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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– Espera.

Susanna lo mira.

– Si sales ahora, te empaparás. Por desgracia yo tampoco tengo un paraguas para prestarte. Espera al menos un segundo a que pare un poco…

Susanna se vuelve de nuevo hacia adelante.

– A estas alturas…

– ¿A estas alturas, qué? Nunca digas «a estas alturas».

Es cierto. Nunca digas «a estas alturas». Parece el título de una nueva película de James Bond únicamente para mujeres -piensa Susanna-. Pero ¿por qué sigue latiéndome tan fuerte el corazón?

Davide le sonríe.

– Es como la lluvia, ¿no? ¿Has visto la película El cuervo?

– No, lo siento…

– No, no debes sentirlo. En cualquier caso, en ella alguien decía algo así: «No puede llover siempre.» La vida está llena de sorpresas, a menudo maravillosas… Y, además, no todos los maridos se merecen que se los tumbe de un puñetazo…, o quizá sí, puedes hacerlo, ¡pero depende de cómo… y de dónde! ¡Sobre el colchón es muy diferente! -Ríe.

Se da cuenta de que Susanna se ha quedado un poco asombrada. Entonces la sacude un poco hasta que ella no puede por menos que echarse a reír también. Se siente ligera. Recuerda cuando era joven alguien que le había acelerado el corazón la acompañaba a casa así, sin más, y se quedaban hablando incluso durante dos horas, y quizá antes de apearse del coche la encadenaba con la mirada, sus rostros aproximándose cada vez más…

– ¡Mira! Ha dejado de llover. Si sales ahora no te mojarás. Venga, yo te pasaré la bolsa… -Y esta vez se gira él. Aferra la bolsa y se la da-. Aquí tienes, nos vemos pasado mañana en clase, ¿no?

– Por supuesto, gracias por acompañarme… -Después Susanna abre la puerta, lentamente, como si esperase algo, como si desease… Pero nadie la frena, de manera que en un abrir y cerrar de ojos se encuentra fuera del coche. Cierra la puerta y hace ademán de cruzar la calle.

– En cualquier caso…

Susanna se vuelve y ve que Davide ha bajado la ventanilla.

– Cuando quieras te hago de chófer, será un placer -sonríe y sube el cristal.

Susanna le sonríe a su vez y se vuelve de nuevo. Se percata de que su paso ha cambiado, de que ahora su movimiento es más fluido, de que incluso se contonea ligeramente. Y se ruboriza de nuevo, sorprendida de ese repentino coqueteo y, sobre todo, del tiempo que llevaba sin hacer una cosa similar.

Cincuenta y seis

Olly coloca los vasos en su sitio. Sacude los restos de patatas fritas de la mesa. Mete las botellas en la nevera. A continuación se sienta en el sofá con las piernas cruzadas. Sola. Sus amigas se han marchado hace una media hora. Niki se casa. Es increíble. De repente se le saltan las lágrimas. Se echa a llorar. Mi amiga se casa. Se hace mayor. De alguna forma, algo se acaba. Una época. La nuestra. La adolescencia. Y yo no me considero preparada. Todavía me siento muy joven. Pero ella se casa. Da ese paso tan importante. Parece que ha pasado toda una vida desde que correteábamos por los pasillos del instituto y hacíamos el tonto en el recreo. Y las salidas nocturnas. Los conciertos. El diario en el que escribíamos. Cuando nos cubríamos la una a la otra. Cuando se quedaba a dormir en mi casa. Es inútil decir que nada cambiará. Porque todo cambiará. Después nada será igual. Tendrá un marido y ya no le quedará tiempo para nosotras. Y eso que nos prometimos que ningún hombre nos separaría nunca. Palabras. Simples palabras. De repente se siente egoísta, mala, mezquina e indefensa. Pero se sobrepone orgullosa. No. Soy yo la que se equivoca. Debería alegrarme por ella, parece muy feliz y, en cambio, digo que la echaré de menos, que el matrimonio me la arrebatará. Sí. Lo pienso. Y quiero ser sincera conmigo misma. Quizá la envidio. Puede que sólo tenga miedo. Pero ahora, en este instante, no logro sonreír. Olly piensa en Giampi. En su Giampi. Le gusta mucho. ¿Se casaría con él? Tal vez, aunque ahora no, por descontado. Hay algo que la inquieta. La manera en que habla con otras mujeres. Da la impresión de que se ve siempre obligado cortejarlas. Las Olas le han dicho mil veces que Giampi es sólo un chico amable y abierto, que no parece un tipo que lo intenta…, ¡un pulpo! Dios mío, qué palabra tan espantosa… Pero Olly no puede remediarlo. Está celosa. Como jamás lo ha estado en su vida. Y ahora, tras saber la noticia de Niki, siente que el mundo se le viene encima. Como si todo aquello en lo que siempre ha creído desapareciese de golpe. Niki. Mi amiga. Vestida de blanco. Niki y el valor de crecer. De tomar una decisión tan importante. Una mujer. Madura. Diferente. Inconsciente. Sí, una inconsciente, eso es lo que es, con todas las cosas que se oyen hoy en día sobre el matrimonio. Gente que se casa y que se separa al cabo de un año. Familias destrozadas. Y, en cambio, ella parece tan convencida. ¿Cómo es posible? Olly coloca mejor las piernas. Se reclina un poco hacia atrás y apoya la cabeza en el sofá. Cierra los ojos y siente un extraño vacío en el estómago. Una especie de presentimiento.

