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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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– ¡Madre mía, qué pesadez! -Simona le da un golpe en el hombro.

Un instante después, Niki vuelve a entrar en la sala acompañada de Alex.

– Aquí estamos…

– Pero ¿dónde estaba? ¿Escondido en tu habitación?

– No… Es que no encontraba aparcamiento -Niki tiene preparada la excusa. Al menos eso.

Alex y Niki se miran sonrientes. En realidad ella lo ha «aparcado» en el rellano porque antes quería prepararlo todo, llamar a sus padres y después darles la noticia.

Niki mira por última vez a Alex, que inspira, exhala el aire y a continuación sonríe a los padres de su novia. Apretando con fuerza la mano de ella, lo suelta todo de carrerilla.

– Niki y yo queremos casarnos… Esperamos que nuestra decisión os alegre. Roberto, que intentaba acomodarse en el puf, apoya mal la mano, resbala y se cae al suelo.

– ¡Papá! -Niki suelta una carcajada-. ¡No te lo tomes así!

Simona ayuda a su marido a ponerse de pie.

– No era mi intención, te lo juro…

Simona lo deja y echa a correr hacia su hija.

– ¡Pero eso es fantástico, cariño! -le dice abrazándola.

– No puedo ser más feliz, mamá. No sabes cuántas veces he ensayado estas palabras, de noche en mi cama, en el cuarto de baño.

Alex asiente con la cabeza.

– ¡Y al final he tenido que decirlo yo!

– Es verdad, pero ¿quién debía hacerlo si no? -Roberto se aproxima a Alex-. Ven aquí -le dice y los dos hombres se estrechan en un abrazo rudo y masculino. Roberto le da también unas palmaditas en el hombro-. Bien, me alegro mucho por mi hija. -A continuación abraza también a Niki.

– Oh, papá… Te quiero mucho.

Simona abraza a su futuro yerno, sólo que de manera más circunspecta.

– Esto hay que celebrarlo -dice tras separarse de él-. Tenemos una botella en la nevera que reservábamos para una gran ocasión. ¿Y cuál mejor que ésta?

Roberto se apresura a seguirla.

– Te acompaño, amor mío… ¡Voy a cogerla contigo!

Cuando se quedan a solas en la sala, Alex y Niki se abrazan radiantes.

– ¿Has visto, Niki? No hacía falta preocuparse tanto, a menudo las cosas resultan más fáciles de lo que uno imagina…

– ¿Tú crees?

– ¡Por supuesto! ¿No has visto lo contentos que se han puesto tus padres?

– Mi padre se ha caído de culo al oír la noticia.

– Resbaló del puf, eso es todo. Venga, no tiene nada que ver con lo que hemos dicho.

– No lo conoces. Debe de estar trastornado.

Roberto y Simona están en la cocina. Los dos han apoyado la espalda en la pila y miran absortos el vacío que tienen delante. Roberto está boquiabierto.

– No me lo puedo creer, no es posible, dime que estoy soñando… Dime que se trata tan sólo de una pesadilla espantosa de la que tarde o temprano nos despertaremos. No me lo puedo creer. Mi niña…

Simona le da un codazo bromeando.

– Eh, que también es mía… Mejor dicho, ¡primero es mía y después tuya!

– ¡Pero si la hicimos juntos!

– ¡Sí, pero yo la crié sola durante nueve meses!

Roberto se vuelve hacia ella.

– ¿Y todas las veces que me despertaba de noche porque ella gritaba y tú estabas destrozada y no querías ir a consolarla? ¿Quién la mecía, eh? ¿Quién se levantaba?

Simona le coge la mano.

– Tú. Es cierto, tú también has hecho mucho por ella.

– Los dos lo hemos hecho siempre todo por ella… ¿Y quién se la lleva ahora? Él.

Simona esboza una sonrisa.

– Venga, ya basta. Volvamos a la sala. De lo contrario se preocuparán.

– Y Niki sacará sus conclusiones.

– Las ha sacado ya.

– No…

– Eso quiere decir que no conoces a tu hija.

Simona coge una botella de un magnífico champán, unas copas del armario de la cocina y vuelve a la sala.

