En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– Ya hemos llegado -dijo Howard, y detuvo el tiro delante de una cabaña. También se la podría haber denominado benévolamente construcción de tablas; estaba burdamente levantada mediante troncos.
– Entra tú, yo iré a ver si todo va bien en el establo.
Helen se había quedado de piedra. ¿Ésta iba a ser su casa? Hasta los establos de Christchurch eran más confortables, ni qué decir de los de Londres.
– Venga, adelante. No está cerrada. Aquí no hay ladrones.
En casa de Howard no había nada que robar. Cuando Helen, todavía muda, abrió la puerta, vio una estancia que, en comparación, hasta la cocina de Margaret resultaba acogedora. La casa se componía en total sólo de dos habitaciones: una combinación de cocina y sala de estar, que con una mesa, cuatro sillas y un arcón estaba pobremente amueblada. La cocina disponía de un mobiliario mejor; a diferencia de la de Margaret tenía un auténtico fogón. Al menos, Helen no tendría que cocinar en un fuego abierto.
Abrió nerviosa la puerta de la habitación contigua: como esperaba, se trataba de la habitación de Howard. No, de su habitación, se corrigió. Y debería arreglarla sin falta para que resultara más agradable.
Hasta el momento sólo contenía una cama toscamente construida, chapucera y con ropa basta. Helen dio gracias al cielo por sus compras en Londres. Tendría mejor aspecto con la nueva ropa de cama. En cuanto Howard le llevara la bolsa cambiaría las sábanas.
Howard entró con una cesta de leña bajo el brazo. Sobre los leños llevaba en equilibrio un par de huevos.
– ¡Atajo de vagos, esos diablos maoríes! -gruñó-. Hasta ayer bien que han ordeñado la vaca, pero hoy no. Está con las ubres hinchadas, el pobre animal, y se está muriendo de dolor. ¿La podrás ordeñar? A partir de ahora será de todos modos una de tus tareas, así que mejor que te acostumbres enseguida.
Helen se lo quedó mirando desconcertada.
– Tengo que ordeñarla… ¿ahora?
– Bueno, si esperamos a pasado mañana por la mañana la vaca habrá reventado -dijo Howard-. Pero puedes ponerte ropa seca antes, traeré tus cosas. Si no te morirás de frío en esta habitación. Aquí tienes las cerillas.
Lo último sonó como una orden. Pero Helen tenía primero que resolver el problema con la vaca.
– Howard, no sé ordeñar -confesó-. Nunca lo he hecho.
Howard frunció el ceño.
– ¿Qué significa que nunca has ordeñado? -preguntó-. ¿No hay vacas en Inglaterra? En la carta decías que durante años te habías encargado de administrar la casa de tu padre.
– ¡Pero vivíamos en Liverpool! En el centro de la ciudad, junto a la iglesia. ¡No teníamos ganado!
Howard la miró enfadado.
– Pues entonces procura aprender. Hoy todavía lo haré yo. Limpia el suelo mientras tanto. El viento lo ha llenado todo de polvo. Y luego ocúpate del fuego. Ya he traído la leña, sólo tienes que encenderlo. Pon cuidado en apilar bien la leña o se nos llenará la cabaña de humo. Eso sí sabrás hacerlo…, ¿o es que no había cocinas en Liverpool?
Helen renunció a poner objeciones ante la expresión despectiva de Howard. Todavía le enojaría más si le explicaba que en Liverpool contaban con una chica para hacer las tareas más duras de la casa. Las obligaciones de Helen se habían limitado a educar a sus hermanas pequeñas, ayudar en la parroquia y dirigir el grupo de estudio de la Biblia. ¿Y qué diría si le describía la casa de sus patrones en Londres? Los Greenwood tenían una cocinera, un criado que encendía los fogones y criadas que se anticipaban a cualquier deseo de sus señores. Y Helen como institutriz, a quien, pese a no pertenecer al ámbito de los señores, nadie le había exigido que tocara un trozo de leña.
Helen ignoraba cómo iba a apañárselas con todo eso; pero tampoco se le ocurría ninguna solución.
