Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
– ¿Había algún indicio de que estuvieran robando en alguna parte?
Lamb negó con la cabeza.
– Nada de nada. Ni los forenses han encontrado nada útil hasta ahora. -Miró la hora en su reloj de pulsera y añadió-: En cualquier momento nos llegará la autopsia, pero ya te digo ahora que por los restos de pólvora en el cuero cabelludo y el tamaño del orificio de entrada sabemos que le dispararon a bocajarro. No tuvo ninguna oportunidad.
Kincaid observó como Gemma apretaba los puños sobre su regazo.
– Entonces, ¿qué conclusión sacas Marc? -preguntó.
Lamb enderezó el marco que había en su escritorio atestado. Esposa e hijos, pensó Kincaid, pero sólo pudo ver la parte posterior.
– Se trata de un territorio difícil -dijo despacio Lamb-, con sus vecindarios aburguesados, su población étnica, aunque intentamos mantenerlo limpio. -Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Kincaid-: Por mucho que me cueste admitirlo sobre mi propio territorio, esto apesta a ejecución al estilo de las bandas callejeras.
Con permiso de Lamb, Kincaid y Gemma fueron a hablar con el sargento Randall Talley en la cantina, donde estaba tomándose su descanso.
– Es él -dijo Gemma, apuntando en dirección a un hombre pequeño, entrecano, de mediana edad que estaba sentado solo en una mesa.
Cuando llegaron frente a él Gemma alargó la mano y se presentó, luego añadió:
– ¿Se acuerda de mí, sargento Talley?
Se guardó muy bien de darle la mano a Gemma. La miró y luego apartó los ojos, que eran de un azul claro, apagado.
– Sí. ¿Y qué?
Viendo la sorpresa y confusión de Gemma, Kincaid apartó una silla para ella y otra para él. Resultaba obvio que Talley no era la clase de hombre que se dejara interrogar por una antigua subordinada, pero quizás el rango le instara a ser un poco más cooperativo.
– ¿Le importa que nos sentemos, sargento?
– Pueden hacer lo que les plazca. -Se terminó el té con un trago deliberadamente largo y empujó su silla hacia atrás-. He terminado mi descanso.
– Nos gustaría hacerle unas preguntas, sargento. Le hemos pedido permiso a su jefe. Usted fue una de las últimas personas en hablar con Jackie Temple y hemos pensado que quizás ella dijera algo que nos diera una pista sobre su asesino.
– ¡Le disparó en la calle un puñado de malditos matones! ¿Cómo demonios voy a saber nada sobre eso? -Los miró con la agresividad de un bulldog, pero en sus ojos había lágrimas-. Y ustedes no tienen jurisdicción sobre el asesinato de Jackie Temple.
– Pero la tenemos sobre el asesinato de Alastair Gilbert -dijo Kincaid-. Y Jackie había estado haciendo preguntas sobre Alastair Gilbert. De hecho, le dijo a la sargento aquí presente que usted casi llega a las manos con ella por este asunto.
– ¿Por qué no iba a hacerlo? No tenía por qué buscar los trapos sucios de un oficial superior ni deshonrar su memoria. Gilbert era un buen hombre.
Kincaid arqueó las cejas.
– Vaya, un seguidor entre una legión de detractores… ¡Ésta sí que es una buena sorpresa! ¿Y qué opina del inspector jefe David Ogilvie, sargento?
Talley puso los ojos en blanco.
– Nunca he oído una sola palabra contra Ogilvie, y no la repetiría si la oyera. -Volvió a empujar la silla atrás y se levantó-. Y ahora, tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo que propagar chismes difamatorios, aunque en su caso no sea así. Buenos días. -Se dio la vuelta y se alejó con rapidez, abriéndose paso entre las mesas dispersas hasta que llegó a la puerta. Kincaid miró su caminar bamboleante y se preguntó si Talley había pasado sus años de formación en el mar.
– Bueno, bueno -dijo Kincaid a Gemma y se miraron con ojos como platos-. Yo no sé lo que tú piensas, pero yo creo que este hombre está aterrorizado.
– No creerás… -dijo Gemma despacio-. La manzana podrida que mencionó Jackie… ¿no creerás que se refería al sargento Talley?
El letrero en el escritorio de la secretaria de Ogilvie decía Helene Vandemeer. Gemma había tenido razón, porque una sonrisa enorme iluminó la cara apocada de la señora Vandemeer, una mujer de mediana edad, cuando Kincaid se presentó.
