Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
—Jefe de Guardianes, debemos darle la oportunidad de probar lo que dice —insistió el Control de Namor.
Tuf alzó la mirada. —Pese a que se me ha insultado, amenazado y puesto en duda, sigo conmovido por su situación actual y ello me impulsa a quedarme. Quizá pueda permitirme el sugerir que la Navaja Solar… Bien, digamos que me utilice de muelle. La Guardiana Qay podría subir a bordo, cenaría conmigo y mantendríamos una pequeña conversación. Estoy seguro de que sus sospechas no pueden extenderse a la conversación, el más civilizado de todos los pasatiempos humanos.
Los tres Guardianes conferenciaron apresuradamente entre sí y luego con una persona o personas que no aparecían en la pantalla, en tanto que Haviland Tuf seguía sentado y jugaba con el gatito.
—Te llamaré Sospecha —le dijo—, para de tal modo conmemorar mi recepción en este planeta. Tus demás compañeros de camada serán Duda, Hostilidad, Ingratitud y Estupidez.
—Aceptamos su propuesta, Haviland Tuf —dijo la Guardiana Kefira Qay desde el puente de la Navaja Solar—. Prepárese para ser abordado.
—Ciertamente —respondió Tuf—. ¿Le gustan las setas? La cubierta de lanzaderas del Arca eran tan grande como un campo de aterrizaje de primera clase y parecía casi un almacén de espacionaves averiadas. Las lanzaderas del Arca se encontraban pulcramente dispuestas en sus soportes. Eran cinco naves negras e idénticas, de perfiles angulosos y cortas alas triangulares que se arqueaban hacia atrás, diseñadas para el vuelo atmosférico y todavía en buen estado. Pero había algunas otras naves no tan impresionantes. Un navío mercante de Avalon, en forma de lágrima, parecía a punto de hacerse pedazos sobre sus tres soportes. A su lado había un caza cubierto de las cicatrices del combate y una nave-león de Kaaleo cuyos complicados adornos hacía bastante tiempo que se habían oscurecido. Alrededor de ellas se alzaban montones de naves aún más extrañas y difíciles de identificar.
La gran cúpula que se alzaba sobre la cubierta se dividió en un centenar de segmentos parecidos a las porciones de un pastel y reveló un pequeño sol amarillo rodeado de estrellas y una nave en forma de mantarraya, de un apagado color verdoso y que tendría más o menos el tamaño de una de las lanzaderas. La Navaja Solar se posó en la cubierta y la cúpula se cerró tras ella. Una vez las estrellas hubieron quedado nuevamente ocultas, la cubierta se llenó de atmósfera y Haviland Tuf apareció unos instantes después.
Kefira Qay emergió de su nave apretando firmemente los labios, pero ningún control, por férreo que fuera, podía ocultar del todo el pasmo que ardía en sus ojos. Dos hombres armados, con monos de color oro y verde la seguían.
Haviland Tuf se dirigió hacia ellos en su vehículo de tres ruedas.
—Me temo que la invitación a cenar incluía sólo a una persona, Guardiana Qay —dijo al ver a la escolta—. Lamento cualquier posible malentendido, pero debo insistir al respecto.
—Muy bien —dijo ella, volviéndose hacia la escolta—. Esperad aquí, ya tenéis las órdenes pertinentes. —Una vez se hubo sentado junto a Tuf añadió: La Navaja solar hará pedazos su nave, si no vuelvo sana y salva dentro de dos horas.
Haviland Tuf la miró y pestañeó. —Espantoso —dijo—. Allí donde voy mi cálida hospitalidad es recibida con desconfianza y amenazas de violencia —puso el vehículo en marcha.
Avanzaron en silencio por un laberinto de salas y corredores interconectados y acabaron entrando en un gigantesco túnel en penumbra que parecía extenderse en ambas direcciones a lo largo de toda la nave. Cubas transparentes de cien tamaños distintos cubrían las paredes y el techo hasta perderse de vista. La mayoría estaban vacías y cubiertas de polvo, pero en unas cuantas había líquidos multicolores dentro de los cuales se removían siluetas confusas. No había el menor sonido a excepción de un lento gotear que parecía venir de muy lejos. Kefira Qay lo examinaba todo, pero guardaba silencio. Recorrieron unos tres kilómetros a lo largo del túnel. Finalmente Tuf se desvió hacia una pared que se abrió ante ellos. Unos instantes después frenó el vehículo y bajaron de él.
