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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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Y por último Erica, que en apariencia es la que escucha con mayor interés y, en cambio, en su fuero interno la mira aterrorizada. Está loca. ¿Y los demás? ¿Y el resto de los hombres? Tengo que reconocer que Alex le ha dado una sorpresa verdaderamente bonita, preciosa, a decir verdad, pero ¿y después? ¿Qué sucederá después? Bah, yo, en cualquier caso, no pienso casarme, chicas…

Niki interrumpe el hilo de sus pensamientos, sonríe y abre una bolsa.

– ¡Mirad, son para vosotras!

– ¡Caramba, son estupendas! Unas sudaderas de Abercrombie chulísimas… Aquí no las encuentras. Erica se apoya la suya sobre el pecho.

– Me queda de maravilla, pero ¿es verdad lo que dicen, quiero decir, que en la tienda de Nueva York hay unos modelos tan guays, tan superguays, que una sólo se compra la sudadera para poder quitársela cuanto antes a uno de ellos?

– ¡Erica!

Olly desdobla su sudadera curiosa.

– ¿Qué significa este número uno?

Diletta también ve el suyo.

– ¡Yo tengo el dos!

Erica no podía ser menos.

– ¡Y yo el tres!

Niki sonríe.

– No es un orden numérico… Significa que vosotras tres…, una, dos y tres, ¡seréis mis testigos!

– ¡Qué bonito! Nos alegramos mucho por ti, Niki.

Se abrazan conmovidas, asombradas por ese momento increíble que están compartiendo. Con miedo y emoción. Sabían de sobra que tarde o temprano le ocurriría a una de ellas. Ninguna, sin embargo, había imaginado que sucedería tan pronto. Ni siquiera a Niki.

Cincuenta y dos

Varios golpes fuertes y repetidos en la puerta. Enrico se vuelve. ¿Quién será? Los golpes prosiguen. Parecen patadas. ¿Están locos? Enrico se apresura a abrir.

– ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

Nada más abrir la puerta, un chico alto y fornido como un armario, con el pelo rapado y una camiseta negra ajustada, lo empuja con fuerza y lo hace caer al suelo en el salón. Enrico evita que la cabeza golpee el suelo manteniéndola alta, pero cae de espaldas con violencia sobre el parquet. Apenas se lo puede creer. No entiende lo que está pasando. ¿Se trata de un robo? ¿De una agresión? Pero ¿quién es ese tipo? Después lo mira con más detenimiento y lo reconoce. Sí, eso es, lo ha visto salir a veces con Anna. Es su novio. Según parece, se llama Rocco. Sí, Rocco.

– Pero ¿estás loco? ¿Qué quieres? Mi hija está durmiendo en su cuarto, ¡no hagas ruido! De todas formas, si estás buscando a Anna, que sepas que no está. -Enrico se levanta a duras penas, cabecea, se siente un poco atontado.

– Anna me importa un comino, a quien busco es a ti… -Vuelve a empujarlo.

Esta vez Enrico acaba en el sofá. Por un instante, sólo por un instante, vuelve a ver la escena de la película Notturno bus, cuando el enorme Titti entra en la casa de Franz, Valerio Mastandrea, poco menos que echando la puerta abajo, y lo empuja violentamente porque está cabreado con él, dado que todavía no le ha pagado una deuda de póquer. En resumen, que se siente como Franz. Porque el tipo cuestión se parece a Titti.

– Sí, te busco a ti. Te he descubierto, ¿sabes? Lo he leído todo.

– ¿A qué te refieres con todo? ¿Qué quieres de mí?

– Ni lo intentes. ¡He visto lo que Anna ha escrito en el diario! -Le da otra patada a Enrico, que vuelve a caer al suelo. Rocco se da media vuelta y sale sin pronunciar palabra.

Enrico permanece echado. Completamente aturdido hasta que, por fin, consigue comprender la situación. Lo absurdo de esa historia. A decir verdad, a mí Anna no me ha dicho nada. Sólo está seguro de una cosa. Le duele la mandíbula.

Cincuenta y tres

Cristina sigue cocinando, prueba la sopa con el cucharón. No. Así no va bien, está sosa. Abre el salero y añade un poco de sal. A continuación echa también caldo vegetal granulado. Media cucharadita. Después ladea la cabeza y reflexiona. Sí, también un poco de guindilla. Venga. La parte por la mitad y la echa en la sopa. Sostiene el teléfono con la mejilla contra el hombro derecho para tener las dos manos libres y seguir escuchando el desahogo. Más que justificado.

– Hemos roto para siempre. Lo he echado de casa con todas sus cosas. -Susanna se interrumpe por un momento al otro lado de la línea. Después prosigue-: ¿Y sabes lo que te digo? Que no sé por qué no lo hice antes. En el fondo siempre he sabido que tenía otra; desaparecía, entraba y volvía a salir, a veces incluso hasta altas horas de la noche, de vez en cuando incluso los fines de semana. ¡Venga ya! ¿Desde cuándo se celebran también reuniones de trabajo el sábado y el domingo? ¡Sólo le ocurría a él! ¡Era el único que tenía clientes así!

Cristina prueba de nuevo el caldo. Ahora está mejor. La historia de Susanna es, cuando menos, curiosa. -¿Y cómo lo llevas? Quiero decir, ¿qué dicen tus hijos, por ejemplo? -Cristina la escucha sin dejar de remover.

