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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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Gwyneira encontraba el mundo de los pájaros del lugar más interesante que aquel de los insectos que prefería Lucas. Los trabajadores de la granja le habían enseñado algunas especies en lo que iba de tiempo. La mayoría de la gente conocía bien su nuevo hogar; pernoctar al aire libre era frecuente cuando había que acompañar las ovejas, lo que permitía familiarizarse con las aves corredoras nocturnas. James McKenzie, por ejemplo, le había enseñado los homónimos de los inmigrantes europeos a Nueva Zelanda: el pájaro kiwi era pequeño y regordete y Gwyn lo encontró muy exótico con su plumaje marrón que casi parecía pelo y por el pico, que a veces utilizaba como «tercera pata», demasiado largo en proporción con el cuerpo.

– Tiene además algo en común con su perra -dijo jovial McKenzie-. Puede oler. ¡Es una rareza entre los pájaros.

McKenzie solía acompañar a Gwyneira a cabalgar por la región. Como era de esperar, ella pronto se había ganado el respeto entre los pastores. Los hombres ya se quedaron encantados la primera vez que les mostró las habilidades de Cleo para guiar el ganado.

– ¡Por mis barbas que ese perro hace el trabajo de dos pastores! -se admiró Poker, y se inclinó para dar unas palmaditas de reconocimiento en la cabeza de Cleo-. ¿Los pequeños también serán así?

Gerald Warden confió a cada hombre el adiestramiento de uno de los nuevos perros. No cabía duda de que era mejor que el animal se adiestrara enseguida con el pastor que después iba a impartirle las órdenes. Pero en la práctica, McKenzie era casi el único que se encargaba de trabajar con los perros jóvenes, con la ayuda de McAran y el joven Hardy como mucho. A los demás trabajadores les resultaba demasiado aburrido ir repitiendo las órdenes continuamente y además consideraban superfluo tener que recoger las ovejas sólo para que se entrenaran los perros pastores.

McKenzie, por el contrario, mostraba interés y un talento notable para el trato con los animales. Bajo su dirección, el joven Daimon pronto asumió las tareas de Cleo. Gwyneira supervisaba los ejercicios, aunque Lucas lo desaprobaba. Gerald, sin embargo, la dejaba hacer. Sabía que los perros adquirían cada día más valor y eran más provechosos para la granja.

– Tal vez pueda hacer usted, con motivo de la boda, una pequeña demostración, McKenzie -dijo Gerald, complacido tras haber visto de nuevo en acción a Cleo y Daimon-. Será de interés para la mayoría de los asistentes… ¡qué digo, los otros granjeros se pondrán verdes de envidia cuando vean esto!

– ¡Con el vestido de bodas no puedo guiar los perros! -dijo Gwyneira riendo. Disfrutó con el halago, puesto que en casa siempre tenía la sensación de ser una inepta sin remedio. Hasta el momento todavía recibía el trato de una invitada, pero era previsible que en breve, como señora de Kiward Station, se le exigiría justo lo que ya había odiado en Silkham Manor: la dirección de una casa grande y señorial, con personal de servicio y todo ese tinglado. Por añadidura, ahí ninguno de los empleados estaba del todo adiestrado. En Inglaterra se podía disimular la falta de talento organizativo si se empleaba a mayordomos o amas de llaves capacitados, no se ahorraba un céntimo con el personal y sólo se acogía gente con referencias de primera clase. Entonces la administración de la casa funcionaba sola. Ahí, por el contrario, se esperaba que Gwyneira instruyera al servicio maorí y para ello le faltaba el entusiasmo y la capacidad de persuasión.

– ¿Por qué limpiar plata cada día? -preguntaba Moana, por ejemplo, con toda la lógica del mundo en opinión de Gwyn.

– Porque si no lo haces pierde el brillo -respondía Gwyn. Hasta eso llegaba.

– ¿Por qué coger hierro, pierde el color? -Afligida, Moana daba vueltas a la plata en su mano-. ¡Coger madera! Es simple, lavar y limpia. -La muchacha miraba a Gwyneira buscando aprobación.

