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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—No, lo he dicho mal. El apetito te vuelve curioso, eso es… No importa. Mis pasteles le quitaran el hambre.

—Ah —dijo Tuf, cogiendo el pastel—. Siga, por favor. y el vendedor de pasteles le explicó, con bastante lentitud y abundantes digresiones, los problemas que había sufrido recientemente el planeta Namor.

—Como puede ver —concluyó finalmente—, es comprensible que no acudieran a la feria con tanto ¡aleo. No tenían gran cosa que exhibir.

—Por supuesto —dijo Haviland Tuf, limpiándose los labios—. Los monstruos marinos pueden resultar muy molestos.

Namor era un planeta de color verde oscuro. Carecía de lunas y estaba rodeado por un cinturón de nubes doradas no demasiado espeso. El Arca salió con un último estremecimiento del hiperimpulso y se instaló majestuosamente en órbita a su alrededor. Haviland Tuf fue de un asiento a otro en el interior de su larga y angosta sala de comunicaciones, estudiando el planeta en una docena de los centenares de pantallas que colmaban la estancia. Haciéndole compañía tenía a tres gatitos de pelaje grisáceo, que saltaban por encima de las consolas e instrumentos, deteniéndose únicamente el tiempo necesario para propinarse juguetones zarpazos entre ellos. Tuf no les prestaba la menor atención.

Al ser un planeta predominantemente acuático, Namor sólo poseía una masa de tierra lo bastante grande como para ser visible desde la órbita del Arca. No era demasiado grande pero, una vez aumentada por las pantallas, resultó consistir en miles de islas dispersas a lo largo de interminables archipiélagos que parecían crecientes lunares sembrados sobre los profundos océanos verdosos, como un collar roto que tachonara las aguas con su esplendor. En otras pantallas se distinguían las luces de las ciudades y pueblos del lado nocturno y puntos intermitentes de energía indicaban las instalaciones iluminadas por el sol.

Tuf lo estuvo contemplando todo y luego se instaló ante otra pantalla, la conectó y empezó a jugar una partida de un juego de estrategia con el ordenador. Un gatito subió de un salto a su regazo y se quedó dormido. Tuf puso mucho cuidado en no despertarle y unos minutos después un segundo gatito saltó sobre él y empezó a morderle, por lo que Tuf los puso a los dos en el suelo.

Hizo falta aún más tiempo del que había previsto Tuf pero, finalmente, el desafío llegó, tal y como había sabido que llegaría.

—Nave en órbita —decía el mensaje—, nave en órbita. Aquí el control de Namor. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje, por favor. Hemos enviado naves interceptoras. Diga cuál es su nombre y el motivo de su viaje.

La transmisión procedía de la masa de tierra principal y Tuf puso las coordenadas de origen en el ordenador. Mientras tanto, el Arca se había encargado de localizar a la nave que se les estaba aproximando (pues sólo parecía haber una) y su imagen apareció en otra pantalla.

—Soy el Arca —le dijo Tuf al Control de Namor.

El Control de Namor era una mujer de rostro más bien rechoncho y rala cabellera marrón, sentada ante una consola y vestida con un uniforme verde oscuro con algunas cintas doradas. Frunció el ceño y desvió por un segundo la mirada, sin duda hacia algún superior instalado en otra consola.

—Arca —le dijo—, indique cuál es el mundo de su origen. Por favor, indique cuál es su mundo de origen y el motivo de su viaje.

El ordenador le indicó que la otra nave se estaba comunicando con el planeta y otras dos pantallas se encendieron. En una de ellas se veía a una mujer joven y delgada con la nariz bastante prominente. Estaba en el puente de mando de una nave. En la otra se veía a un hombre de edad ya avanzada ante una consola. Los dos vestían uniformes de color verde y estaban conversando rápidamente en código. El ordenador necesitó menos de un minuto para descifrarlo y después de ello Tuf pudo oír la conversación.

que me cuelguen si sé quién es —estaba diciendo la mujer de la nave—. Nunca he visto una nave tan enorme. Dios mío, mírela… ¿Lo están recibiendo todo? ¿Ha contestado?