Cincuenta y siete

Erica aparca debajo de su casa. No es muy tarde. Ni siquiera es la una. Han acabado pronto. Todas tenían algo que hacer al día siguiente. Malditas prisas. Ya no es como antes. Los ritmos han cambiado. Incluso para la amistad. Han decidido acostarse temprano después de la reunión inesperada que convocó Niki. Quizá se deba a la noticia que les ha comunicado. Antes de apearse del coche se para a pensar. Todavía le cuesta creerlo. Niki se casa. No me parece verdad. ¿Se habrá vuelto loca? Yo no podría hacerlo. Casarme a los veinte años. Perder la libertad. Tener un compromiso serio con alguien. Vivir en pareja. Ser fiel. Para siempre. Compartir alegrías, dolores y costumbres. Cambiarlo todo. Abandonar mi casa, a mis padres. Y, en parte, también a las amigas. Mis amigas. Mis oportunidades de hacer, de conocer y de decidir quién me gusta y quién no. Casarse significa dejar atrás todo eso. Significa cerrarse al mundo. Y, por si fuera poco, a los veinte años… Al menos a los cuarenta. Pero a los veinte, no. ¿Cuántas historias circulan de gente que se casa pronto y que después se separa antes incluso de los dos años porque se da cuenta de que la cosa no funciona? Porque antes no han reflexionado lo suficiente. Es inútil decir que todo seguirá siendo como antes, no es cierto. De alguna forma, Niki nos está abandonando. Me alegro por ella, claro, siempre y cuando esté convencida, pero no sé por qué me da también un poco de rabia. No puedo fingir. Puede que nunca se lo diga. No quiero que piense que no estoy contenta por ella. Es mi amiga. Pero aun así no consigo compartir del todo su elección. No lo consigo. De alguna manera tengo la impresión de que nos ha traicionado. Como si hubiese antepuesto su felicidad al hecho de estar juntas, de ser las Olas. Sé que ni siquiera debería pensarlo. Pero no lo puedo evitar.

Erica saca la llave del contacto. Se apea y cierra el coche. Por la cabeza le rondan unos pensamientos en los que se entremezclan la tristeza y la rabia. Y la sinceridad.