Gerald Warden se mostró muy complacido de que Gwyneira y Lucas se pusieran de acuerdo tan deprisa. Fijó la fecha del enlace para el final de semana de Adviento. Sería pleno verano y la celebración podría tener lugar en el jardín, que, por otro lado, habría sin duda que arreglar. Hoturapa y dos maoríes más que había contratado con motivo del acontecimiento trabajaban duro para plantar las semillas y plantones que Gerald había traído de Inglaterra. Un par de plantas autóctonas también encontraron su sitio en el jardín que Lucas supervisaba con tanta atención. Puesto que los arces y castaños tardaban demasiado tiempo en alcanzar la altura necesaria, hubo que recurrir a la fuerza a las hayas del sur, palmeras de Nikau y cabagge-trees para que los invitados de Gerald pudieran pasear a la sombra en el tiempo previsto. A Gwyneira no le importaba. Encontraba la flora y la fauna autóctonas interesantes: por fin un ámbito en que sus preferencias y las de su futuro esposo coincidían. Por otra parte, las investigaciones de Lucas se limitaban sobre todo a los helechos e insectos, que era lo que abundaba en las lluviosas regiones occidentales de la isla. Gwyneira sólo podía admirar su variedad y sus formas afiligranadas en los bien elaborados dibujos del mismo Lucas. Si bien, la primera vez que se encontró con un ejemplar de una especie de insectos del lugar, Gwyneira, que estaba curada de espantos, casi dejó escapar un grito. Lucas corrió enseguida a su lado como un atento gentleman. Lo que vio, no obstante, pareció más bien alegrarle que repugnarle.
– ¡Es un weta! -dijo entusiasmado, y empujó con un palito el animal de seis patas que Hoturapa acababa de desenterrar en el jardín-. Son quizá los insectos más grandes del mundo. No es raro que midan ocho centímetros o más de longitud.
Gwyneira era incapaz de compartir el regocijo de su prometido. Si al menos el animal hubiera tenido el aspecto de una mariposa o de una abeja o de un avispón… Pero el weta más bien se parecía a un saltamontes grasiento y de brillo viscoso.
– Pertenecen al orden de los ortópteros -señaló Lucas, sentando cátedra-. Dicho con mayor exactitud, a la familia de los Ensifera. Además del weta de caverna, que forma parte de los Rhaphidophoridae…
Lucas se sabía las denominaciones en latín de todos los subgrupos del weta. Aun así, Gwyneira encontraba los nombres maoríes de los animales mucho más acertados. Kiri y su gente llamaban al weta wetapunga, «Dios de las cosas feas».
– ¿Pican? -preguntó Gwyneira. El animalito no parecía ser especialmente vivaz, sino que avanzaba con parsimonia cuando Lucas lo empujaba. Sin embargo disponía de un imponente aguijón en el abdomen. Gwyneira guardó la debida distancia.
– No, no, por lo general son inofensivos. Como mucho muerden. Es tan poco peligroso como la picadura de una abeja -explicó Lucas-. El aguijón es…, debe…, bueno, significa que es una hembra y… -Lucas se volvió, como siempre que se trataba de un tema alusivo a lo «sexual».
– Es para poner huevos, Miss Gwyn -aclaró Hoturapa de forma incidental-. Esta gorda y grasienta pronto poner huevos. Muchos huevos, cien, doscientos… Mejor no llevar a casa, señor Lucas. No los huevos en casa.
– ¡Por Dios! -Sólo la idea de compartir la casa con doscientos descendientes de ese animal tan poco simpático le ponía a Gwyn los pelos de punta-. Déjalo aquí. Si se va corriendo…
– No correr, Miss Gwyn. Saltar. Hop, y ya tener un wetapunga en la falda.
Gwyneira retrocedió otro paso por prudencia.
– Entonces lo dibujaré aquí mismo, in situ -se resignó Lucas con cierto pesar-. Me hubiera gustado llevármelo al despacho y compararlo directamente con las ilustraciones del manual. Pero bastará con mi dibujo. Sin duda, le interesará saber, Gwyneira, que se trata de un weta de suelo o de los árboles…
Pocas veces le había importado algo tan poco a la joven.
– ¿Por qué no se interesará por ovejas como su padre? -preguntó poco después al paciente público formado por Cleo e Igraine. Gwyneira se había retirado al establo y estaba almohazando su yegua mientras Lucas dibujaba el weta. El caballo había sudado durante la cabalgada de la mañana y la muchacha no se privaba de alisar el pelaje, que entretanto casi se había secado-. ¡O por los pájaros! Seguro que no se quedan tanto tiempo quietos para poderlos dibujar!