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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Justo… —dijo ella con sarcasmo—. Yo diría que es un precio bastante elevado. Ya hemos visto antes otros como usted, Tuf. Mercaderes armados y aventureros que han venido para enriquecerse con nuestra miseria.

—Guardiana —le dijo Tuf con cierto reproche en el tono—, me juzga usted tremendamente mal. Mi provecho personal es minúsculo. El Arca es muy grande y costosa. ¿Bastaría quizá con dos millones? No puedo creer que sea capaz de negarme esa miserable suma de dinero. ¿Acaso su planeta no vale tanto?

Kefira Qay suspiró y en su delgado rostro apareció por primera vez el cansancio.

—No —acabó admitiendo—, no si puede hacer lo que promete. Claro que no somos ricos y que deberé consultar con mis superiores, ya que la decisión no me corresponde sólo a mí —se puso en pie con cierta brusquedad—. ¿Puedo usar su sistema de comunicaciones?

—Cruce la puerta y siga por la izquierda. Por el pasillo azul. La quinta puerta a la derecha —Tuf se levantó con pesada dignidad y empezó a despejar la mesa, mientras la Guardiana salía de la habitación.

Una vez de regreso, se encontró con que Tuf había abierto una botella de licor de un vívido color escarlata y ahora estaba acariciando un gato blanco y negro que se había aposentado sobre la mesa.

—Está contratado, Tuf —dijo Kefyra Qay, sentándose de nuevo—. Dos millones. Después de que haya ganado esta guerra.

—De acuerdo —dijo Tuf—. Discutamos su situación mientras tomamos unas copas de esta deliciosa bebida.

—¿Es alcohólica? —Levemente narcótica. —Una Guardiana no utiliza jamás estimulantes o depresores. Somos un gremio de combatientes. Sustancias como ésa ensucian el cuerpo y disminuyen los reflejos. Debemos mantenernos siempre vigilantes, pues ésa es nuestra misión: vigilar y proteger.

—Muy loable —dijo Haviland Tuf al mismo tiempo que llenaba su copa.

—La Navaja Solar no sirve de nada aquí y el control de Namor ha dicho que necesitamos sus capacidades combativas ahí abajo.

—Entonces haré todo lo posible por acelerar su partida. ¿y usted?

—Se me ha relevado de la nave —dijo ella torciendo el gesto—. Vamos a esperar a que nos envíen los datos de la situación actual y yo me quedaré con usted para ayudarle y actuar como oficial de enlace.

El agua, tranquila e inmóvil, parecía un plácido espejo verde que se extendía hasta el horizonte.

Hacía calor. La brillante luz del sol se derramaba a través de una tenue capa de nubes doradas. La nave permanecía inmóvil en el agua con sus costados metálicos brillando con un resplandor azul plata. Su cubierta se había convertido en una pequeña isla de actividad dentro del pacífico océano. Hombres y mujeres que parecían insectos se atareaban con las redes y dragas, medio desnudos a causa del calor. Una gran garra metálica llena de fango y algas emergió goteando de las aguas y fue vaciada por una escotilla. En toda la cubierta se veían recipientes con gigantescos peces de un blanco lechoso calentándose bajo el sol.

De pronto, sin razón aparente, muchos empezaron a correr. Algunos se detuvieron abandonando sus tareas y miraron a su alrededor, confundidos, en tanto que otros, sin darse cuenta de nada, seguían trabajando. La gran garra metálica, ahora abierta y vacía, giró colocándose nuevamente sobre el agua y se sumergió justo cuando otra garra emergía en el lado opuesto de la nave. Ahora había más gente corriendo. Dos hombres chocaron entre sí y cayeron al suelo.

Entonces el primer tentáculo apareció junto a la nave. El tentáculo subió y subió. Era mucho más largo que las garras empleadas para arañar el fondo marino y su grosor era como el de un hombre corpulento, estrechándose en la punta hasta el tamaño de un brazo. El tentáculo era blanco, pero su blancura parecía vagamente sucia y lechosa. En su parte inferior se veían unos círculos rosados tan grandes como platos, círculos que temblaban y latían a medida que el tentáculo se iba enroscando sobre la enorme nave cosechadora. Allí donde terminaba, el tentáculo se convertía en un confuso haz de tentáculos más pequeños, oscuros como serpientes, que no paraban de moverse.