– Mira, he hablado largo y tendido con ellos. Nosotros pensamos siempre que no nos entienden…, pero te digo que no es así, son ya muy maduros y responsables. Mi hijo me vio llorar. ¿Sabes lo que me dijo?

«Si has decidido así, está bien, mamá. A nosotros nos parece bien, pero, te lo ruego, no llores más.» ¿Comprendes? ¡Eso sí que es un hombre! ¡Quiere que sea feliz! ¡No como ese invertebrado de Pietro! ¡Mira, cuanto más lo pienso, más creo que estaba loca cuando me casé con él!

– Sí… -Cristina se echa a reír al otro extremo de la línea-. Loca de amor…

– ¡No! ¡Por las tonterías que me contaba! Bueno, ahora debo dejarte porque tengo que ir a preparar… -Susanna se interrumpe un instante y se da cuenta de que no le ha preguntado nada a su amiga-. Y tú, ¿cómo estás?

– Bien.

– ¿Segura? ¿Todo va bien?

– De maravilla, estoy contenta. Si te parece hablamos mañana o más tarde, no tengo intención de salir.

– Está bien, hasta luego.

Cristina cuelga el teléfono y lo apoya en el borde de la pila. Luego lo mira. Bien. ¿Por qué he dicho que estoy bien? No tenía ganas de hablar. No me apetece contar mis cosas, escucho a todo el mundo, pero nunca tengo el valor suficiente para expresar mis sentimientos. Qué coñazo. No, así no va bien. Tengo que ser capaz de decírselo, tengo que admitirlo, a mí misma y a los demás. Debo decirlo. Y, casi con rabia, tapa la cacerola haciendo salir un poco de caldo que, inocente, y sin saber el motivo de esa cólera repentina, cae un poco más lejos. Cristina parece debilitada por la confesión tan sincera y personal que acaba de hacerse a sí misma. A continuación se deja caer en la silla, delante de la mesa y de la televisión y, casi sin darse cuenta, coge el mando y la enciende. Como suele suceder, parece un juego del destino. Burlón, divertido y amargo. En la pantalla aparece un psicólogo en primer plano, como si la cámara pretendiera atribuir aún más importancia a lo que está a punto de decir.

– Es irremediable, a veces somos incapaces de hablar y eso no hace sino aumentar nuestro dolor. El verdadero problema es que no conseguimos admitir nuestro fracaso, y no un fracaso concreto. Poco importa de qué tipo sea; la imposibilidad de contarlo nos impide comprenderlo de verdad, afrontarlo, resolverlo y analizarlo. Tenemos tendencia a ocultar esa incapacidad por las razones más variadas nos dedicamos a traicionar, a estar siempre rodeados de gente, a escuchar sus historias o a comprar compulsivamente cosas inútiles. Este caos, este ruido existencial, esta forma de cerrar los ojos, los oídos y la mente se denomina «intento de fuga». Pero es difícil que se pueda seguir así eternamente, tarde o temprano la persona se derrumba, y cuando esto sucede basta una chispa…

Poco a poco, la mente de Cristina se evade, se aleja, deja de oír esas palabras y se guarece en sus pensamientos. Se ve cuando era joven. En una playa, corriendo delante de Flavio, que la persigue. Se caen al agua riéndose. Eran las primeras vacaciones que pasaban juntos en Grecia, en Lefkada. Luego sigue hundiéndose en los recuerdos, una noche de esa misma semana. Caminan por el paseo marítimo y llegan hasta la punta donde hay un pequeño faro que emite una luz verde intermitente, y allí, ocultos en la penumbra, entre escollos y recovecos, detrás de un cañaveral que se balancea con la brisa nocturna, hacen el amor. Cristina se acuerda perfectamente de ese momento y sonríe mientras juguetea con la cuchara sobre la mesa, esa locura, ese deseo repentino, eran jóvenes y estaban hambrientos de amor, besos casi robados entre mordiscos, entre el sonido ligero que producían las cañas agitadas por el viento, de las olas del mar, rebeldes espectadoras de su sana pasión. Otro recuerdo repentino. El blanco de la nieve iluminada por el sol. Un día precioso en Sappada, junto a Cortina, deslizarse por la nieve fresca manteniendo el equilibrio, agachándose ágiles y veloces, hacia adelante y hacia atrás, manteniendo las puntas de los esquís en alto para no frenar. Se acuerda como si hubiese sucedido ayer. Casi le parece verlo de nuevo como si de una Película se tratara. Una bonita película de amor. Y ese beso bendecido Por el sol. Las manos ávidas de pasión que hurgan en el interior de la ropa, se quitan los esquís a toda prisa, se refugian detrás de una roca Para seguir desnudándose, jadeando rebeldes, enloquecidos por ese amor tan hermoso, pleno, niño, tonto y caprichoso que es imposible controlar. Después vuelven a esquiar hasta tarde, enamorados sin más. Qué cosas, piensa Cristina mientras coloca la cuchara en su sitio. Éramos increíbles. El amor nos inquietaba, nos agitaba. ¿Y ahora? ¿Dónde hemos acabado ahora? Y se ve tristemente ofuscada, casada, sí, pero poco menos que harta del amor. Qué tristeza. Cansada de amor, sentada, justo como ella en ese instante, delante de un psicólogo que casi parece estar hablando del fin de su bonita historia… En ese momento oye que se abre la puerta.

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