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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Debería salir el cantautor De Gregori en el programa de Fazio…

El psicólogo ha sido meridiano. Cristina bebe un poco de caldo. De nuevo esas palabras. Ese aturdimiento constante de los oídos y de la mente se denomina «intento de fuga». De improviso se siente más serena, tranquila y relajada, como si el nudo que la oprimía se hubiese deshecho. Y la envuelve un calor general que no se debe tan sólo a la cucharada de caldo.

– ¿Puedes apagar la televisión, por favor?

Flavio la mira sorprendido, pero al verla tan decidida no lo piensa dos veces y hace lo que le pide.

Cristina sonríe.

– Gracias… Te ruego que me escuches y que no me interrumpas. He tomado una decisión. Si me amas o si, en cualquier caso, me has amado, te ruego que la aceptes sin discutir. Por favor.

Flavio no contesta. Traga y a continuación asiente con la cabeza sin encontrar una frase que resulte adecuada para ese momento. Cristina cierra los ojos por unos instantes. Luego los abre de nuevo. Se siente serena, ha hecho acopio del valor que necesitaba. Enfrentarse a un fracaso significa dejar de ser ese fracaso. De manera que, sin prisas, empieza a hablar.

– No soy feliz. Un río en crecida parece salirse de repente de su cauce, inunda la tierra que lo rodea, se expande y lo ocupa todo tras haberse liberado. Arrastra todo y a todos. E incluso puede hacer daño.

Pero ella continúa, libre e incontenible, verdadera y sincera. Dolorosa-. Hace mucho tiempo que no soy feliz.

Cincuenta y cuatro

Anna tumba con delicadeza a Ingrid sobre el cambiador. Le quita el pañal y la limpia. Enrico la ayuda cogiendo uno nuevo y el talco.

– Le pondré también un poco de crema.

– Sí, menuda suerte tiene Ingrid de haberte conocido, eres fantástica.

– ¡La verdad es que con ella es coser y cantar! Es una monada, y además es tan buena… -Acaba de cambiarla, vuelve a vestirla y la sienta en el parque abarrotado de muñecos de colores, cojines y dos mantas-. ¡Ahora estás limpia y perfumada!

Anna regresa al cambiador y empieza a ordenarlo. Luego se detiene y alza la cabeza. Mira el cuadro de Winnie the Pooh que hay colgado de la pared.

– ¿Sabes que he discutido con Rocco? Era imposible razonar con él. Somos demasiado diferentes. Además, me pegaba; quiero decir, no sucedía a menudo, pero sí alguna que otra vez. Lo eché de casa.

– Qué me vas a contar… -Enrico se toca el labio partido e hinchado-. Sólo que a mí no me dio tiempo a echarlo… de mi casa; se marchó por su propio pie.

Anna se vuelve y lo escruta.

– Caramba…, no me había fijado. Pero ¿qué te ha pasado? -Se acerca a Enrico y le acaricia el labio. Parece disgustada-. ¿Fue él?

Enrico asiente con la cabeza.

– Sí, vino aquí, dio varias patadas a la puerta, me empujó…

– Pero eso es absurdo. ¿Por qué?

– Y yo qué sé. Mencionó un diario, tu diario. Decía que habías escrito algunas cosas.

Anna se para a pensar.

– Ah, sí… -Parece un poco avergonzada-. Quería que lo encontrara. Quería ponerlo a prueba, comprobar cómo reaccionaba y, de hecho, ha reaccionado. Lo siento, al final quien ha recibido la tunda has sido tú.

– Vaya, de manera que era sólo una prueba. -Enrico la acaricia-. Sea como sea, has hecho bien. No se puede estar con una persona que no te respeta.

Por un momento le gustaría ser Rambo o Rocky. Después piensa en la mole de Rocco y recuerda una frase de Woody Allen: «Me han agredido y me han pegado, pero me he defendido bien. A uno le rompí incluso una mano: necesité toda la cara, pero lo conseguí.

– Si vuelve a molestarte me lo dices, ya nos inventaremos algo… -Sonríe, pero por el momento sólo se le ocurre una solución: la fuga.

Y Anna asiente, serena, comprendiendo que, dado como es Enrico, la mera intención supone ya un gran esfuerzo.

– Claro, gracias.

