El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– ¿Más té? -le preguntó el doctor Kreutz.
Pestañeó, despertando de su ensueño. Volvió a darse cuenta, tal como ya se había dado cuenta, de que él apenas la había mirado a la cara desde que llegó. Se preguntó si tal vez estaba celoso, pues con toda certeza tuvo que adivinar que ella y Leslie habían iniciado algo más que una sociedad para dedicarse a un negocio. El pensamiento la incendió de puro fastidio. Bastantes equilibrios tenía que hacer para mantener a raya las suspicacias de Billy. Este había hablado con Leslie una sola Vez, cuando los tres concertaron un encuentro para tomar una copa en el bar del Hotel Wynns. Fue un domingo por la tarde; tras ellos, tres sacerdotes de cara colorada, los tres bebían whisky y hablaban a voz en cuello de un partido de hurling en el que habían pasado la tarde. Billy se sintió tímido y cohibido con el inglés, con su acento presuntuoso, «engreído», como dijo él después, y con su pañuelo plateado al cuello, así que estuvo mirándose la puntera de las botas y habló en un murmullo apenas comprensible -tampoco es que tuviera gran cosa que decir-, con sus cejas casi incoloras unidas encima de la nariz y las puntas de las orejas rojas como cerezas. Cuando ella lo miraba se sentía no culpable, no exactamente, sino más bien… apenada; sí, ésa era la única palabra que podría describir su estado de ánimo, sentía pena de él, el torpón de corazón tan blando. Y, de un modo aún más extraño, le pareció que nunca lo había querido tanto como en ese momento, con tantísima ternura, con tanta compasión, con atención sin reserva, nunca lo quiso como en esa media hora en un bar lleno de humo, con las voces de los sacerdotes encima de ellos, Leslie y ella tratando de no mirarse, no fueran a echarse a reír sin poder contenerse.
Leslie se portó muy bien con Billy, supo representar de veras el papel del hombre de negocios, habló de gastos indirectos y de dividendos anuales y de márgenes de beneficio y de todo lo demás. Ella tuvo por fuerza que admirar su labia: qué embaucador estaba hecho. Fingió escuchar a Billy, sus murmullos indescifrables, y asintió con solemnidad, con los labios fruncidos, sin olvidarse de llamarla señora Hunt, nunca por su nombre de pila. Oyéndole, cualquiera hubiera dicho que era más bien un hospital o algo así lo que iban a montar entre los dos. Cuando dijo que la señora Hunt haría una gran aportación al salón -aunque le costó lo suyo, supo seguir el ejemplo de Deirdre y lo llamó salón de belleza, en vez de «salud y belleza», como él pretendía, porque a ella le parecía presuntuoso- gracias a la dilatada experiencia que había acumulado trabajando en la farmacia, Billy se quedó patidifuso. Ella se preguntó hasta qué punto se tragó Billy las parrafadas de Leslie. Algo sabía él del negocio, y no era tonto cuando llegaba la hora de negociar con alguien. Se dijo que en su caso era mejor decir apenas nada, estarse calladita, dejar que Leslie largase todo lo que quisiera. Se limitó a tomar una copa de Babycham y procuró que le durase todo el tiempo que estuvieron allí, porque el alcohol se le subía derecho a la cabeza en ocasiones como aquélla -si bien, se preguntó, ¿había existido en toda su vida alguna otra ocasión semejante?- y, sobre todo, porque de ninguna manera debía permitir que se le notase la excitación. Y es que lo cierto es que sólo en esos momentos, estando allí revestida de sensatez, con el traje de dos piezas color gris carbón que había comprado para ejercer de mujer de negocios, escuchando la cháchara veloz de Leslie, que envolvía en palabras a su marido, sólo entonces comprendió con todas sus consecuencias el alcance de la aventura en la que se había embarcado. El futuro de pronto se hallaba…
– Debes, ¿sabes? -le dijo el doctor Kreutz-, debes poner cuidado, mucho cuidado.
Ella lo miró con desconcierto. ¿De qué le estaba hablando?
– ¿Cuidado… con qué? -preguntó.
Él se encogió de hombros, incómodo. Vestía ese día un caftán de seda azul -«caftán» era otra de las palabras exóticas, otro de los nombres de cosas que él le había enseñado-, bajo el cual sus hombros parecían más que nunca una percha.
– Pues de todo esto… De este negocio que has puesto en marcha -respondió. En sus palabras sonaba una nueva nota, una nota quejumbrosa, le pareció, y entre frase y frase emitía una especie de sordo zumbido-. La anterior empresa del señor White fue un fracaso, ya sabes -mmm, mmm-, y el propio señor White quizá no sea -mmm, mmm- todo lo que parece.
¡Vaya!, pensó ella. Mira tú lo que dijo el hambre de las ganas de comer… Le dieron ganas de preguntarle dónde había metido la cámara, y a cuántas dientas había fotografiado recientemente. Pero no fue capaz de seguir mucho tiempo indignada con él. En su nuevo, recién descubierto estado de felicidad plena, era imposible que se indignara con nadie, ni siquiera con Billy, o no al menos por mucho tiempo. Desde luego, Leslie no era todo lo que parecía, pero ella bien sabía que, de ser algo, era bastante más, y no menos. Sólo que ese más, claro está, era algo que el doctor Kreutz nunca acertaría a entender. Apartó la taza -tenía un regusto extraño, empalagoso, dulzón, enfermizo- y dijo que tenía que marcharse. Cuando se quiso levantar, sin embargo, tuvo una especie de mareo repentino, y por un instante le pareció que podía dar un traspié y caer. El médico se puso en pie de un brinco y la sostuvo de la mano, poniéndole la otra mano bajo el codo para conducirla al sofá, a ese sofá, y la hizo sentarse con suavidad sobre los almohadones, retirándose un poco, mirándola, con la cabeza ladeada y una mueca de aparente descontento en los labios, lo máximo que se acercaba, según había visto ella, a esbozar una sonrisa.
– Descansa -le dijo con suavidad-. Descansa, mi querida señora, mi queridísima señora.