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Sin Retorno

Электронная книга - «Sin Retorno». Краткое содержание книги:

En 1972, tres adolescentes blancos -Alex, Billy y Pete- decidieron meterse en un barrio marginal de Washington. Esa incursión cambió la vida de seis personas: a causa del enfrentamiento con tres chicos negros, Billy resultó muerto y Alex seriamente herido.
En 2007, Alex llora la muerte de su hijo caído en Iraq. De pronto, uno de los chicos negros que sobrevivieron al incidente del 72 contacta con él, abriendo la puerta a la reconciliación al tiempo que otro superviviente sale de prisión con intención de extorsionarle…
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– Está bien -dijo Alex-. La cuestión es: ¿qué debo hacer si Baker se pone en contacto conmigo?

– Yo le he dado un ultimátum. Si se pone en contacto contigo, llama a la policía inmediatamente. -Pete introdujo la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y extrajo una tarjeta de visita que puso encima del mostrador-. Y desde luego te convendrá contar conmigo. Yo poseo, en fin, recursos que probablemente tú no tienes. Detectives privados, policías-conozco gente en la oficina del delegado del Fiscal Federal. Si Baker vuelve a asomar la cabeza, podemos ocuparnos de esto rápidamente.

– Te lo agradezco, Pete -respondió Alex tomando la tarjeta y colocándola encima de la caja registradora-. De verdad.

– Me pareció que era lo bastante grave para ponerme en contacto contigo. Baker vino a mi casa, en Heights, y entregó la carta él mismo, al parecer.

– ¿En Heights? -Alex no pudo resistirse.

– En Friendship Heights -contestó Pete.

– Y la carta…

– Había sido escrita e imprimida por ordenador. Baker se creía que había sido muy astuto, pero también se puede localizar la impresora. Y las huellas dactilares.

– Bien.

– No va a suponer ningún problema. Pero era necesario que estuvieras al corriente.

– Desde luego.

– Resulta curioso -dijo Pete-. El hecho de haber visto a Baker me ha traído aquel día a la memoria. No había pensado mucho en el incidente durante todos estos años porque, en fin, imagino que ha sido porque he cambiado mucho. No me parezco en nada a la misma persona que era cuando tenía diecisiete años. ¿A ti no te ocurre lo mismo?

– Sí-dijo Alex, que no deseaba prolongar más la conversación.

Pete se bajó de la banqueta y le estrechó la mano a Alex.

– Tengo que volver al despacho. Acuérdate de lo de la cena y de ponernos al día.

– Me parece genial.

– Cuídate, Alex.

– Hasta luego.

Alex lo observó mientras se iba. No iba a haber cena alguna. No la deseaba ninguno de los dos. Pete seguía siendo el chaval que era a los diecisiete, pero nunca lo había sabido. Aquel día, huyó y se liberó. Después fue a la universidad y estudió Derecho, tenía una carrera profesional sólida y lucrativa, una casa en Heights. Todavía huía, en cierto modo. Billy, por el contrario, se había mantenido en el sitio. Lo último que hizo Billy, antes de que le disparasen, fue señalarlo a él, a Alex, y decirle que se largara. Entre las muchas cosas que había sido Billy, algunas impuestas desde fuera, había sido un buen amigo. En cuanto a Alex, no había actuado. Era simplemente el chico que iba en el asiento trasero del coche.

– Papá.

Alex se volvió.

– ¿Sí?

– ¿Qué opinas del especial? -dijo John Pappas.

– Que ha funcionado. El curry ha sido un, cómo lo llamas tú, un agradable «complemento» para el atún. Sólo que…

– ¿Qué?

– ¿Vas a transformar este local en un garito hindú?

– Sí, papá, eso es exactamente lo que voy a hacer.

– Lo siguiente que harás será tirar los cubiertos a la basura y obligar a los clientes a que coman con las manos.

– Eso sería al estilo etíope.

– No me digas.

– No creo que tengas que preocuparte.

– A ver, hoy has vendido el doble de hamburguesas y pollo con queso que sándwiches de atún, ¿no es cierto? No te olvides de lo básico. Eso es lo único que digo.

– No tengo la intención.

– Bien. Toma. -Alex metió la mano en el bolsillo y sacó un juego de llaves que abrían la puerta principal y la trasera, así como el congelador. Se las entregó a Johnny-. Te he hecho éstas para ti.

– Gracias.

– Lo estás haciendo muy bien.

– Te lo agradezco.

