El otro nombre de Laura
- Автор: Black Benjamin
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
– Desde luego que no.
Pero… ¿seguro que no se había alegrado? La verdad es que no lo supo. Estaba confusa. Desde luego, le había sobresaltado saber que el doctor Kreutz era capaz de tomar tales fotografías, pues no le cupo duda de que era él quien las había tomado, no tuvo ni que preguntarlo. Así que ésas eran sus dientas, ésa era su sanación espiritual. Leslie, como de costumbre, comprendió qué estaba barruntando.
– Ya te avisé que el viejo Kreutzer… Te lo advertí, ¿sí o no?
Ella negó con la cabeza.
– Pero… ¿por qué? -dijo-. ¿Y cómo?
El pareció sorprendido.
– ¿Por qué las hizo? Pues porque ellas querían que las hiciera, por supuesto. Hay personas a las que les gusta verse haciendo… cosas feas. Buenas, son muy buenas, ¿verdad? Las fotografías, quiero decir. Fíjate qué técnica. La verdad es que se le da francamente bien -rió-. Supongo que será de tanto practicar.
Ella se dio cuenta de que debería romper con Leslie White en aquel preciso instante, allí donde estaba, sin esperar a más. Ya nada volvería a ser igual entre ellos dos después de ver aquellas fotografías. Y sin embargo no pudo. Cuando pensaba en aquellas mujeres, tan lascivas, tan desvergonzadas, experimentaba una extraña sensación en la garganta, como si ahí se le hubiera alojado algo blando, cálido, y tuviera una sensación de pánico que a su vez contenía tanto placer como se pudiera imaginar. Sí, placer, un placer oscuro, caliente, aterrador. Billy, su marido, se percató de que en ella existía esa novedosa excitación, aunque era evidente que no pudo saber ni por asomo cuál era la causa, y cuando estaba en casa la seguía por todas partes, igual -ella odiaba incluso pensarlo, pero era verdad- que un perro que olisqueara el rastro de una perra en celo, y en cuanto a las cosas que intentó obligarle a hacer cuando estaban en la cama…
Billy. Se dio cuenta de que necesitaba sentarse, pararse a pensar, sopesar despacio qué era lo que tenía que hacer con respecto a Billy. Tarde o temprano tendría que hablarle de Leslie White, decirle, esto es, que había conocido a un hombre que deseaba montar un negocio con ella. Por el momento, eso era todo cuanto necesitaba decirle; también era todo cuando se atrevería a decirle. Y es que lo cierto era que había aceptado la propuesta de Leslie White -¡oh, Dios mío, qué palabra!-, su propuesta empresarial, claro está, para abrir un salón de belleza formando una sociedad con él. Estaba decidido. El local ya estaba disponible, encima de la óptica -él le habló de un arrendamiento por noventa y nueve años, le habló de los precios de alquiler del suelo y de las opciones de los arrendatarios, le habló de todo esto hasta que a ella la cabeza le dio vueltas-, y los operarios que iban a realizar las obras se presentarían allí cualquier día.
Sí, estaba todo decidido y dispuesto. Una mañana lluviosa, en enero, Leslie la llevó a un local comercial de Stoney Batter con la idea de conocer qué opinión le merecía, o eso dijo, una camilla de hospital, un trasto estrecho, alto, con ruedas, sobre el cual era posible tumbarse, que un amigo suyo tenía a la venta y que era ideal para dar masajes. El amigo, un tipo de apariencia furtiva, con un traje de raya ancha y con la peor tos de fumador que ella hubiera oído nunca, se marchó y los dejó solos -¿también eso lo había dispuesto Leslie?-, y algo hubo en aquel momento que a ella le afectó, tal vez fuera la sensación de repentina intimidad que tuvo, a pesar de la humedad y la falta de luz del local, y sin tiempo para saber qué pasaba se encontró en la camilla y en brazos de Leslie, mordiéndose el dorso del pulgar para no ponerse a gritar como una loca, mientras la camilla se movía a su antojo, con unas ruedas engrasadas, por efecto de cada movimiento de éxtasis que ambos acometían. Después le quitó ella el abrigo, ¡el famoso abrigo de pelo de camello!, porque le entró el frío y porque el campeón de la tos podría regresar en cualquier momento. Leslie se había puesto en pie, ya que en el estrecho colchón de caucho no había sitio para los dos, y cuando se hubo vestido del todo levantó el abrigo tirando de una esquina, para verla bien de cuerpo entero.
– Caramba, caramba -dijo sonriendo-. El Doctor estaría encantado contigo.
Le costó un instante comprender qué estaba dándole a entender, y apartó la cara para no permitir que la viera sonrojarse, y con una sonrisa en los labios le arrebató el abrigo y se envolvió con él.
– Foto, foto -dijo él tan campante, y chasqueó la lengua imitando el ruido de una cámara, la cámara invisible que se llevó al ojo en ese momento.
