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El otro nombre de Laura

Электронная книга - «El otro nombre de Laura». Краткое содержание книги:

Ha pasado el tiempo para Quirke, el hastiado forense que conocimos en El secreto de Christine. La muerte de su gran amor y el distanciamiento de su hija han conseguido acentuar su carácter solitario, pero su capacidad para meterse en problemas continúa intacta.
Cuando Billy Hunt, conocido de sus tiempos de estudiante, le aborda para hablarle del aparente suicidio de su esposa, Quirke se da cuenta de que se avecinan complicaciones, pero, como siempre, las complicaciones son algo a lo que no podrá resistirse. De este modo se verá envuelto en un caso sórdido en el que se mezclan las drogas, la pornografía y el chantaje, y que una vez más pondrá en peligro su vida.
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Billy algunas veces era así.

No le había llevado mucho tiempo averiguar que Leslie estaba casado. Había supuesto desde el principio que lo estaba. El no le habló mucho de su mujer. Por lo visto, ella tenía dinero -tenía un negocio propio, algo relacionado con la industria textil-, pero lo tenía a buen recaudo, sin que él pudiera echarle el guante. Sí se le escapó que al menos una vez, en un momento delicado, ella había arrimado el hombro y había salvado la peluquería, La Tijera, del cierre inminente. Es posible, pensó Deirdre, que fuera esa experiencia lo que agrió el carácter a la muy recta y poderosa señora White y la predispuso en contra de su marido, al que dio en considerar un irresponsable. Seguía sin embargo viviendo con ella, aunque por lo que a él se refería el matrimonio había terminado, y en cuanto pusiera en marcha esta nueva aventura tenía previsto marcharse, o al menos eso le aseguró. Todo esto se lo tomó ella con ciertas reservas. No era tonta; sabía cómo eran los hombres, cómo hablaban; sabía cuál era el valor de sus promesas y declaraciones. Sin embargo, algo había en Leslie White, algo a lo que no podía ella resistirse, bien que lo sabía, y lo sabía también él, y entre tanto había ido llegando la cosa a un punto más allá del cual ya no había vuelta atrás. Era la chica a bordo de la canoa, y el borde de la catarata estaba cada vez más cerca.

Al final, fueron las fotografías lo que inclinó la balanza. Después, muchas veces se dijo que ojalá no se las hubiera enseñado. Sabía, por descontado,. por qué lo había hecho. Fue en parte mera travesura, la malicia del colegial que sentía la apremiante necesidad de mostrar, de exhibir el secreto que había descubierto, pero también había calibrado él, y resultó que con acierto, que había en ella una parte, enterrada en lo más profundo de su ser, tan al fondo que ella misma apenas había sido consciente de su existencia, una parte que era al fin y a la postre, ella tuvo que reconocerlo, tan regocijadamente guarra en sus deseos como lo era Leslie White, como lo era cualquier hombre. Con todo y con eso, fueron un auténtico susto aquellas fotografías, al menos al principio. Cuando le mostró la de la mujer de la estola de zorros -estaban en la sala desierta, encima de la óptica-, ella se sintió acalorada, excitada, casi asustada, de una manera tal como no había vuelto a sentir desde que era niña. Era una fotografía grande, de treinta por veinte más o menos, pero muy nítida, muy clara, toda con grises plateados y negros intensos, con finos detalles. «Exposición», ésa era la palabra, desde luego. La mujer, muy delgada, pálida, con unos pechos pequeños, estaba tendida en diagonal sobre un sofá -Deirdre lo reconoció en el acto-, con una pierna del todo separada, el pie esbelto apoyado en un cojín, en el suelo. Estaba completamente desnuda, con la sola excepción de la estola de piel que llevaba al cuello, como si los pequeños hocicos de los zorros le mordiesen en la piel, en la suave inclinación del pecho izquierdo. La mano derecha la tenía extendida a un lado, colgando con languidez junto a la pierna derecha, separada del cuerpo; la izquierda la tenía en el regazo, con el pulgar y el dedo corazón separándose los labios oscuros y el índice introducido hasta el nudillo. La mujer sonreía mirando a la cámara, al mismo tiempo descarada y culpabilizada, con la cabeza levemente vuelta a un lado, como si invitase a la persona que estuviera detrás de la cámara, y a todo el que tuviera ocasión de ver el trabajo del fotógrafo, a sumarse a ella allí mismo, en el sofá en que estaba tendida de manera incitante.

