Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
—El sueño del Arca ya había empezado a corromper mi mundo —dijo Tolly Mune—. ¿Qué infiernos habría ocurrido cuando su posesión fuera una realidad para nosotros? No querría encontrar la respuesta a esa pregunta.
—Ciertamente —dijo Tuf—. y de esa pregunta creo que surge inmediatamente otra.
—¿Cuál?
—Yo controlo el Arca —dijo Tuf—, y por lo tanto tengo en mis manos algo que se aproxima al poder absoluto.
—Oh, sí —dijo Tolly Mune. Tuf aguardó en silencio.
Tolly Mune sacudió la cabeza. —No lo sé —dijo—. No he pensado lo suficiente en todo esto. Quizás estaba tomando las decisiones a cada momento, sin meditar sobre ellas. Puede que sea la mayor imbécil en años luz a la redonda…
—No me parece que lo crea seriamente —dijo Tuf. —Quizás haya pensado que era mejor que se corrompiera usted y no los míos. Quizás haya pensado que Haviland Tuf era sólo un ingenuo inofensivo. O quizá me haya guiado por el instinto —lanzó un suspiro—. Ignoro si existe un hombre incorruptible pero caso de existir, bueno, Tuf, caso de existir creo que es usted. El último y maldito inocente. Estaba dispuesto a perderlo todo por ella —señaló a Desorden—. Por una gata, una maldita alimaña de todos los diablos —pero al decir eso estaba sonriendo.
—Ya entiendo —dijo Haviland Tuf.
La Maestre de Puerto se incorporó con un gesto de cansancio.
—Ahora ha llegado el momento de volver y soltarle ese discurso a un público no tan dispuesto al aplauso —dijo—. Indíqueme dónde están los trineos y avíseles de que voy a salir.
—Muy bien —dijo Tuf y alzó un dedo—. Sólo queda un punto más por aclarar. Dado que sus cuadrillas no completaron el total del trabajo preestablecido, no me parece equitativo que se me imponga la factura en su totalidad de treinta y cuatro millones. Sugiero hacer un pequeño ajuste. ¿Le parecerían aceptables treinta y tres millones quinientos mil?
Tolly Mune le contempló durante unos segundos.
—¿Qué importa? —acabó diciendo—. Nunca volverá. —No estoy de acuerdo en esa afirmación —dijo Haviland Tuf.
—Intentamos robar su nave —replicó ella.
—Cierto. Quizá resultara más justa entonces la suma de treinta y tres millones y se pudiera considerar el resto como una especie de multa.
—¿Está planeando realmente volver? —dijo Tolly Mune. —Dentro de cinco años vencerá el primer pago del préstamo —dijo Tuf—. Lo que es más, en ese instante se podrá juzgar el efecto que mis pequeñas contribuciones han tenido sobre su crisis de alimentos, si es que lo han tenido. Puede que para entonces resulte necesario ejercer un poco más la ingeniería ecológica.
—No puedo creerle —dijo ella, atónita.
Haviland Tuf levantó la mano hasta su hombro y rascó a Caos justo detrás de la oreja.
—¡Ah! —dijo en tono de reproche ¿por qué siempre se pone en duda lo que decimos?
Pero el gato no le contestó.
3 — GUARDIANES
A Haviland Tuf la Exposición Bioagrícola de los Seis Mundos le había decepcionado enormemente.
Había pasado un día tan largo como agotador en Brazelourn, recorriendo de un lado a otro las cavernosas salas de exhibición, deteniéndose en algunos lugares para inspeccionar brevemente un nuevo híbrido de cereal o un insecto mejorado genéticamente. Aunque en la biblioteca celular del Arca había material de clonación para literalmente millones de especies vegetales y animales procedentes de incontables planetas, Haviland Tuf siempre estaba dispuesto a aprovechar cualquier ocasión de mejorar y aumentar dicho surtido.
