Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
Cincuenta y uno
Olly corre por toda la casa intentando ordenar el inmenso caos que la rodea. Hace desaparecer la mayor parte de los vestidos que están desperdigados por el suelo en el interior de una gran cesta de mimbre que hay detrás de la puerta del cuarto de baño. Arroja dentro del armario las botas y los zapatos. Cubre con una gran tela un sofá abarrotado de CD y de DVD. Echa otros vestidos a una segunda cesta y después, tras darse cuenta de que no caben, los aplasta con un pie. Comprueba satisfecha que, con cierto esfuerzo, ha logrado el objetivo deseado.
Coge de la bolsa del GS unas cuantas botellas de agua y las mete en la nevera, cuatro bíteres en el primer estante, una Coca-Cola grande en la puerta y, por último, esconde bajo la carne que hay en el congelador una botella de Dom Pérignon.
Ya está… Ésta no creo que la abra… Aunque nunca se sabe… Y, en caso de que haya una buena noticia, ¡ya está lista! Si no la abro esta noche -piensa-, tendré que acordarme de sacarla del congelador Para que no estalle. Luego sigue vaciando la bolsa, los vasos de plástico, los platos y las servilletas. Varios canapés deliciosos, pizzas pequeñas y una caja de Lindt. Saca tres cuencos del aparador y llena cada uno de ellos con una cosa. Echa en otros dos patatas fritas y pistachos. A continuación, intenta abrir la bolsa de las palomitas, tira de los extremos con las dos manos pero, ¡plop!, ésta se abre de golpe y las hace saltar por los aires. Olly trata de atrapar algunas al vuelo, pero la mayor parte acaban en el suelo.
– ¡Menuda lata! Sólo me faltaba esto.
Mete las que no se han caído en otro cuenco y empieza a recoger las que están en el suelo con las manos. En ese instante llaman al interfono. Se acerca al cubo de la basura, arroja las palomitas que ha recogido y a continuación abre sin preguntar siquiera quién es. Va a buscar la escoba y el recogedor y acaba de limpiar el suelo de palomitas haciéndolas desaparecer a toda velocidad en el cubo de la basura. Justo a tiempo, se dirige hacia la puerta. En esta ocasión, sin embargo, echa un vistazo por la mirilla.
– ¿Qué pasa?
Erica entra jadeante.
– Pues no sé, esperaba que tú me dieses la noticia. -Se quita el abrigo, el sombrero y la bufanda y los tira al sofá.
– Perdona… -dice Olly mirándola con los zapatos en la mano-, ¿quieres que los meta en el armario?
Erica arquea las cejas sorprendida.
– ¿Qué pasa? ¿Se te ha subido el trabajo a la cabeza? Señoras y señores, en lugar de El diablo viste de Prada, aquí tenemos a «Olly, la amita de su casa».
– ¡Qué simpática eres! Dado que me han pedido este favor…
– Y dado que, sobre todo, eres la única con una familia rica que te permite vivir por tu cuenta…
– Que sepas que yo trabajo… Y, además, pago la mitad del alquiler… -Olly le sonríe a Erica-. Bueno, la verdad es que lo haré a partir de mayo…
– ¡Vaya, veo que has exprimido bien a tu mamá!
– Fue ella la que insistió…
– A saber por qué. ¡Quizá quería despejar su casa!
Olly la mira con cara de pocos amigos.
– Te equivocas, eres muy malpensada. Mi madre no es una descerebrada como tú. Ha viajado mucho al extranjero y asegura que en toda Europa los jóvenes se independizan cuando empiezan la universidad.
– Es cierto, pero ¿a cuántos les paga la casa su mamá? ¡Dile que en la mayor parte de Europa los alquileres son mucho más bajos que en Italia!
Olly opta por ceder. No puede decirle que, además, su madre ha
comprado esa casa. El alquiler es sólo un pretexto para mantenerla vinculada a ella de alguna forma.
