El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Aerotransportado, vi carteles de viales y anuncios de los Jook Savages y de Marmalade; aterrizado en el asiento del conductor, vi a los sheriffs del condado de L. A. cacheando a un joven asustado. Al principio, éste se asemejaba a Billy Rohrsfield; luego, se pareció a Russ Luxxlor. Después me instalé automáticamente en mi juego 80/20 por ciento fantasía-distanciamiento y vi lo que sucedía.
Puedes huir, pero no esconderte.
Mi primer impulso lúcido fue destruir las tarjetas de crédito de Wildebrand y los documentos de identidad de Rohrsfield. Un segundo pensamiento, más lúcido, me detuvo: deshacerme de tan valiosas herramientas sería un reconocimiento implícito de que no era capaz de controlar mi propia personalidad. Una tercera idea, más persuasiva, se impuso a partir de ahí: eres Martin Plunkett. Seguí camino y, detrás de la letanía que me permitía sujetar el volante con firmeza y mantener el Muertemóvil II a unos constantes 80 por hora, se acumularon colores. Las palabras eran «Soy Martin Plunkett» y los colores me decían exactamente lo mismo que en San Francisco en 1974.
Aterricé en Sharon, Pennsylvania, logré articular palabra más allá de la letanía y tomé el control de mi destino. Los días de colores me habían infundido lucidez y me habían dado el coraje para aceptar ciertas cosas y para llegar a conclusiones sobre cómo restaurar el orden en mi vida. Antes de hacer una declaración formal al respecto al aire estival, quise dejar resueltos los asuntos prosaicos de volver a situarme y compré tres habitaciones llenas de mobiliario de precio medio con la tarjeta Visa de Rheinhardt Wildebrand y alquilé un piso de tres habitaciones en el lado oeste de la ciudad, utilizando el nombre de William Rohrsfield. Los juegos malabares con las dos identidades falsas no me produjeron momentos de esquizofrenia ni de euforia perturbadora y, cuando estuve a solas en mi nueva casa, hice la declaración:
«Desde Wisconsin, no has hecho más que huir de tu singular vena de sexualidad, de naturaleza guerrera; has estado huyendo de antiguos miedos y de viejas indignidades, con lo cual has experimentado alucinaciones casi psicóticas; has perdido la voluntad de matar fríamente, brutalmente y con tus propias manos; matar simple y anónimamente te ha convertido en una no entidad, te ha privado de tu orgullo y ha relajado tus costumbres. Te has convertido en un ser acomodaticio de la ralea más despreciable y el único modo de invertir esta tendencia es planificar y llevar a cabo una serie perfecta, metódica y simbólicamente exacta de asesinatos sexuales.
»Puedes huir, pero no esconderte.»
Cuando terminé la confrontación conmigo mismo, me caían por las mejillas unas lágrimas de alegría y lloré sobre el objeto que tenía más a mano: una caja de cartón llena de platos y utensilios de cocina.
Durante los cuatro meses siguientes, me hice con los elementos simbólicos que necesitaba: carteles de líneas aéreas y anuncios de rock idénticos a los que adornaban las paredes del picadero de Charles Manson en 1969, un juego de herramientas de ladrón y un equipo de maquillaje de teatro. La tecnología de las cerraduras había mejorado desde mis tiempos de ratero, así que compré e instalé una serie de cerrojos que abarcaban el nuevo abanico tecnológico, y ensayé la forma de neutralizarlos. Horas de práctica delante del espejo del baño me hicieron experto en maquillaje y en narices postizas, que me proporcionaban unos rasgos no-Martin Plunkett, y conforme avanzó el verano en mi ciudad de acero, lo único que quedó por hacer fue encontrar a las víctimas perfectas.
Fue más fácil decirlo que hacerlo.
Sharon era una población industrial tosca, de composición étnica básicamente rusa y polaca, y de estilo de vida tosco. Por la calle se veían muchos rubios que proyectaban auras de «mátame», pero después de andar todo un verano deambulando en busca de una pareja rubio-rubia, no conseguí nada más que dolor de ojos. Para combatir la frustración y mantenerme en contacto con la realidad mientras me dedicaba a ello, di otro paseo por la cultura popular, por cortesía de People y Cosmopolitan.
