Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
—¡Margery O’Hare!
—Ay, Dios. La va a despertar si sigue gritando tan fuerte.
Sin decir nada, Sven le pasó a Margery su rifle y ella se acercó a la mosquitera de la puerta y la abrió con el arma caída en su mano izquierda cuando salió a los escalones, asegurándose de que Van Cleve pudiera verla.
—¿Qué desea, señor Van Cleve?
—Vengo a por Alice. Sé que está ahí dentro.
—¿Y eso cómo lo sabe?
—Esto ha ido ya demasiado lejos. Sácala y no habrá más discusión al respecto.
Margery se quedó mirando al suelo mientras pensaba.
—No creo que eso vaya a pasar, señor Van Cleve. Buenos días.
Se giró para entrar de nuevo y él elevó la voz:
—¿Qué? ¡Espera! ¡No te atrevas a cerrarme la puerta!
Margery se dio la vuelta despacio hasta que se quedó mirándolo.
—Y usted no se atreva a pegar a una mujer que le responde. No habrá una segunda vez.
—Alice hizo ayer una tontería. Confieso que me puse nervioso. Tiene que volver conmigo a casa para que podamos arreglar las cosas. En familia. —Se pasó una mano por la cara y suavizó la voz—. Sé razonable, O’Hare. Alice está casada. No puede quedarse aquí contigo.
—Tal y como yo lo veo, ella puede hacer lo que le plazca, señor Van Cleve. Es una mujer adulta. No un perro ni… una «muñeca».
La expresión de él se endureció.
—Le preguntaré qué quiere hacer cuando se despierte. Ahora tengo cosas que atender. Así que le agradecería que se fuera para poder fregar los platos del desayuno. Gracias.
Él se quedó mirándola un momento y bajó la voz:
—Te crees muy lista, ¿verdad, muchacha? ¿Crees que no sé lo que has hecho con esas cartas que has enviado a North Ridge? ¿Crees que no sé lo de esos libros tuyos obscenos y lo de esas chicas tuyas indecentes que están tratando de llevar a las mujeres de bien por el camino del pecado?
Durante unos segundos, el aire pareció desaparecer alrededor de los dos. Incluso el perro se quedó en silencio.
La voz de Van Cleve cuando volvió a hablar tenía un tono de amenaza:
—Vigila tus espaldas, Margery O’Hare.
—Que pase usted un buen día, señor Van Cleve.
Margery se dio la vuelta y entró de nuevo en la cabaña. Su voz era tranquila y su paso firme, pero se detuvo junto a la cortina y miró por un lado de la ventana hasta que estuvo segura de que Van Cleve había desaparecido.
—¿Dónde narices está Mujercitas? Juro que llevo semanas buscando ese libro. La última anotación que vi es que lo tenía la vieja Peg de la tienda, pero ella dice que lo devolvió y se tachó en el registro.
Izzy estaba examinando las estanterías pasando un dedo por los lomos de los libros mientras negaba con la cabeza con expresión de frustración.
—Albert, Alder, Allemagne… ¿Lo ha robado alguien?
—Quizá se haya roto y Sophia lo esté arreglando.
—Le he preguntado. Dice que no lo ha visto. Me fastidia porque hay dos familias que me lo han pedido y parece que nadie tiene idea de dónde está. Y ya sabéis el mal genio que le entra a Sophia cuando desaparecen libros. —Se ajustó la muleta bajo el brazo y se movió a la derecha para mirar de cerca los títulos.
Las voces cesaron cuando Margery entró por la puerta de atrás seguida de cerca por Alice.
—¿Te has llevado Mujercitas a algún sitio, Margery? Izzy está que echa fuego por la rabia y… ¡Madre mía! Parece que a alguien le han dado una paliza.
—Se ha caído del caballo —dijo Margery con un tono de voz que no admitía discusión. Beth se quedó mirando la cara hinchada de Alice y, después, miró a Izzy, que bajó los ojos al suelo.
Hubo un breve silencio.
—Espero que… no te hayas hecho mucho daño, Alice —murmuró Izzy.
—¿Lleva tus pantalones de montar? —preguntó Beth.