El tentáculo siguió subiendo y luego bajó de nuevo, apresando a la nave. Algo se movió al otro lado, algo pálido que se agitaba bajo la superficie verdosa del agua, y un segundo tentáculo emergió del mar. Luego aparecieron un tercero y un cuarto. Uno de ellos se debatía alrededor de la draga y otro estaba envuelto con los restos de una red como si hubiera llevado encima un velo, pero aquello no parecía estorbarle en lo más mínimo. Ahora todo el mundo corría, todos, salvo quienes habían sido apresados por los tentáculos. Uno de ellos se había enroscado alrededor de una mujer que tenía un hacha con la que golpeaba frenéticamente, debatiéndose bajo la presa de aquel pálido miembro, hasta que de pronto se estremeció en una violenta convulsión y quedó inmóvil. El tentáculo la dejó caer y se apoderó de otra víctima, en tanto que de las pequeñas heridas dejadas por el hacha fluía lentamente un líquido blanco.

Veinte tentáculos habían surgido del mar cuando la nave escoró violentamente hacia estribor. Los supervivientes resbalaron por la cubierta cayendo al mar. La nave siguió inclinándose más y más. Algo estaba tirando de ella, haciéndola hundirse. El agua inundó la cubierta y penetró por las escotillas. Unos instantes después, la nave empezó a partirse en dos.

Haviland Tuf congeló la imagen en la gran pantalla: el mar verdoso y el sol color oro, el navío hundido y los pálidos tentáculos que lo rodeaban.

—¿Fue el primer ataque? —preguntó. —Sí y no —contestó Kefira Qay—. Antes hubo otra cosechadora y dos hidroplanos de pasajeros que desaparecieron misteriosamente. Hicimos investigaciones, pero no pudimos encontrar la causa. En este caso, por azar, había un equipo de noticias bastante cerca. Estaban haciendo una grabación con fines educativos. Se encontraron con mucho más de lo que habían esperado grabar.

—Ciertamente —dijo Tuf. —Por suerte iban en un transporte aéreo. La retransmisión de esa noche estuvo a punto de causar un pánico colectivo, pero las cosas no empezaron a ponerse realmente serias hasta que se perdió otra nave. Entonces los guardianes empezaron a comprender hasta dónde llegaba el problema.

Haviland Tuf seguía contemplando la pantalla con el rostro totalmente impasible e inexpresivo, las manos apoyadas en la consola. Un gatito blanco y negro empezó a juguetear con sus dedos.

—Vete, Estupidez —dijo, cogiendo al gatito y depositándolo suavemente en el suelo.

—Aumente una porción de tentáculo. Uno cualquiera bastará —le sugirió la Guardiana, todavía inmóvil a su espalda.

Sin decir palabra Tuf hizo lo que le pedía. Una segunda pantalla se encendió, mostrando un plano tomado más de cerca y algo granuloso, en el que se veía un gran cilindro de tejido pálido curvándose sobre la cubierta.

—Échele una buena mirada a las ventosas —dijo Qay—. ¿Distingue las zonas rosadas?

—La tercera empezando desde el extremo tiene la parte interior más oscura. Y, aparentemente, dentro de ella hay dientes.

—Sí —dijo Kefira Qay—. Ocurre en todos los tentáculos. Las partes exteriores de esas ventosas están hechas de una especie de tendón cartilaginoso. Cuando se extienden sobre algo, crean una zona de vacío tan fuerte que es prácticamente imposible desprenderlas del objeto que han agarrado. Al mismo tiempo, cada una de ellas es una boca. Dentro de ese tendón se encuentra una parte más suave de carne rosada que puede moverse dejando al descubierto los dientes, tres hileras de dientes en forma de sierra, mucho más afilados de lo que parece. Ahora, mueva la imagen hacia los anillos del extremo.

Tuf manipuló los mandos e hizo aparecer otra imagen aumentada en una tercera pantalla. Ahora se distinguían claramente los tentáculos más pequeños.

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