– La madera no es… insípida -contestó Gwyn, recordando la respuesta de su madre-. Y se desgasta cuando la has utilizado un par de veces.

Moana se encogió de hombros.

– Entonces sólo cortar nuevo cubierto. Es fácil, yo enseñar miss.

Tallar la madera era un arte que los indígenas de Nueva Zelanda dominaban muy bien. Gwyneira había visto poco tiempo atrás el poblado maorí que pertenecía a Kiward Station. No estaba muy lejos, pero se hallaba escondido tras unas peñas y un bosquecillo al otro lado del lago. Tal vez no lo hubiera encontrado nunca si no le hubiesen llamado la atención unas mujeres lavando la ropa, así como una horda de niños casi desnudos que se bañaban en el lago. Al ver a Gwyneira, esa gente morena y de baja estatura se había retirado con timidez, pero durante el siguiente paseo a caballo repartió dulces entre los niños desnudos y se ganó su confianza. Las mujeres la invitaron a su campamento mediante gestos y Gwyn admiró sus casas dormitorio, sus asadores y sobre todo la casa de asambleas decorada en abundancia con piezas talladas.

Paso a paso iba entendiendo las primeras palabras maoríes.

Kia ora significaba «buenos días». Tane, «hombre»; wahine, «mujer». Se enteró de que no se daban las gracias, sino que la gratitud se demostraba con hechos, y que, para saludarse, los maoríes no se estrechaban las manos, sino que se frotaban la nariz. Este ceremonial recibía el nombre de hongi y Gwyneira lo practicó con unos niños risueños. Lucas estaba horrorizado cuando ella se lo explicaba y Gerald la amonestó:

– En ningún caso debemos confraternizar demasiado. Son primitivos y debemos conocer nuestros límites.

– Creo que siempre es bueno que nos podamos entender mejor -replicó Gwyn-. ¿Por qué tienen que aprender los primitivos el lenguaje de los civilizados? ¡Debería de ser mucho más fácil al revés!

Helen estaba de cuclillas junto a la vaca e intentaba persuadirla. Se diría que era un animal afable, lo que no siempre resultaba evidente, si había entendido bien a Daphne en el barco. Se suponía que al ordeñarlas había que poner atención en que no dieran coces. Sin embargo, ni siquiera la vaca más solícita podía dar leche por sí sola. Helen era necesaria…, pero, simplemente, no conseguía salir airosa de la tarea. Poco importaba cómo tirase ni amasase la ubres, de ahí no salían nunca más de una o dos gotas. Cuando lo hacía Howard parecía muy fácil. Aunque sólo se lo había enseñado una vez y todavía estaba disgustado por el desastre del día anterior. Cuando regresó de ordeñar, el fogón había convertido la habitación en una cueva llena de humo. Con los ojos llenos de lágrimas, Helen estaba agachada delante del monstruo de hierro y, claro está, todavía no había barrido. En un silencio obstinado, Howard había encendido el horno y la chimenea, cascado dos huevos en una sartén de hierro y servido a Helen la comida a la mesa.

– ¡A partir de mañana, tú cocinas! -declaró mientras lo hacía y sonaba como si realmente ya no hubiera ahora perdón posible. Helen se preguntaba qué iba a cocinar. Excepto leche y huevos, tampoco habría nada en casa el día siguiente.

– Y tienes que hacer pan. Hay cereales en el armario. Además de judías, sal…, ya te las apañarás. Entiendo que hoy estás cansada, Helen, pero así no me sirves para nada.

Por la noche se había repetido la misma experiencia del día anterior. En esta ocasión, Helen llevaba su camisón más bonito y ambos yacían entre sábanas limpias, pero la experiencia no fue más agradable. Helen estaba llagada y horrorosamente avergonzada. El rostro de Howard, reflejo de pura lascivia, la atemorizaba. Pero esta vez, al menos, sabía que pasaría pronto. Una vez concluido el acto, Howard se dormía enseguida.

Esa mañana se había puesto en camino para inspeccionar los rebaños de ovejas. Le comunicó a Helen que no llegaría antes del atardecer. Y que para entonces esperaba una casa caldeada, una buena comida y las habitaciones limpias.

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