La familia todavía constituía un gran tema, como la religión, las drogas o la política de derechas, pero lo que parecía estar haciendo furor entre los norteamericanos era la forma física. Los gimnasios eran lo último en «nuevos lugares de encuentro» para solteros; el cuidado del cuerpo había generado el «nuevo narcisismo», y el equipo y las técnicas de musculación habían progresado hasta el punto de que un gurú del «nuevo fitness» declaraba que las sesiones de levantamiento de pesas eran «el nuevo servicio religioso», mientras que las máquinas de tonificación muscular se habían convertido en «los nuevos tótem, objetos de culto, porque liberan en todos nosotros la perfección física divina». Toda aquella locura apestaba a la excusa de los que quieren resultar atractivos para follar con los de clase superior, pero si era allí donde se reunían los guapos…
En Sharon había tres gimnasios: el Now & Wow Fitness, el Co-Ed Connection y el Jack La Lanne European Health Spa. Una serie de llamadas por teléfono me puso al corriente de sus respectivas virtudes: el centro de Jack La Lanne era para levantadores de pesas que iban en serio; los otros dos eran tugurios de ligoteo donde hombres y mujeres hacían ejercicio con equipamiento Nautilus y tomaban saunas juntos. Mis tres interlocutores telefónicos me invitaron con voces estimulantes a acercarme por su local para una «sesión introductoria gratuita» y acepté la oferta de los dos últimos.
Now & Wow Fitness, en palabras del aburrido hombre de color que me entregó una toalla y un «equipo cortesía del gimnasio» a la entrada, era «un eliminagrasas. Todas las chicas polacas quieren estar delgadas para deslumbrar a algún obrero de una fábrica de acero y, en cuanto se casan, vuelven a engordar a base de comer». Las dos salas llenas de mujeres rechonchas en mallas de colores pastel confirmaban la opinión del hombre y me largué de inmediato. «Ya se lo dije», comentó cuando le devolví la toalla y el equipo de gimnasio, sin estrenar.
El Co-Ed Connection, a una manzana del anterior, desde el primer instante me produjo la sensación de ser un filón. Todos los coches del aparcamiento eran últimos modelos ostentosos, a juego con los instructores de ambos sexos que esperaban en el vestíbulo para recibir a los posibles futuros miembros. Armado de nuevo de toalla y el consabido «equipo de ejercicio», me condujeron a una sala del tamaño de un campo de fútbol llena de relucientes aparatos metálicos. Sólo unos cuantos hombres y mujeres se esforzaban bajo poleas y barras, y la instructora, al reparar en mi mirada, comentó: «La hora punta a la salida del trabajo empieza dentro de un rato. Es la locura.»
Asentí; la esbelta joven sonrió y me dejó a la entrada del vestuario de hombres. El esbelto joven asistente que encontré dentro me asignó una taquilla y me cambié de ropa. Me puse los pantalones cortos de gimnasia y una camiseta que llevaba grabado el logo del Co-Ed Connection: una esbelta silueta masculina y una esbelta silueta femenina asidas de las manos. Estudié mi aspecto en uno de los numerosos espejos de cuerpo entero del vestuario y vi que yo era más robusto que esbelto, más tosco que estilizado. Satisfecho, crucé la puerta y me puse a levantar pesas.
Me sentí a gusto y me complació comprobar que todavía era capaz de levantar ciento diez kilos veinte veces. Me moví de máquina en máquina experimentando agradables dolores, entrando en sincronía con el rechinar del metal, el siseo de las poleas y el olor de mi propio sudor. La sala empezaba a llenarse y pronto habría colas delante de los diversos aparatos. Machos de poderosa presencia daban estímulo a mujeres de similar poderío que levantaban pesas, hacían flexiones y trabajaban en las máquinas a mi alrededor, y me sentí un visitante de otro planeta que asistía a los pintorescos rituales de apareamiento de los terrícolas. Entonces los vi a ELLOS, dejé de hacer cargas de hombros y me dije: «Muertos.»