Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Kincaid silbó.
– Casi se puede oler el dinero. ¿Cuál es el número diez?
Caminaron un poco y Gemma dijo:
– Aquí. -Era de color amarillo más oscuro con molduras en negro brillante.
Kincaid escudriñó por entre las cortinas de la planta baja y alcanzó a ver una sala de estar de elegante estilo contemporáneo y más allá el jardín. Se apartó y dejó que Gemma diera una ojeada.
– Seguro que yo no me podría permitir esto con el sueldo de inspector jefe. De alguna manera dudo que David invite a sus compañeros a tomar cerveza después del trabajo. ¿Tú qué opinas?
Gemma lo miró.
– Creo que es hora de que llamemos al comité de disciplina.
– Exactamente lo que yo pienso.
De nuevo en Scotland Yard, se instalaron en la oficina de Kincaid a pasar una tediosa tarde llamando por teléfono. Primero, Kincaid llamó a Guildford y se encontró que Deveney seguía con el caso de robo, de modo que habló con Will Darling.
– Repáselo todo de nuevo con lupa, Will. Hay algo que no estamos viendo, lo noto, y probablemente lo tengamos delante de nuestras narices. El chico a cargo de los efectos personales se equivocó con lo de la agenda del comandante. Asegúrese de que fue la única vez.
Una llamada al gerente de la Asociación para la reducción del ruido en Notting Hill confirmó que David Ogilvie había tenido una cita con el grupo después del almuerzo el día de la muerte del comandante. Pero aparentemente Ogilvie se quedó sólo durante media hora.
Kincaid arqueó las cejas y colgó el auricular.
– ¿Entonces qué hizo el resto de la tarde? Dímelo -se preguntó a sí mismo y a Gemma.
Luego Gemma llamó al centro de formación de Midlands y consiguió averiguar que Ogilvie finalizó su charla casi a las diez menos cuarto la noche anterior. Gemma movió negativamente la cabeza mientras colgaba y transmitió la información a Kincaid.
– Tendría que haber volado para poder llegar a Londres a tiempo para matar a Jackie -dijo Kincaid-, y a pesar de que vive por encima de sus posibilidades, no he visto pruebas de que tenga superpoderes. -Suspiró-. No obstante, esto no excluye la posibilidad de que hubiera contratado a alguien para hacerlo. Si es corrupto tendrá conexiones. -Miró a Gemma, sentada al otro lado del escritorio. La calidad acuosa de la luz de la tarde que se colaba por entre las persianas iluminaba su cara-. ¿Estamos dando vueltas en vano, Gemma? Si Gilbert descubrió a Ogilvie y lo amenazó con desenmascararlo, ¿por qué iba Ogilvie a reventarle la cabeza en su propia cocina si podía optar por algo menos arriesgado?
»¿Deberíamos estar de vuelta en Surrey interrogando a Brian Genovase como si fuéramos la Santa Inquisición? No hemos encontrado pruebas y me cuesta ver a Brian como asesino.
– Está lo de Jackie -dijo ella rotundamente.
Kincaid se restregó los pómulos con los dedos, estirando los músculos cansados de alrededor de los ojos.
– No he olvidado a Jackie, cielo. Llevemos todo este lío de Ogilvie al jefe y que se encargue él de contactar con el comité de disciplina. Y no creo que nos equivoquemos si mencionamos también al sargento Talley, ya que estamos en ello.
El comisario jefe Denis Childs estuvo de acuerdo con pasar el asunto Ogilvie al comité de disciplina. Después de la reunión, Kincaid siguió a Gemma hasta su despacho con sensación de alivio.
– Que sean ellos los que aprieten a Ogilvie. Eso nos libera un poco de la presión. Luego le preguntaremos dónde estaba la tarde en que murió Gilbert. -Se abrió el botón del cuello de la camisa-. Pero será mejor que lo dejemos por hoy.
Gemma había colgado su bolso en el perchero y a Kincaid le pareció que estaba un poco desorientada, como si no quisiera marcharse.
– Si quieres podemos ir al pub a tomar algo -le dijo tratando de eliminar cualquier tono de súplica en su voz.