—¿Crees que yo tengo los únicos pantalones de cuero de todo el estado de Kentucky, Beth Pinker? No sabía que te fijaras tanto en la ropa de la gente. Cualquiera diría que no tienes nada mejor que hacer. —Margery se acercó al libro de registro que estaba en el escritorio y empezó a hojearlo.
Beth se tomó la reprimenda con buen humor.
—Reconoce que, en cualquier caso, a ella le quedan mejor que a ti. Señor, ahí afuera hace más frío que en el trasero de un pocero. ¿Alguien ha visto mis guantes?
Margery examinaba las páginas.
—A ver, Alice está un poco dolorida, así que, Beth, tú haces las dos rutas a Blue Stone Creek. La señorita Eleanor está en casa de su hermana, por lo que no va a necesitar libros nuevos esta vez. Izzy, ¿puedes encargarte tú de los MacArthur? ¿Te viene bien? Puedes atravesar ese campo de dieciséis hectáreas para llegar a tus rutas habituales. Ese que tiene el granero caído.
Accedieron sin quejas a la vez que miraban de reojo a Alice, que no decía nada y mantenía su atención puesta en algún punto perdido a un metro de sus pies con las mejillas en llamas. Cuando salía, Izzy tendió la mano y apretó con suavidad el hombro de Alice. Esta esperó a que hubiesen llenado sus bolsos y montado en sus caballos y, a continuación, se sentó con cuidado en la silla de Sophia.
—¿Estás bien?
Alice asintió. Se quedaron sentadas escuchando el sonido de los cascos desapareciendo por la calle.
—¿Sabes qué es lo peor de que un hombre te pegue? —preguntó Margery por fin—. No es el dolor. Es que en ese instante te das cuenta de lo que significa ser una mujer. Que no importa lo lista que seas, que se te dé mejor discutir, que seas mejor que ellos, punto. Es entonces cuando te das cuenta de que siempre podrán hacerte callar con un puñetazo. Sin más.
Alice recordó cómo había cambiado el comportamiento de Margery cuando el hombre del bar se había colocado entre las dos, la dureza con que había mirado el lugar en el que aquel hombre había tocado el hombro de Alice.
Margery cogió la cafetera y maldijo al ver que estaba vacía. Se quedó pensando un momento y, después, se enderezó y miró a Alice con una tensa sonrisa.
—Pero ten claro que eso solo pasa hasta que aprendes a responder con un golpe más fuerte.
A pesar de que las horas de luz eran ahora tan cortas, el día se hacía tedioso y extraño y la pequeña biblioteca quedaba invadida por una vaga sensación de incertidumbre, como si Alice no estuviese muy segura de si debería estar esperando que viniera alguien o que pasara algo. Los golpes de la noche anterior no le habían dolido tanto. Ahora entendía que esa había sido la reacción de su cuerpo a la conmoción. A medida que pasaban las horas, varias partes de ella habían empezado a inflamarse y a ponerse rígidas y un leve zumbido le apretaba partes de la cabeza que habían entrado en contacto con el puño rollizo de Van Cleve o el implacable tablero de la mesa.
Margery se marchó después de que Alice le asegurara que sí, que estaba bien, y que no, que no quería que más gente se quedara sin sus libros, y tras prometerle que echaría el cerrojo a la puerta durante todo el tiempo que estuviese fuera. En realidad, necesitaba estar un rato a solas, un rato en el que no tuviera que preocuparse de las reacciones de los demás delante de ella ni de ninguna otra cosa.
Y así, durante un par de horas, no hubo más que Alice en la biblioteca, a solas con sus pensamientos. La cabeza le dolía demasiado como para leer y, de todos modos, no sabía qué podía mirar. Sus pensamientos estaban turbios, enmarañados. Le costaba concentrarse, mientras que todas las preguntas sobre su futuro —dónde iba a vivir, qué iba a hacer, si trataría siquiera de regresar a Inglaterra— le parecían un esfuerzo tan enorme e intrincado que, al final, le pareció más fácil concentrarse sin más en las pequeñas tareas. Ordenar libros. Hacer café. Salir al retrete y, después, volver rápidamente y echar de nuevo el cerrojo.
A la hora del almuerzo alguien llamó a la puerta y ella se quedó inmóvil. Pero fue la voz de Fred la que oyó: «Solo soy yo, Alice», y se levantó de la silla para abrir el cerrojo y dar un paso atrás cuando él entró.