Pero muy poco de lo expuesto en Brazelourn le había parecido prometedor y, a medida que transcurrían las horas, Tuf sintió que le iba invadiendo el aburrimiento y la incomodidad, perdido entre aquellas multitudes que vagaban con aire indiferente por el lugar. Había gente por todas partes: granjeros de los túneles de Vagabundo, con sus pieles de un color marrón oscuro; terratenientes de Areeni, cubiertos de plumas y perfumes; los sombríos habitantes del lado nocturno de Nueva ¡ano, codeándose con los abigarrados nativos de su eterno ecuador y, naturalmente, montones de nativos. Todos hablaban demasiado alto y miraban con molesta curiosidad a Tuf. Algunos habían llegado al extremo de tocarle, haciendo aparecer un fruncimiento de ceño en su pálido rostro.
Por último, decidido a apartarse de la muchedumbre, Tuf pensó que tenía hambre. Se abrió paso a través de los visitantes Con una digna expresión de incomodidad y acabó emergiendo en la gran sala de exposición de Ptolan, una cúpula de cinco pisos de altura. En el exterior de la sala había cientos de vendedores que habían instalado sus puestos entre los enormes edificios y, de entre los más próximos, el que parecía menos ocupado era el que vendía pasteles de cebolla. Por ello, Tuf decidió que en esoS momentos un pastel de cebolla convendría admirablemente a sus deseos.
—Caballero —le dijo al vendedor—, desearía un pastel. El vendedor de pasteles era más bien entrado en carnes, tenía las mejillas rosadas y lucía un grasiento delantal. Abrió su caja térmica, metió la mano en su interior, protegiéndola antes Con un guante, y extrajo de ella un pastel humeante. Lo puso en el mostrador ante Tuf y le miró por primera vez.
—Oh, es usted uno de los grandes —dijo. —Ciertamente, señor —le contestó Haviland Tuf. Cogió el pastel y le dio un mordisco Con expresión inmutable.
—No es del planeta —observó el vendedor de pasteles—. y tampoCo creo que venga de ningún Sitio cercano.
Tuf terminó su pastel con tres preciosos mordiscos más y se limpió loS dedos cubiertos de grasa Con una servilleta.
—Ha logrado usted dar Con lo obvio, señor —dijo, extendiendo un dedo largo y calloso—. Otro —pidió.
El vendedor sacó otro pastel sin dirigirle la palabra y con cierta cara de enfado, dejando que Tuf lo comiera en relativa tranquilidad. Mientras iba saboreando la crujiente corteza y el aromático interior del pastel, Tuf se dedicó a observar las multitudes que iban y venían por entre las hileras de puestos, así Como las cinco grandes salas que se levantaban una sobre otra. Cuando hubo terminado de Comer se volvió hacia el vendedor de pasteles Con su rostro tan vacío de expresión Como de costumbre.
—Caballero, por favor, desearía hacerle una pregunta. —¿Cuál? —dijo el vendedor sin demasiada amabilidad. —He visto cinco salas de exposición que he ido visitando por turno. —Las señaló Con el dedo. Brazelourn, Valle Areen, Nueva ¡ano, Vagabundo y ahora, aquí, Ptolan. —Tuf cruzó las manos sobre su enorme estómago. Cinco, señor mío. Cinco salas, cinco mundos. Sin duda, dado que Soy forastero, no me encuentro lo suficientemente familiarizado con algún punto muy sutil de las costumbres locales y ello es el motivo de mi presente perplejidad. En los lugares que he visitado antes, durante mis viajes, un acontecimiento que se hiciera llamar a sí mismo Exhibición Bioagrícola de los Seis Mundos debería incluir muestras procedentes de seis mundos. No sucede tal cosa aquí. ¿Podría usted aclararme las razones de ello?
—De Namor no vino nadie. —Ya veo —dijo Haviland Tuf. —Por los recientes problemas que hubo, naturalmente —añadió el vendedor.
—Ahora todo me resulta claro —dijo Tuf—. O, si no todo, al menos una parte. Quizá tuviera usted la amabilidad de servirme otro pastel y explicarme cuál era la naturaleza de dichos problemas. Soy curioso, señor. Es mi gran vicio, siempre lo he tenido.
El vendedor de pasteles se puso nuevamente el guante y abrió la caja térmica.
Ya sabe lo que suelen decir: la curiosidad te da apetito. —Ciertamente —dijo Tuf—, aunque debo confesar que jamás había oído este refrán con anterioridad. El vendedor frunció el ceño.