Ella tuvo que dejar que pasaran unas semanas antes de animarse a dar la cara ante el doctor Kreutz de nuevo. En efecto, todo había cambiado. No era sólo que hubiera visto las fotografías -en cierto modo, eso era lo de menos a esas alturas-, sino que también debía tener presente su relación con Leslie. El se lo detectó en los ojos, ella vio que lo veía. ¿Qué mujer podría ocultar una verdad tan simple, el hecho de estar enamorada? Pensando en esto hizo una pausa. ¿De veras se trataba de eso? ¿Era amor? La palabra no le había entrado en la cabeza hasta ese instante. Se ablandó. ¿Por qué extrañarse de pensar en el amor hallándose en presencia del doctor Kreutz? ¿No le había enseñado él muchas cosas en ese sentido, las cosas del espíritu? ¿Qué importancia podía tener que le gustara tomar fotografías de mujeres desnudas? Quizá formara parte del tratamiento, quizá fuese una forma de ayudar a esas mujeres, haciéndoles ver cómo eran en realidad, en todo su mujerío. Quizás eso sanara sus espíritus. ¿Quién era ella para decir lo contrario, ella, que se había tumbado y se había abierto de piernas en el colchón de caucho de la camilla, en aquel local sucio, y en otras camas, otros días, con cada una de sus fibras, hasta la última, en llamas bajo la mirada admiradora de Leslie White?
Por otra parte, era el doctor Kreutz quien iba a financiar las obras de inicio del salón de belleza. Leslie había acudido a él y le había pedido el dinero y éste se mostró de acuerdo, fije así de sencillo. Al menos, eso había dicho Leslie.
El doctor Kreutz preparó un té de hierbas y la invitó a arrodillarse a su lado en los cojines del suelo, ante la mesa en la que se encontraba el cuenco de cobre. Ya casi era primavera, y por la ventana alcanzó ella a ver las ramas negras que empezaban a retoñar, y tras ellas un cielo blanquecino, de un blanco desnudo, con nubes deshilachadas en diagonal. Tenía una sensación de felicidad acorralada en su interior, a punto de reventar en cualquier momento. Era consciente, cómo no, de que había algunas cosas que se podían torcer. Iba a hacer falta mucho trabajo y no menos suerte para mantener en marcha el Silver Swan al mismo ritmo al que había funcionado hasta entonces -a duras penas lograba ella atender a todas las nuevas dientas que se presentaban cada semana, y ya empezaba a pensar en el día en que no le quedaría más remedio que contratar a una ayudante-, pero no lograba creer que entre ellos, entre Leslie y el doctor Kreutz y ella, no pudieran mantener el grado de éxito que habían cosechado hasta entonces. Era cierto que La Tijera había quebrado, pero Leslie le explicó cómo se produjo el fracaso empresarial, y si bien no entendió ella todos los detalles técnicos eso no quiso decir que su explicación no fuese fiel a la verdad de los hechos. Lo que en cambio tenían entre los dos Leslie y ella -su amor- bastaría para superar todas las complicaciones que pudieran presentarse.
Amor. Dio un sorbo al té y en su fuero interno calibró esa nueva palabra, por ver qué talla tenía, qué peso. Tendría que emplearla con moderación. Leslie, según había tenido ya ocasión de darse cuenta, no se tomaba de buen grado sus carantoñas; ésa era la palabra con la que designó los besos y las caricias con que, desde el día que pasaron en el local comercial, ella había intentado mostrarle qué sentimientos tenía hacia él. Era casi con toda seguridad porque era inglés, razonó, ya que los ingleses eran presuntamente reservados, reacios a que se les notase cuáles eran sus verdaderos sentimientos. Tenía una forma única de distanciarse de ella, con la cabeza bien alta, muy estirado el cuello largo y pálido, mirándola con un punto de desprecio, con una expresión que no era tanto una sonrisa como una mueca como si se hubiera llevado un chasco, y soltando un bufido más que una risa por las fosas nasales, como si hubiera hecho ella algo tan estúpido que no mereciera sus palabras. Además, a veces la trataba de mala manera. Habían encontrado para entonces un lugar donde podían pasar el rato juntos, una habitación de alquiler en Percy Place, aunque más tomada en préstamo que propiamente alquilada a otro de los amigos de Leslie. Iban allí por la tarde y corrían las cortinas, y él la desnudaba despacio, con parsimonia, casi como si estuviera pensando en otra cosa, y entonces la abrazaba y la estrechaba contra sí, temblando de aquella manera tan particular, tan suya -casi como temblaría una chica-, cosa que a ella le excitaba y al mismo tiempo le daba unas ganas locas no tanto de hacer el amor con él, cuanto, más bien, de acunarlo en sus brazos, de mecerlo hasta que se durmiera. Pero él no era un bebé. Le mordía los labios hasta hacerle sangre, o le retorcía el brazo a la espalda dejándola sin aliento, y una vez en que no fue capaz de hacer nada y ella se rió y le dijo que no importaba, en vez de mostrarse agradecido le dio una bofetada en la cara, con fuerza, tanto que se golpeó con la nuca contra el cabezal de la cama y vio las estrellas. Y luego estuvo la noche en que ella y Billy se disponían a acostarse -qué tortura era para ella acostarse ahora con el pobre Billy- y él le vio los rojos verdugones que tenía en la cara posterior de los muslos, donde Leslie la había azotado con el cinturón de cuero -Dios, qué manera de gemir de dolor- y tuvo que improvisar una excusa que no creyó que él creyera, algo sobre una silla de lamas con bordes afilados en la que tuvo que sentarse. Y, con todo, ella…