Perdona Pero Quiero Casarme Contigo
- Автор: Моччиа Федерико
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
– ¿Estás en casa, cariño? -Flavio cierra la puerta, deja la bolsa sobre la mesa de la entrada, se quita el abrigo, lo arroja sobre el sofá y se dirige hacia la cocina-. ¿Cri? ¿Dónde estás? -Entra y la encuentra delante de los fogones-. Ah, estás aquí. Pero ¿por qué no me has contestado? Mira lo que he comprado… ¡La cafetera de George Clooney! -La deja sobre la mesa y acto seguido abre la nevera para buscar algo de beber-. Supongo que preferirías que te la trajese él en persona, ¿eh?
Las palabras del psicólogo retumban en la cabeza de Cristina: «Compran cosas inútiles de forma compulsiva… para ocultarse, para cerrar así ojos, para seguir adelante como si nada…» Lentamente se echa a llorar, en silencio, de cara a la pared.
– ¿Cri? ¿No dices nada? ¿Te gusta? ¿Te alegras de que la haya comprado?
Flavio se vuelve y se queda boquiabierto. El corazón le da un vuelco, está desconcertado, asombrado, sinceramente sorprendido.
– ¿Qué te ha pasado, cariño? -Flavio se acerca a ella. Casi de puntillas, aterrado de que pueda suceder algo más, de que la situación se precipite posteriormente-. ¿Lloras porque hemos discutido?
Cristina niega con la cabeza, no consigue hablar, sorbe por la nariz, sin dejar de llorar, mira al suelo, pero sólo ve las baldosas, las que eligieron juntos cuando decidieron cómo decorar la cocina. Las ve desenfocadas, ofuscadas por las lágrimas, cada vez más grandes. No logra articular palabra, tiene un nudo en la garganta. Las palabras del psicólogo vuelven a retumbar en su mente: el verdadero problema lo constituye la imposibilidad de reconocer el propio fracaso, y no el fracaso en sí mismo. Flavio apoya una mano bajo la barbilla de ella, prueba a levantarle la cara con dulzura, ayudando el movimiento con dos dedos, y busca su mirada. Cristina aparece ante sus ojos con el semblante transido de dolor y los ojos anegados en lágrimas. Por fin logra hablar.
– Ya no estoy enamorada.
Flavio apenas puede creer lo que acaba de oír.
– Pero ¿por qué dices eso?
Cristina se sienta y tiene la impresión de haber superado un obstáculo, de haber salido de un agujero negro, de haber saltado un muro que le parecía insalvable, quizá de haber salido de ese pozo oscuro donde se estaba hundiendo inexorablemente.
– Porque lo nuestro se ha acabado, Flavio. No te das cuenta, no quieres darte cuenta. Mira, no dejas de comprar cosas nuevas: un exprimidor eléctrico, la televisión de plasma, el horno microondas… En esta casa sólo hay electrodomésticos modernos y caros. ¿Y nosotros? ¿Qué ha sido de nosotros?
– Estamos aquí… -Flavio se sienta delante de ella consciente de lo pobre de su respuesta comparado con el problema que Cristina le acaba de plantear. De manera que prosigue, intentando mostrarse más seguro y convencido-: Estamos aquí, donde estábamos, donde siempre hemos estado.
Ella niega con la cabeza.
– No. Ya no estamos. La presencia no basta…, así no. Ya no hablamos, no nos contamos nada de nuestro trabajo, por ejemplo… De nuestros amigos. Sin ir más lejos, no me comentaste lo de Pietro y Susanna.
– Porque no sabía cómo decírtelo…
Flavio se agita nervioso en la silla. Ya está -piensa para sus adentros-, ese capullo de Pietro y sus líos siempre tienen la culpa de todo. Cristina lo mira y esboza una sonrisa.
– Pero no me refiero a eso…, da igual. Pese a que demuestra una vez más que no tienes ganas de compartir conmigo las cosas como antes, el verdadero problema es que ya no estoy motivada… Ni siquiera me he enojado porque no me lo hubieras contado… Da la impresión de que seguimos adelante porque no hay más remedio, pero la vida no debe ser así, ¿verdad? Hace falta entusiasmo… Incluso cuando pasa el tiempo. Mejor dicho, sobre todo cuando pasa el tiempo.
Crecemos, cambiamos, y estar juntos implica contarse las cosas, comunicar esos cambios para construir un nuevo equilibrio… Y a la vez seguir siendo nosotros mismos, pero diferentes, más grandes y ricos en experiencias. En cambio, nosotros estamos aquí como dices tú, sí pero hemos quedado reducidos a la imagen de lo que éramos, a un mero reflejo. Nosotros estamos ya en otra parte…
– Sí, eso es cierto… -En realidad, Flavio no sabe qué decir, de manera que sólo se le ocurre lo peor-. Dime la verdad… ¿Has conocido a otro?
Cristina lo mira sorprendida. Decepcionada. Como cuando un anhela contar un problema y, cuando por fin le salen las palabras, la persona que tiene delante, la destinataria de la sinceridad no está… no lo capta…, no lo entiende. Porque en realidad se encuentra en otro lugar.
– ¿Y eso qué tiene que ver?… Parece que no me conoces.
– No me has contestado.
Cristina lo mira ahora con dureza.
– Mi comportamiento debería valerte como respuesta. No. No he conocido a nadie. ¿Estás contento?
Flavio permanece en silencio. ¿Me estará diciendo la verdad? Si hubiese conocido a alguien, ¿me lo diría? Hay que reconocer que hace mucho tiempo que no hacemos el amor… y que cuando lo hacemos…
– ¿En qué estás pensando?
– ¿Yo? En nada…
– No es cierto. Lo sé.
– ¿Qué es lo que sabes? ¿Sabes en qué estoy pensando?
– No. Sólo sé que no me estás diciendo la verdad.
– Te la he dicho: en nada. -Cristina sacude la cabeza-. No me entiendes.
– Como quieras… -Flavio exhala un suspiro-. Trataba de comprender si me estás mintiendo o no. ¿Has conocido a otra persona?
Cristina suspira largamente. Nada. Es imposible. Insiste. No me cree. No logra creerme. O hay otro hombre o el problema no existe. Ahora Cristina está enfadada: ¿acaso ella no cuenta? Pero ¿es que sólo el engaño es digno de atención?
– No lo entiendes, no quieres entender el problema. No he conocido a nadie, si es eso lo que te interesa. -Acto seguido apaga el fuego
pone la cacerola sobre la mesa, coge el cucharón y empieza a servir el caldo en los platos.
Flavio no sabe qué decir.
– Voy a lavarme las manos. Ahora vuelvo.
Poco después se sientan a comer uno frente a otro. El silencio es insoportable. Y el zapeo de Flavio no hace sino empeorarlo.