Cincuenta y cinco

La lluvia cae crepitando un poco más allá de la entrada. Un coche pasa y pisa un pequeño agujero en el asfalto. Levanta un chorro de agua que da de lleno en el bolso de Susanna.

– ¡Gracias, eh! -grita ella al coche que ha desaparecido tras doblar la esquina-. Menudo imbécil. Pero si me ha empapado.

– ¡Hola! ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

De repente oye a sus espaldas la voz de Davide. Susanna siente que se ruboriza. Se vuelve confiando en que, dado que ha oscurecido, él no se percatará.

– Hola… Hoy me ha traído una amiga porque queríamos charlar un poco y ahora pensaba regresar con el metro. Pero llueve y no tengo paraguas para llegar hasta la parada. Por lo general, vengo en coche.

– A eso me refiero, si quieres te llevo yo. ¿Vives muy lejos?

– La verdad es que no… Bueno, a varios kilómetros.

– Está bien, vamos. Mi coche está allí… -señala un Smart Fortwo azul. Susanna arquea las cejas. Davide se da cuenta-. Tengo dos coches. El otro es un BMW.

Ella no le contesta, pero se dice que todos los hombres son idiotas, como si el coche tuviese tanta importancia. También en eso Pietro tiene la culpa, yo antes no pensaba así. ¿Cómo es ese dicho? Detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer… Pues bien, debería acuñar uno nuevo: detrás de un hombre insignificante la mujer puede volverse insignificante también. Sí, es cierto. Un marido puede empeorarte. Pero después sonríe a Davide. Aunque todavía estoy a tiempo de remediarlo.

– Bonito, el Smart. Me habría encantado tener uno, pero ya sabes cómo es, con dos hijos…

– Ah, claro, cuando quieras, sin embargo, te presto el mío…

– Gracias.

Es increíble. Davide es realmente simpático. Eh, que alguien me explique dónde está la trampa.

Llegan junto al coche y suben a él.

– Deja el bolso atrás. Parece pequeño, pero no lo es. Además, los asientos son comodísimos… -sonríe. Enciende la radio y pulsa el botón buscando una emisora, una canción, lo que sea. Pero no le convence y la apaga-. Prefiero hablar contigo… -La mira.

El corazón de Susanna empieza a latir a mil por hora. ¿Qué me sucede? Hacía siglos que no me sentía así. Las calles de Roma desfilan iluminadas y mojadas. Unas pequeñas gotas se alargan sobre el cristal siguiendo el sentido de la marcha. Hay que reconocer que es guapo. Y además, parece simpático. Venga, Susanna. Es más joven que tú. Rondará los treinta. Quizá ni siquiera eso. Puede que tenga ocho o nueve años menos que tú. Bueno, en la televisión dicen que cada vez son más frecuentes las parejas en las que la mujer es mayor que el hombre. Piensa en Demi Moore, en Valeria Golino. Sí, pero ellas son famosas. O puede que no… Cualquier hombre puede sentirse atraído por la idea de conquistar a una mujer más mayor y experimentada que él. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿Pareja? Sólo me está llevando a casa. Susanna mira de nuevo por la ventanilla tratando de alejar ese pensamiento concentrándose en la lluvia.

– ¿Te gusta el kickboxing? -Davide conduce sujetando el volante con una sola mano. Ha apoyado el otro brazo en el borde de la ventanilla-. Es perfecto para mantenerse en forma, ¿sabes? Y, además, ¡es una buena alternativa a las palabras!

Susanna lo mira.

– La verdad…

– No, no me debes ninguna explicación… Si le golpeaste fue porque ya no lo soportabas. Como entrenador puedo decirte que te estoy enseñando bien…

– Es una historia complicada…

– Todas lo son.

Davide sigue conduciendo. Susanna mira afuera.

– Casi hemos llegado. Pasados dos cruces dobla a la derecha. vivo ahí.

Davide sonríe.

– Está bien, a la orden… ¡Si no, yo también me arriesgo a recibir un puñetazo!

– ¡No, ésos sólo se los doy a los maridos! Aquí es, puedes parar.

Davide se arrima a la acera, pone las luces de emergencia y apaga el motor. Susanna hace ademán de volverse para coger la bolsa. Por un instante se pregunta si los niños habrán cenado ya. Si su madre habrá pensado en eso.

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