– Aquí estamos… ¡No encontrábamos las copas!

Los cuatro se sientan mientras Roberto descorcha la botella y les sirve un poco de champán tratando de parecer lo más tranquilo posible.

Sesenta

Domingo, un día tranquilo, un cielo azul con alguna que otra nube ligera. Es la una, alguien acaba de salir de misa, una chica pasea con su alano negro: es grande y la arrastra para curiosear algo que se encuentra un poco más allá. Un señor hace cola delante del quiosco.

– ¿Me da Il Messaggero y la Repubblica?…

Otro señor, molesto porque se le ha adelantado, protesta.

– ¿Ha salido el último número de Dove? -pregunta apresuradamente.

– Mire ahí debajo… Debería estar delante. Si no lo ve es porque todavía no ha salido.

El señor en cuestión no lo encuentra. El quiosquero, un chico con un piercing en la ceja, se inclina hacia adelante tratando de leer al revés las portadas de las revistas.

– Ahí está…, ahí… -señala un periódico demostrando estar más despabilado que su cliente, pese a la noche que ha pasado en la discoteca y que ha finalizado acudiendo directamente al quiosco sin pasar por casa. Ni por un colchón cualquiera. Por desgracia.

Alex se detiene en el Euclide de Vigna Stelluti y sale poco después con una bandeja de pastelitos. Ha comprado quince, incluidos los de marrón glasé, con muchas castañas y nata, que tanto le gustan a su madre, Silvia.

Alex sonríe mientras sube al coche. Es la única que se conmoverá, estoy seguro; se le escapará alguna lágrima, yo la abrazaré y después ella, para superar el embarazo, se comerá algunos de esos pastelitos de castaña sin decir nada, pluf, lo hará desaparecer en silencio. Pero en el fondo se alegrará, estoy seguro. Siempre le ha parecido raro que yo, su primer hijo, fuese el único que aún no se hubiese casado, a diferencia de los hijos de sus amigas, e incluso de mis dos hermanas pequeñas. Y, tras hacer esa última consideración, Alex se encamina hacia la casa de sus padres. Pone un CD, una recopilación que le ha grabado Niki. Encuentra la canción adecuada. Home, de Michael Bublé. Te hace sentir en perfecta armonía con el mundo. Pero ¿cómo no se me ha ocurrido antes? Soy plenamente feliz de haber tomado esta decisión. Después sonríe para sus adentros. Qué idiota eres, Alex. Antes no salías con ella. De repente pasa por su mente un pensamiento, una sombra, un rayo en un cielo sereno. ¿Dónde estará ahora? ¿Cómo estará viviendo este momento? ¿Mi decisión la habrá hecho feliz? Nuestra decisión, quiero decir. Porque es nuestra, ¿verdad? Y no sólo mía… ¿O está viviendo este día como si fuese uno cualquiera de la semana? Se la imagina riéndose en la univerdad, moviéndose entre chicos de su edad que la observan, que hablan de ella cuando pasa, luego con un profesor a la salida de una clase, el tipo que la mira demasiado. A continuación la ve en cualquier otro lugar, quizá haciendo cola en la oficina de correos haciendo idioteces con alguien. Luego, como si hubiese transcurrido cierto tiempo, ya más adulta, vestida de mujer con un traje de chaqueta, seria, comprando en una tienda de comestibles, o en un despacho acabando un trabajo con un colega que coquetea con ella. La ve tranquila, serena, equilibrada, una mujer de los pies a la cabeza y segura de sí misma. Y esas imágenes lo reconfortan, borran los celos sin que haya un auténtico motivo, una razón. Porque Alex ignora que, en ocasiones, las sensaciones pueden ser correctas, y que muy pronto tendrá que enfrentarse a esos miedos. Por fin, entra tranquilo en el jardín de la casa de sus padres.

Sesenta y uno

Desde el gran salón que se asoma al verde se vislumbra el espléndido rosal que atraviesa el jardín de invierno junto a una preciosa pérgola y, un poco más allá, también una vid.

– ¿Mamá? ¿Papá? ¿Estáis en casa?

Lugi, el padre, está tratando de poner a punto una planta que se le resiste.

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