Deirdre asumió todo esto, el pie en el cojín, el hocico cerrado de los zorros, la mano suspendida, los labios abiertos de par en par, y de inmediato cerró los ojos con fuerza y volvió la foto boca abajo con un manotazo. Oyó su propia respiración. La sensación que la invadía, que la acaloraba y al mismo tiempo le producía un frío extraño, era la misma que tenía cuando, de niña, despertaba en la cama cuna en el dormitorio de sus padres y se daba cuenta de que se estaba orinando, orinándose y, al mismo tiempo, espantándose por lo que estaba haciendo, si bien no podía parar de ninguna manera, por el avergonzado placer que le causaba. Y tampoco pudo parar entonces, incapaz de no abrir otra vez los ojos y de no dar la vuelta a la fotografía. Se sintió asqueada de sí misma, pero al mismo tiempo también excitada de una manera horrible, que la llevó a pensar que debería avergonzarse, a pesar de lo cual no se avergonzaba, en realidad no se avergonzaba, ni mucho menos.

Había otras fotografías, unas veinte o treinta en total, que Leslie guardaba en una vieja funda de discos que se cerraba con un broche metálico como el bocado de un caballo, que caía sobre una lengüeta. Algunas eran de la misma mujer, la mujer de la estola de zorros, y otras eran de otras, todas ellas desnudas, todas ellas expuestas con desvergüenza, algunas haciendo cosas incluso peores de lo que hacía la mujer con la mano en la entrepierna, y sonriendo con la misma mueca de procacidad, mirando a la cámara. Al principio no fue capaz de mirar a Leslie a los ojos, y en el momento en que por fin lo miró se dio cuenta de que le ardía la cara. El la estaba observando y sonreía con una ceja elevada de un modo malicioso, disfrutando de la inquietud evidente que a ella le embargaba. Se le pasó por la cabeza la idea de que iba a recordar ese momento durante el resto de su vida, el frío en la sala despojada de todo mueble, la luz invernal en las paredes blancas, el brillo apagado y en cierto modo entristecido de la porcelana de los lavabos, y Leslie con el abrigo abierto, mirándola con lascivia.

– ¿De dónde las has sacado? -preguntó con una voz que la desarmó a ella misma por la firmeza con que había salido de ella. ¿De verdad era una desvergonzada hasta ese extremo?

– Es sencillo -dijo Leslie, y golpeó con la uña la foto de la mujer de la estola de zorros-. Ella me las dio.

Luego le contó, mientras iba de un lado a otro de la sala con las manos en los bolsillos del abrigo, cómo la había conocido, a la mujer, una tarde, en un pub de Dawson Street, un local del sótano, donde iba a tomar una copa a menudo; no le dijo el nombre de la mujer, asegurándole que podría reconocerlo, ya que su marido era una persona conocida, y se limitó a llamarla «señora T»; le contó cómo se había hecho amigo de ella, con la esperanza de que invirtiera algún dinero en La Tijera, que en aquel entonces empezaba a pasar por apuros financieros. Se dio cuenta en el acto, a pesar de que aquella mujer frecuentase el pub de Wally, que tenía por cierto toda la mala reputación que pudiera tener un pub, o un club, o como se llamase, de que tenía muy buenas conexiones. Al final la cosa no salió como él deseaba -la señora T se mostró muy cauta en cuestiones de dinero-, pero aquella mujer resultó agradable de tratar, una auténtica amiga. Por medio de ella había entrado en contacto con el doctor Kreutz, y ahora él y Kreutzer, que así lo llamaba, eran -rió- excelentes amigos.

Volvió a dejar el fajo de fotografías en sus manos.

– Dan asco.

– Sí, así es, ¿verdad que sí? -dijo él muy contento.

– ¿Por qué te las dio esa mujer? Mejor dicho, ¿cómo ha podido dártelas?

– Bueno, verás… Supongo que es un poco exhibicionista. Hay gente para todo. Pensó que me gustarían. Y, como es natural, no podía saber que te las iba a enseñar a ti.

– Cosa que no debieras haber hecho.

– No, supongo que no. Tienes razón -agachó la cabeza y la miró por debajo de las cejas, de una manera que le daba el aire de un diablo sonriente, de cabello plateado-. Pero en el fondo te alegras de que te las haya enseñado, ¿no?

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