Ella vaciló y las esperanzas de Kincaid aumentaron, pero al cabo de un momento Gemma dijo:
– Mejor que no. Últimamente he pasado muy poco tiempo con Toby. Es que no estoy segura de querer…
El teléfono sonó con tal fuerza que los sobresaltó a los dos. Kincaid arrancó el auricular de la horquilla y se lo puso a la oreja.
– Kincaid.
Al otro lado de la línea oyó la voz de Will Darling.
– Tenía razón, jefe. Pero no sé lo que significa. En el bolsillo de Gilbert había un papel arrugado de la tintorería con un número apuntado. Lo he estado estudiando, pensándome que era un número de teléfono. Entonces, ¡bingo!, se me ha encendido la bombilla y me he dicho: «Es una maldita cuenta bancaria.» Lo he comparado con la cuenta conjunta de los Gilbert en Lloyd’s y no coincidía. Me ha costado toda la tarde, pero he encontrado la sucursal que usa esa secuencia numérica y está en Dorking. Me he inventado un farol y les he dicho que llamaba de la joyería Darling de Guildford y que tenía un cheque en mis manos por mil libras y que quería verificar si había suficientes fondos en la cuenta. Nombre, Gilbert, número de cuenta tal…
– ¿Y…? -lo apremió Kincaid.
– Dijeron que no había problema, que la cuenta de la señora Gilbert contenía suficientes fondos para cubrir el cheque.
13
Cuando al día siguiente Gemma entró sin hacer ruido en el despacho de Kincaid, él estaba exactamente en la misma posición en que lo había dejado la noche anterior: con un codo apoyado sobre el escritorio, los dedos metidos en su mata de pelo y la mirada clavada en un montón de informes. Se había aflojado la corbata y su camisa estaba sospechosamente arrugada. Parecía aún más cansado que el día anterior.
– No te has ido a casa, ¿verdad? -Mientras colgaba su abrigo en el perchero, Gemma sintió una punzada de culpa por las pocas horas que había pasado fuera de la oficina. Pero a pesar de haber estado en su apartamento, su sueño fue agitado y movido, interrumpido por pesadillas en las que veía a Jackie sosteniendo un niño de pelo rubio. Finalmente se levantó y se arrodilló junto a la cama de Toby para colocar la palma de su mano en la espalda del niño y sentir su respiración. Cuando empezó a palidecer el rectángulo proyectado en la habitación de la ventana del jardín, sus piernas llevaban tiempo entumecidas.
Kincaid la miró y sonrió.
– Palabra de boy scout. Pero no me pude dormir y he vuelto de madrugada. -Se estiró, hizo crujir sus nudillos y apartó los papeles-. Estoy empezando a sentirme una maldita pelota de ping pong con este caso. Londres, Surrey, Surrey, Londres. -Mientras hablaba movía la cabeza de atrás adelante y viceversa-. Después de descubrir que hay gato encerrado con los Gilbert, lo primero que he recibido esta mañana es una llamada de un tipo del comité de disciplina. Me ha dicho que cuando han intentado ponerse en contacto con Ogilvie esta mañana han descubierto que ha desaparecido del curso de formación. Parece ser que tenía que haber impartido hoy el taller final y que no ha aparecido. Su habitación de hotel también está limpia.
Gemma se hundió en su silla y dio un silbido.
– Quizás dejara un mensaje y se ha perdido. Ya sabes, una emergencia familiar o algo así.
– ¿Ahora eres la abogada del diablo? -Kincaid se sentó más derecho.
– Es posible -replicó Gemma.
– Pero muy improbable.
Gemma se dio por vencida y asintió.
– ¿Entonces dónde está y qué van a hacer los del comité de disciplina?
– Seguirán el rastro de los contactos principales e investigarán lo más obvio. Pero opinan que no tienen suficientes pruebas como para poner en marcha todos sus recursos. Lo que me gustaría saber es qué ha sido lo que ha precipitado esta fuga. Si dispuso la muerte de Jackie, ¿por qué esperar dos días antes de dejarse llevar por el pánico?