– Así que hoy voy a dejar que cierres tú. Yo tengo que ir a un sitio. Estaba pensando en tomarme el resto de la tarde libre.

– ¿En serio?

– Cerrar no tiene ninguna complicación. Los empleados saben qué tareas adicionales deben llevar a cabo, incluidas las de limpiar. Darlene te ayudará a ordenar las cosas. Dentro de media hora cortas la cinta de la caja. Y en lo referente al dinero, mañana no es día de facturas, y tampoco de paga de salarios, así que deja unos cincuenta pavos en billetes y monedas, guárdalos en la caja metálica, mete la caja en el congelador, y el resto te lo llevas a casa y se lo entregas a mamá.

– Eso sí sé hacerlo.

– No te preocupes por si cometes algún error. Tú asegúrate de que las puertas queden cerradas con llave. De todo lo demás ya me ocuparé yo mañana.

– ¿Te fías de mí?

– Pues claro, ¿por qué no?

– No lo sé. Cuando te hayas ido, nosotros podríamos ponernos a hacer cualquier cosa, como repartir pastillas de éxtasis o algo así.

– Pesado -dijo Alex, zanjando el asunto con un gesto de la mano-. Lárgate de aquí. Me molestas. Te quiero.

John Pappas sonrió a su padre y se alejó por detrás del mostrador. Darlene estaba de espaldas a la parrilla, observando a Alex, haciendo girar una espátula en la mano.

– Me tomo el día libre, Darlene.

– Es la primera vez.

– Pues ve acostumbrándote.

Cuando se acercó a Tito, que estaba lavando una cazuela con la manguera a presión, éste le dijo:

– ¿Te vas, jefe?

– Sí. ¿Qué tal te fue la cita con aquella chica?

Tito sonrió y guiñó un ojo.

– Bien hecho -dijo Alex, y a continuación salió por la puerta de atrás.

Raymond Monroe estaba sentado junto a Kendall Robinson en el despacho de ella, ambos cogidos de la mano y charlando en voz baja a media tarde. Kendall había bajado los estores. Había estado llorando un poco, pero ya se había calmado y sostenía un pañuelo de papel arrugado en la mano que le quedaba libre.

– Lo siento -dijo.

– No lo sientas. Todo el que trabaja aquí se merece una buena llantina de vez en cuando. No sólo los pacientes.

– Ellos son más fuertes que yo, la mayoría de las veces.

– ¿Que ha sido hoy?

– Ah, no lo sé. Estaba otra vez con el soldado Collins, ya sabes, al que llaman el Poste.

– El chico joven que estaba pensando en la amputación voluntaria.

– Ya no está en ese dilema. Ayer presenté yo su solicitud. Simplemente había ido a hacerle una visita, a ver qué tal lo llevaba.

– ¿Y?

– Se encuentra bien. La que se puso furiosa fui yo, cuando salí de su habitación. Y esa furia se transformó después en emoción. -Kendall arrojó el pañuelo a la papelera que tenía junto a la mesa-. El otro día estaba en Wisconsin Avenue, en Maryland, y pasé por delante de un cine. Era el que tiene una chica con una ametralladora implantada en la pierna amputada. Ya se sabe que a ese cine van a ir muchos jóvenes a ver esa película, a aplaudir y partirse de risa con ella, mientras hay chicos y chicas que están muriendo, perdiendo brazos y piernas, ¿y para qué? ¿Para que esos niños ricos puedan echar gasolina a los coches que les compran sus papas? ¿Para que puedan comprarse un vaquero de doscientos dólares?

– Les han enseñado a hacer eso -dijo Monroe-. A pagar los impuestos que les correspondan y el resto gastárselo en comprar.

– Se supone que han de olvidarse de que hay una guerra. Si no hay féretro, no hay muerto. Ni tú ni yo habíamos nacido cuando la Segunda Guerra Mundial, pero ¿no es verdad que todo este país contribuyó mucho e hizo muchos sacrificios?

– Mi padre hablaba de eso todo el tiempo.

– Antes era: «Pregunta qué puedes hacer tú por tu país.» Y ahora es: «Vamos a ver el culebrón, vámonos al centro comercial.»

– Y si abandonas -dijo Raymond-, ¿en qué vas a beneficiar a estos soldados?

– Por favor. No pienso irme a ninguna parte.

– Tú posees pasión, Kendall.

– Necesito quemar un poco de esta energía negativa. -Trazó un círculo con el dedo en la palma de Raymond-. ¿Vas a venir a casa esta noche? A Marcus también le gustaría verte.

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