en San Francisco después de Eversall/Sifakis, había oído lo que se decía sobre mí. Pero en Sharon, diez veces menor en tamaño y cincuenta en sofisticación, los ecos habían resonado diez mil veces más potentes. Los Kurzinski eran ampliamente conocidos, apreciados, envidiados y admirados; al matarlos, había destruido con ellos una parte de la ciudad. Mi presencia era, en sí misma, la ciudad, en un proceso muy similar a como la figura de un amado poderoso llena cada rincón del espacio que rodea al amante. Lo único que veía Sharon, Pennsylvania, era a mí; durante el año post-muertes que pasé allí, me erigí en el que regulaba sus latidos.

De día era Billy Rohrsfield, empleado de la biblioteca y levantador de pesas de gimnasio, mientras que de noche me convertía en la Sombra Sigilosa. Durante trescientos sesenta y cinco anocheceres consecutivos, efectué el cambio de identidad rituaclass="underline" pantalones, camisa y chaqueta al cesto, sustituidos por un mono negro y una nariz aguileña formada y aplicada con un complejo maquillaje. Pómulos y cejas difuminados, de modo que todo mi rostro se viera anguloso. La radio, sintonizada en la frecuencia de la policía, hablaba de MÍ. Me preguntaba cuándo se dejarían de rodeos sobre una «pista misteriosa» y proclamarían al mundo mi nombre nocturno. Se me ponía dura cuando las viejas chismosas me adoraban con voces temerosas y me corría cuando los hombres hablaban de mí con rabia. Era el paraíso, hasta que algo comenzó a hacerme sss/tic, sss/tic, sss/tic en los oídos, y empecé a pensar en desconcertar a las patrullas de seguridad que yo mismo había provocado, infiltrándome en sus redes vecinales para acabar con una familia entera. Por debajo del sss/tic, sss/tic, sss/tic, comprendí que eso sería una estupidez, por lo que abandoné discretamente la ciudad, lamentando y al mismo tiempo agradeciendo el retorno del humilde tictac de siempre. Al sur de White Plains recogí a un joven que hacía autoestop; él me comentó que podía trabajar de caddie durante la temporada en cualquiera de la media docena de clubes de campo de Westchester. El único requisito era ofrecer un aspecto presentable y cordial. También mencionó una agencia de alquileres de Yonkers que buscaba alojamiento a temporeros en los apartamentos de los estudiantes del Sarah Lawrence College durante las vacaciones. Seguí el consejo en ambos asuntos y, al terminar el día, Billy Rohrsfield había encontrado acomodo en un pisito de soltero en el límite del Bronx con Yonkers y había cubierto nueve hoyos como caddie en el Club de Campo Siwanoy.

Esa misma noche, Billy se convirtió en la Sombra Sigilosa por primera vez en Nueva York.

Privado de fama local y de escucha de radio, no me quedaba nada que hacer excepto escuchar el tic tic tic tic tic, cada vez más potente, y preguntarme quién, cuándo y dónde. Así lo hice: Billy en el campo de golf de día; mi yo transformado de rasgos angulosos por la noche. El tictac continuó y una calurosa jornada a mediados de julio detuve el reloj en el mismísimo corazón de Manhattan: estrangulé a un borracho que se había quedado dormido en un banco de la catedral de San Patricio.

Los titulares del Post y del Daily News convirtieron el tictac en un lloriqueo y seguí siendo Billy/Sombra, Billy/Sombra, Billy/Sombra hasta agosto, cuando decidí emprender otra excursión por la Gran Manzana. En esta ocasión la alarma se disparó, BLAAAAAR, cuando andaba paseando por Central Park y un mendigo me pidió limosna. Rodeado de otros paseantes, lo llevé detrás de unos matorrales y le rajé la garganta. El retrato robot que adornó la segunda página del Post del día siguiente me hacía poca justicia y esa noche, como Sombra Sigilosa, me dispuse a instaurar un prolongado reinado de terror.

Del diario de Thomas Dusenberry:

17/8/83

Aquí estoy otra vez; he salido a respirar después de dedicarme durante tres meses a hurgar en papeles, ayudar a Jim Schwartzwalder a realizar entrevistas de campo en Minneapolis, reunirme con los psiquiatras y lo que equivale a reunirme con Carol (así de formal y severa se ha vuelto). Llego a casa tarde, agotado y nervioso de tanto café, y la encuentro estudiando. Cuando pongo reposiciones de la serie The Honeymooners o de Sergeant Bilko -agradables antídotos frívolos para los informes forenses llenos de destripamientos y de penes amputados-, ella me dice que la naturaleza frenética de las comedias de los cincuenta creó toda una generación de chicos propensos a la risa tonta, a la gratificación rápida y a la violencia. Como sus diatribas suenan programadas, supongo que las ha sacado de alguno de sus profesores. Es innegable que todo eso le está sentando mal; tendremos que hablar en serio, y pronto. Espero que toda esa cólera de Carol contra mí tenga una causa clínica: la menopausia sería una respuesta lógica y metódica que lo englobaría todo. Echo de menos su antigua manera de ser.

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