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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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Por un momento Gemma no respondió, luego dijo:

– No. Prefiero ver a Susan primero. Es lo mínimo que le debo.

Kincaid observó su perfil mientras estaban parados en un semáforo y deseó poder consolarla. A pesar de sus palabras tranquilizadoras, a él tampoco le gustaba esta coincidencia.

Encontró un sitio para aparcar cerca del apartamento y mientras se dirigían a la puerta vio como Gemma hacía una pausa y respiraba hondo antes de llamar al timbre. La puerta se abrió tan rápido que Kincaid pensó que la mujer que respondió debía de haber estado al otro lado esperando.

– ¿En qué puedo ayudarlos? -dijo bruscamente.

– Soy amiga de Jackie, Gemma James. Susan me ha llamado. -Gemma alargó la mano y la mujer la estrechó mientras su rostro se transformaba y sonreía.

– Por supuesto. Soy Cecily Johnson, la hermana de Susan. Justo salía a hacer unos recados para ella. Le voy a decir que están aquí.

La palabra que le vino a la cabeza a Kincaid mientras seguían a Cecily Johnson por las escaleras era «hermosa». Era una mujer alta, de huesos grandes, piel café con leche, finos ojos negros y una gran sonrisa. Esperaron en el rellano un momento mientras Cecily entraba. Luego volvió y les dijo:

– Pasen. Los dejaré trabajar.

Susan May, de espalda a ellos, estaba mirando por la ventana del salón que daba a la pequeña terraza con las brillantes macetas de pensamientos y geranios. Su silueta era más esbelta que la de su hermana y cuando se dio la vuelta Kincaid vio que tenía el mismo cutis cremoso y los mismos ojos oscuros. Sin embargo, ella no era capaz de sonreír.

– Gemma, gracias por venir tan rápido.

Gemma cogió las manos extendidas de Susan y las apretó.

– Susan, lo…

– Lo sé. No lo digas, por favor. Todavía no he llegado al punto de ser capaz de enfrentarme a los pésames. Siéntate y déjame que os traiga café. -Gemma empezó a protestar, pero ella añadió-: Me ayuda tener las manos ocupadas.

Gemma le presentó a Kincaid, luego Susan se fue a la cocina y volvió al cabo de un momento con una bandeja. Mientras servía conversó sobre trivialidades y luego se sentó y se quedó mirando su tazón.

– Todavía no me lo puedo creer -dijo-. Continúo esperando que entre por la puerta y diga algo tonto como «Ha sido un mal chiste, Suz, ja ja». Le gustaba hacer bromas. -Dejó su tazón en la mesa y se levantó. Empezó a dar vueltas por la habitación retorciéndose las manos-. Dejó su camisón en el suelo junto a la cama. Yo siempre iba detrás de ella para que recogiera sus cosas y ahora ya nada importa. ¿Por qué pensaba que tenía importancia? ¿Me lo puedes decir? -Paró y se quedó en la misma posición que tenía cuando entraron, dándoles la espalda y mirando a la terraza-. Me han dado una baja indefinida por motivos familiares. ¿Para qué? Llegar cada noche a un piso vacío será suficientemente malo. La idea de pasar aquí los días a solas es insoportable.

– ¿Qué hay de tu hermana? -preguntó Gemma-. ¿Puede quedarse contigo durante un tiempo?

Susan asintió.

– Ha dejado a sus niños con la abuela durante unos días. Me ayudará a recoger… las cosas de Jackie. Ella… me refiero a Jackie… no tenía familia, así que no hay nadie más para ocuparse. -Susan calló y por un momento Kincaid pensó que iba a perder el control, pero fue capaz de proseguir-. No quería que la incinerasen. La verdad es que era algo que la inquietaba y yo me reía de ella. ¿Crees que ella sabía…? Tengo que encontrar un cementerio. Luego volveré al trabajo. No me importa que la gente piense que soy insensible.

Se dio la vuelta y los miró a la cara.

– Jackie habló bastante sobre ti durante estos últimos días, Gemma. Significaba mucho para ella que os volvierais a ver. Sé que había algo que ella deseaba decirte pero no sé lo que era, solo sé que la oí murmurar algo sobre una manzana podrida donde menos lo esperas.