– Oye, en lugar de dedicarte a despotricar podrías echarme una mano, venga…
– ¿Qué tengo que hacer?
– Abre las bolsas de los vasos y los platos…
– Como quieras. ¿Dónde están?
– Dentro de ese armarito, encima de la pila.
– Ah, sí, ya los veo.
Erica los coge, abre las bolsas y los coloca sobre la mesa. A continuación coge las servilletas, apoya encima la mano con un hábil movimiento y finalmente las aplasta. Gira completamente sobre sí misma disponiéndolas en círculo en medio de la mesa. Un instante después, el interfono vuelve a sonar.
– Yo iré -Erica corre a abrir-. ¡Es Diletta!
Acto seguido abre la puerta.
– Entonces, ¿sabes algo?
Diletta sacude la cabeza.
– Lo único que sé es que debía traer esto.
Erica la mira fijamente.
– Pero ¿quién te lo dijo?
– ¡Olly!
Ésta aparece en la puerta de su dormitorio. Se ha cambiado de ropa. Erica la mira disgustada.
– No me lo puedo creer. Le has hecho comprar los canapés de Mondi y los de Antonini. Crueldad por partida doble… Ahora que había logrado perder un kilo, ¡recuperaré dos esta noche!
Olly esboza una sonrisa.
– Tú prefieres los de Mondi, yo los de Antonini… No entiendo por qué, en una bonita velada como ésta, en la que por fin podemos reunirnos las cuatro con un poco de calma, debemos privarnos de lo que nos gusta.
Diletta sonríe.
– ¡Así se habla! De hecho, para ser un poco egoísta, he traído el helado de San Crispino que me pirra: fruta y crema…
Erica se aleja sacudiendo la cabeza.
– Os odio, lo vuestro es un orgasmo culinario…
– ¿Qué quieres decir? -Olly la mira con curiosidad-. Es la primera vez que lo oigo.
– Que me comería todo lo que hay… y disfrutaría como una loca.
Diletta se echa a reír.
– No me has dejado acabar… Ya que estamos hablando del tema, he traído también los rollitos sicilianos rellenos de requesón de Ciuri Ciuri…
– ¡No me lo puedo creer, tú también eres una macarra provocadora, una maliciosa! Eso sí que no…
Llaman al interfono. Olly va a abrir.
– ¡Sois unas guarras famélicas!
– ¿Eso crees? -Erica la mira con candidez-. Yo siempre estoy a dieta.
– Sí… ¡A la hora de comer!
– Venga, venga… Abriré la puerta y nos sentaremos a esperarla en el salón. ¡Venga, pongámonos aquí! ¡Así nos verá cuando entre!
Olly, Diletta y Erica corren a echarse sobre el sofá. Olly se sienta con las manos sobre las rodillas.
– ¡Venga, haced como yo!
Las otras la imitan y esperan impacientes a que la puerta se abra. Oyen detenerse el ascensor y a continuación sus pisadas.
– Hola, ¿ya habéis llegado todas? -Niki entra y cierra la puerta, acto seguido da algunos pasos y las ve sentadas muy modositas sobre el sofá.
Olly arquea las cejas y habla con curiosidad, pero sin perder sus maneras elegantes.
– Veamos, nos encantaría saber cuál es el motivo de esta convocatoria…
Niki se echa a reír y sacude la cabeza.
– ¿Os habéis vuelto locas? Así no estoy dispuesta a decir ni mu. Al contrario, ¿sabéis lo que pienso hacer? Me marcho. -Hace ademán de alejarse, pero sus amigas la rodean al instante.
Olly, la más rápida de todas, cierra bien la puerta con el pasador.
Diletta le coge el paquete que lleva en la mano izquierda, Erica el que lleva en la mano derecha, y a continuación los ponen sobre la mesa.
– ¡Tú no vas a ninguna parte! ¡Habla de inmediato si no quieres que te torturemos!
– No, de acuerdo -Niki esboza una sonrisa y se quita el abrigo.