Tuf escoltó a la Guardiana Kefira Qay hasta una habitación pequeña y austera en la cual se había dispuesto una suntuosa cena. Empezaron tomando sopa helada, dulce, picante y negra como el carbón. Continuando después con ensalada de neohierba aliñada con jengibre. El plato principal era un.¡enorme hongo asado que casi rebosaba de la gran bandeja en que estaba servido y al que rodeaban un docena de vegetales distintos con variadas salsas. La Guardiana pareció disfrutar enormemente de la cena.
—Al parecer mi humilde cocina ha sido de su gusto —observó Haviland Tuf.
—Hacía mucho tiempo que no comía bien —replicó Kefira Qay—. En Namor siempre hemos dependido del mar para nuestro sustento. Normalmente el mar se ha mostrado generoso, pero desde que empezaron nuestros problemas… —alzó el tenedor en el cual había pinchado un vegetal os. curo y más bien rugoso cubierto de una salsa marrón amarillenta—. ¿Qué estoy comiendo? Es delicioso.
—Raíz de pecador de Rhiannon, con salsa de mostaza —dijo Haviland Tuf.
Qay la comió y dejó el tenedor sobre la mesa.
—Pero Rhiannon está muy lejos… ¿Cómo ha podido… —no completó la frase.
—Por supuesto —dijo Tuf, apoyando el mentón en las manos y estudiando su rostro—. Todo esto ha sido obtenido en el Arca aunque su origen podría remontarse a una docena de planetas distintos. ¿Le gustaría tomar un poco más de leche sazonada?
—No —murmuró ella, contemplando los platos vacíos—. Entonces, no mentía. Es usted lo que dice ser y esta nave es una sembradora de… ¿cómo les llamó?
—El Cuerpo de Ingeniería Ecológica, del largamente difunto Imperio Federal. No había demasiadas y todas, salvo una, fueron destruidas durante las vicisitudes de la guerra. Sólo el Arca sobrevivió, vacía y abandonada durante todo un milenio. Pero no debe usted preocuparse por los detalles. Baste con decir que la encontré y la puse en funcionamiento.
—¿La encontró? —Tengo la impresión de que ésas han sido exactamente mis palabras y espero que en el futuro me preste mayor atención cuando hablo. No siento la menor inclinación ni deseo de repetirme. Antes de encontrar el Arca me ganaba humildemente la vida con el comercio. Mi antigua nave sigue todavía en la cubierta y es posible que la viera.
—Entonces, es realmente un mercader… —¡Por favor! —dijo Tuf con voz indignada—. Soy un ingeniero ecológico y el Arca es capaz de remodelar planetas enteros, Guardiana. Cierto que estoy solo y que en sus tiempos esta nave contó con doscientos tripulantes y que me falta el largo entrenamiento que se les daba siglos antes a quienes ostentaban la letra de oro, el sello de los Ingenieros Ecológicos. Pero, a mi modesta manera, no me va del todo mal. Si Namor desea hacer uso de mis servicios no dudo que podré ayudarles.
—¿Por qué? —le preguntó con ciertas suspicacia la Guardiana—. ¿Por qué se muestra tan ansioso de ayudarnos?
Haviland Tuf extendió sus pálidas y enormes manos en un gesto de impotencia.
—Sé muy bien que puedo dar la impresión de ser un estúpido, pero no puedo evitarlo. Mi naturaleza es generosa y siempre la conmueven las calamidades y el sufrimiento. Me resultaría tan imposible abandonar a su pueblo, en su presente apuro, como hacerle daño a uno de mis gatos. Me temo que los Ingenieros Ecológicos estaban hechos de un material más duro que yo, pero no puedo cambiar mi naturaleza sentimental. Por ello, aquí estoy ahora, sentado ante usted, dispuesto para hacer todo lo que pueda.
—¿No quiere nada a cambio? —Trabajaré sin ninguna recompensa —dijo Tuf—. Naturalmente, tendré gastos y por ello debo imponer una pequeña tarifa para satisfacerlos. Digamos… tres millones de unidades. ¿Le parece justo?