– La vi ayer. Antes de empezar su turno. Me lo dijo…

– ¿La viste? ¿Cómo…? ¿Qué…? -Susan tragó saliva y volvió a intentar hablar-. ¿No te dijo nada sobre mí?

Kincaid vio como Gemma vacilaba y luego se serenaba.

– Habló sobre tu ascenso. Estaba muy orgullosa de ti.

Se abrió la puerta de la entrada y Cecily entró con una bolsa llena de comida. Susan, retorciendo de nuevo las manos, sonrió a su hermana y le dijo a Gemma:

– ¿Me avisarás si averiguas algo?

– Estaremos en contacto. -Gemma se levantó y le dio un abrazo. Cecily los acompañó a la puerta y bajaron las escaleras en silencio.

Cuando llegaron a la calle las lágrimas cubrían la cara de Gemma.

– Es tan injusto -dijo con furia al entrar el coche-. Susan debería haber sido la última en verla, no yo. -Cerró de un golpe tan fuerte la puerta que el coche tembló-. No es justo. Jackie no debería estar muerta y es todo por mi culpa. Nunca me lo perdonaré.

* * *

– Estamos pisando un terreno muy delicado -dijo Kincaid mientras aparcaba en la comisaría de Notting Hill-. No tenemos ningún motivo para hacer preguntas sobre un oficial superior, excepto un rumor no corroborado. Sugiero que empecemos con discreción. -Dejó el coche en una plaza vacía y luego, golpeando con los dedos el volante, pensó-. Creo que hemos de revelar el interés de Jackie por el caso Gilbert para poder justificar que metamos las narices en su asesinato. Pero ahora mismo no creo que debamos ir más allá.

Gemma asintió, luego sacó un pañuelo de su bolso y se sonó.

– Podemos decir que Jackie te dijo que había oído algo extraño sobre Gilbert, pero que tú no sabías de qué se trataba. Mientras tanto veamos si podemos averiguar los movimientos de Ogilvie ayer noche y la noche del asesinato de Gilbert, pero de manera indirecta. Eso será suficiente para meterle miedo si no está limpio.

– Habla con su secretaria, ¿no? -sugirió Gemma-. Le gustan los hombres guapos.

Kincaid la miró preguntándose si el comentario era una indirecta o un intento de broma, pero ella estaba examinando sus uñas con gran concentración.

– ¿Quién era el sargento que contestó a Jackie con evasivas? -preguntó.

– Talley. Lo recuerdo de mi época en esta comisaría.

– Creo que también hemos de hablar con él. -La miró y de nuevo deseó poder decirle algo, ofrecerle consuelo sin sonar condescendiente. Pero ninguna palabra parecía adecuada. Se resistió al impulso de tocarle el hombro, la mejilla-. ¿Estás preparada?

Asintió.

– Como nunca.

* * *

– Esto es un golpe de suerte -le susurró Kincaid a Gemma mientras entraban en la oficina del comisario Marc Lamb. Él y Lamb se habían conocido durante su primer curso de perfeccionamiento, pero habían pasado varios años desde la última vez que se habían visto.

– Duncan, viejo amigo. -Lamb lo fue a recibir sonriendo abiertamente y le dio un fuerte apretón de manos-. El chico de oro de Scotland Yard en persona. Siéntate.

Kincaid presentó a Gemma con una leve aunque inmerecida chispa de orgullo, ya que a pesar de que él y Lamb tenían la misma edad, Lamb estaba perdiendo pelo y ganando peso.

Pasaron unos momentos charlando sobre conocidos mutuos y luego Kincaid explicó su interés en el caso de Jackie Temple.

Lamb se puso serio de inmediato.

– Uno nunca piensa que algo así pueda pasar en su comisaría. En Brixton quizás, pero no aquí. Jackie Temple era una de mis mejores agentes, sensata y querida tanto por la gente de la calle como por sus compañeros. Ya sabes como son las cosas. A veces, los policías que comienzan están cargados de buenas intenciones, pero carecen del más mínimo sentido común. Jackie tuvo las dos cosas desde el primer día.

Ahora Kincaid se dio cuenta de las ojeras de su viejo amigo y observó su chaqueta arrugada, como si hubiera dormido con ella puesta. Probablemente había estado trabajando toda la noche.

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