Sonó sinceramente apenada cuando, después de que Kincaid solicitara ver a Ogilvie, dijo:
– Vaya, lo siento mucho, pero el inspector jefe ha salido. Se fue el viernes para dar un seminario en los Midlands y no volverá hasta… -pasó una página de su agenda, luego otra-, el miércoles. Sentirá mucho no haberlo visto.
Totalmente desconsolado, pensó Kincaid mientras le devolvía la sonrisa. Gemma se sentó en la única silla del pequeño cubículo y Kincaid se apoyó en la esquina del inmaculado escritorio de la señora Vandemeer. Había sido también la secretaria de Gilbert, recordó, y se preguntó si había sido contratada por sus hábitos o bien los había adquirido por asociación.
– ¿Tiene un número dónde poder localizarlo? -preguntó. Luego añadió confidencialmente-: Es sobre el comandante Gilbert. Verá, todavía no hemos comprobado los movimientos del comandante entre el momento en que abandonó la oficina ese día y el momento en que llegó a casa. Hemos pensado que quizás el inspector jefe Ogilvie pueda arrojar cierta luz sobre el asunto.
– Vaya, entonces me temo que no los podrá ayudar mucho. Ese día tenía una reunión con un grupo de ciudadanos después del almuerzo y se debió alargar un poco porque no regresó a la oficina. Y el comandante… -Helene Vandemeer se sacó las gafas y se pellizcó la nariz como si de repente le doliera-. El comandante dejó la oficina a las cinco en punto, como siempre. Sacó la cabeza por mi puerta y dijo «Adiós, Helene. Hasta mañana». -Miró a Kincaid y vio que sus ojos no maquillados eran de un asombroso color violeta-. ¿Cree que yo puedo haber sido la última persona con quien habló?
– Es difícil de decir -dijo Kincaid tratando de ganar tiempo-. ¿Está segura de que el comandante no dijo nada sobre lo que tenía intención de hacer aquella tarde? ¿Dijo o hizo algo fuera de lo común?
Helene, como si no pudiera soportar el tener que decepcionarlo, sacudió la cabeza.
– Me gustaría poder ayudarlo, pero no se me ocurre nada.
– Ha estado estupenda -le dijo afectuosamente y evitando la mirada burlona de Gemma-. Si nos pudiera dar ese número de teléfono… -Mientras lo escribía, Kincaid añadió con indiferencia-: Esa reunión con los ciudadanos que tuvo el inspector jefe Ogilvie aquella tarde… ¿no recuerda por casualidad el nombre del grupo?
– Déjeme pensar. -Se había vuelto a colocar las gafas y sonrió al recordar-. Ya lo tengo. La Asociación para la reducción del ruido en Notting Hill. Solicitan una reducción del tráfico en ciertas calles.
Kincaid le agradeció su ayuda y cogió el número de teléfono que había apuntado. Salió del cubículo pisándole los talones a Gemma.
Apenas habían alcanzado la puerta cuando Gemma susurró:
– Casi podrías darle galletitas ya que estás en ello.
La aparición de los hoyuelos le hizo sospechar que le estaba tomando el pelo, de modo que respondió de broma:
– Eh, que ha sido idea tuya. Y hemos obtenido resultados, ¿no?
Sacó su teléfono móvil en cuanto salieron del edificio y empezó a marcar. Sólo cuando llegó a la acera se dio cuenta de que Gemma ya no estaba a su lado. Se dio la vuelta y la vio en lo alto de las escaleras, acongojada.
– Gemma -dijo, pero justo entonces respondieron de Scotland Yard y cuando terminó la conversación ella ya lo había alcanzado.
– ¿Qué es lo siguiente, jefe? -preguntó obstinadamente formal.
Tras un momento de vacilación, Kincaid dijo:
– Vayamos a comer algo. Luego me gustaría ir a ver algo, sólo por satisfacer mi curiosidad.
Estaban al final de una pequeña calle adoquinada, no lejos de la comisaría de Notting Hill. Kincaid se las había arreglado para conseguir de un compañero de Scotland Yard la dirección de Ogilvie. A cada lado las casas se prolongaban como cajas de bombones: melocotón y amarillo, terracota y verde pálido. Algunas tenían verjas de hierro forjado, otras jardineras con brillantes flores y, como en Elgin Crescent, cada casa disponía de alarma y antena parabólica.