—Arca —seguía diciendo la mujer regordeta—, diga cual es su mundo de origen y el motivo de su viaje, por favor. Aquí el Control de Namor.

Haviland Tuf interceptó la otra conversación e hizo los arreglos necesarios para hablar con todos a la vez.

—Aquí el Arca —dijo—. No tengo mundo de origen, estimados señores, y mis intenciones son totalmente pacíficas. Pretendo dedicarme al comercio y atender las consultas que se me hagan. Me he enterado de sus trágicas dificultades y, conmovido ante sus apuros, he acudido para ofrecerles mis servicios.

La mujer de la nave pareció sorprendida. —¿Qué diablos es usted…? —empezó a decir y se calló a mitad de la frase. El hombre parecía igualmente perplejo pero no dijo nada, limitándose a contemplar boquiabierto el pálido e inexpresivo rostro de Tuf.

—Arca, aquí el Control de Namor —dijo la mujer regordeta—. No estamos abiertos al comercio. Repito, no estamos abiertos al comercio. Nos encontramos bajo la ley marcial.

Para entonces la mujer de la nave ya había logrado dominarse un poco.

—Arca, aquí la Guardiana Kefira Qay, comandante de la Navaja Solar. Estamos armados, Arca: explíquese mejor. Es mil veces mayor que cualquier comerciante que hayamos visto nunca. Arca, explíquese o disparamos.

—Ciertamente —dijo Haviland Tuf—, aunque las amenazas no le servirán de gran cosa, Guardiana. Me siento profundamente ofendido y vejado. He venido hasta aquí desde la distante Brazelourn para ofrecerles mi ayuda y mi consuelo y ahora soy recibido con amenazas y hostilidad —un gatito se instaló de un salto en su regazo y Tuf lo cogió con una de sus manazas y lo depositó sobre la consola que tenía delante, de forma que el visor pudiera captarlo. Luego contempló con ojos doloridos—. Ya no queda confianza en el género humano —le dijo al gatito.

—No dispare, Navaja Solar —dijo el hombre de edad avanzada—. Arca, caso de que sus intenciones sean realmente pacíficas será mejor que se explique. ¿Qué es? No tenemos mucho tiempo, Arca, y Namor es un planeta pequeño y escasamente desarrollado. Nunca hemos visto una nave semejante. Explíquese, por favor.

Haviland Tuf acarició al gatito. —Ah, siempre debo enfrentarme a la suspicacia —le dijo—. Tienen mucha suerte de que mi corazón sea bondadoso y amable o de lo contrario me limitaría a partir, dejándoles abandonados a su destino. —Luego clavó sus ojos directamente en el visor y dijo: Caballero, soy el Arca y mi nombre es Haviland Tuf. Soy el amo, el capitán y toda la tripulación de esta nave. Me han dicho que enormes monstruos surgidos de los abismos marinos de su planeta les causan graves problemas. Muy bien. Les libraré de ellos.

—Arca; aquí la Navaja Solar. ¿Cómo se propone conseguirlo?

—El Arca es una sembradora del Cuerpo de Ingeniería Ecológica —dijo Haviland Tuf con envarada formalidad—. Soy ingeniero ecológico y especialista en guerra biológica.

—Imposible —dijo el hombre—. El CIE fue barrido hace un millar de años junto con el Imperio Federal. Ya no existe ninguna de sus sembradoras.

—¡Cuán lamentable! —dijo Haviland Tuf—, hete aquí que me encuentro sentado sobre un espejismo. Sin duda y ahora que me ha informado de la inexistencia de mi nave, me hundiré a través del casco para caer en su atmósfera, dentro de la cual arderé hasta consumirme.

—Guardián —dijo Kefira Qay desde la Navaja Solar—, puede que esas sembradoras ya no existan, pero me estoy acercando bastante de prisa a un objeto que según me indican mis sensores tiene unos treinta kilómetros de largo. No parece ser ninguna ilusión.

—De momento aún no he empezado a caer —admitió Haviland Tuf.

—¿Realmente puede ayudarnos? —le preguntó la mujer sentada en el Control de Namor.

—¿Por qué siempre deben ser puestas en duda mis afirmaciones? —le preguntó Tuf al gatito.

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