Cincuenta y ocho

Introduce la llave en la cerradura. Entra sigilosamente. Aunque lo cierto es que casi nunca lleva tacones. Diletta adora las bailarinas y, esta noche, para ver a sus amigas, se ha puesto un par de color azul claro con unos lunares marrones y un lazo a juego. Cierra la puerta a sus espaldas. Cruza el pasillo y entra en el dormitorio. Nadie la ha oído. Mira el gran reloj que hay colgado encima de la cama. La una y diez. La verdad es que hablando se les ha hecho tarde. Diletta repasa mentalmente todas las palabras que acaban de decirse en casa de Olly. No es posible. ¿Será cierto? Sí. Por un instante tiene miedo. Miedo de que todo se acabe. Su amiga se casa. ¿Y después? ¿Cómo impedir que cambien las cosas? Le viene a la mente una canción de Renato Zero: «Qué haces ahí solo, en pareja el vuelo es más azul, es hermoso, amigo, es todo, amigo, es la eternidad, es lo que permanece mientras todo se aleja, amigo, amigo, amigo, el amigo más guay será él que resista. ¿Quién resistirá?» Pues sí… ¿Quién? Se casa. Diletta repite esas palabras una, dos y hasta tres veces. Se casa. Eso quiere decir que crece, que madura, que se convierte en una mujer. Tendrá un marido, una familia e hijos. Estudiará y trabajará, y cada vez tendrá menos tiempo para mí, para nosotras. ¿Cómo es posible que no le asuste dar un paso semejante a los veinte años? Diletta se desnuda con parsimonia y se pone el pijama. Acto seguido se sienta en la cama con las piernas cruzadas. De improviso, esboza una sonrisa. Piensa en sí misma, en su situación. En todos los miedos que ha padecido de noche, cuando se despertaba de golpe con los ojos desmesuradamente abiertos y el corazón latiéndole enloquecido. El deseo de escapar y de buscar otra solución. Definitiva. Absoluta. Sin apelación. Pero después pensaba que era absurdo, que jamás conseguiría eludir así su futuro. Y luego el miedo la atenazaba otra vez. Quizá Niki también se sienta así, aunque haga todo lo posible para disimularlo. Se mira al espejo que hay delante de la cama. De repente se ve un poco más mayor. La expresión de sus ojos es diferente, más intensa. Esta noche, sin embargo, casi siente cierto alivio. Pero ¿qué estoy diciendo? Si ella tiene miedo, ¿qué debería decir yo? Si ella lo hace, si Niki es capaz de dar un paso como ése, yo también puedo hacerlo. Le viene a la mente otra idea: «El amigo más guay será el que resista.» ¿Quién será? Pero ¿por qué tiene que casarse tan pronto? Es un paso importante. Demasiado. Será fagocitada por toda una serie de cosas que la superarán. Perderá la libertad, la posibilidad de hacer lo que le gusta. Otras experiencias, estudiar en el extranjero, yo qué sé, todo lo que se hace cuando una no está casada. Cuando eres libre de elegir sin necesidad de rendir cuentas a nadie. Cuando delante de ti sólo se abren nuevas posibilidades y caminos. Pero no he logrado decírselo. Por una parte, me alegro por ella, estaba radiante. Pero, por otra, también siento miedo, e incluso rabia. Rabia, sí, porque lo mires por donde lo mires se acaba algo importante. Una etapa. Una vida. Nosotras y nuestra manera de ser. Y, de alguna forma, ella es la primera que se marcha. Se avergüenza un poco de haberlo pensado. Las Olas. Siempre juntas, suceda lo que suceda. Ahora se enfrentan a un nuevo retro. Diletta coge el móvil que ha colocado a su lado. Abre el menú de mensajes. Selecciona «Nuevo». Empieza a teclear a toda velocidad usando el T9. «¿Qué te parece?», y envía una copia doble. Pasados treinta segundos la pantalla se ilumina y el móvil vibra. Olly siempre es la más rápida en contestar. Diletta abre el sobrecito parpadeante. «Bueno, me ha causado un efecto… ¡Me ha dejado de piedra! En parte me da rabia… No tengo nada contra ella, pero me da rabia pensar que las cosas van a cambiar…» Pasados unos segundos recibe la respuesta de Erica. «Creo que está loca, casarse a los veinte años… Sólo pensarlo me aterroriza…» Las tres están de acuerdo y tienen las mismas dudas. Les contesta: «Sí, yo también opino lo mismo, pero aun así la protegeré con todo amor… de Ola. Buenas noches.» Diletta extiende las piernas, se mete en la cama y se tapa hasta los ojos como cuando era pequeña. La cama que ya tenía cuando era niña. Un poco corta, pero, en cualquier caso, suya. Disfruta con los pies de todos sus rincones. Seguridad. El refugio donde nadie puede entrar. Se siente protegida y olvida por un instante la extraña sensación que le ha producido la noticia de Niki.

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