El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
– La esperaré. -Turner hizo a un lado al mayordomo, entrando en un pequeño salón del vestíbulo principal.
– ¡Cómo se atreve, señor! -Protestó el mayordomo.
Turner sacó una de sus tarjetas y se la entregó. El mayordomo miró su nombre, lo miró a él, y luego volvió a mirar su nombre otra vez. Obviamente no esperaba que un Vizconde tuviera una apariencia tan desgreñada. Turner sonrió con sequedad. Había veces en las que un título podía resultar malditamente conveniente.
– Si desea esperar, milord -dijo el mayordomo en un tono algo más contenido-. Haré que una criada le traiga el té.
– Por favor.
Cuando el mayordomo salió, Turner comenzó a vagar por la habitación, examinando lentamente los alrededores. Obviamente los abuelos de Miranda tenían buen gusto. Los muebles eran sencillos y de estilo clásico, estilo que nunca parecía fuera de lugar ni irremediablemente pasado de moda. Mientras examinaba ociosamente el cuadro de un paisaje, reflexionó, como lo había hecho unas mil veces desde que dejara Londres, acerca de qué le iba a decir a Miranda. El mayordomo no había ido a llamar a la guardia al escuchar su nombre. Eso era una buena señal, o eso suponía.
Unos minutos después llegó el té, y cuando Miranda no apareció enseguida, Turner decidió que el mayordomo no había estado mintiendo acerca de su paradero. No importaba. Esperaría lo que fuera necesario. Al final se saldría con la suya… no tenía ninguna duda al respecto.
Miranda era una muchacha sensible. Sabía que el mundo era un lugar frío y despiadado para un niño ilegítimo. Y para su madre. Sin importar cuán enfadada estuviera con él -y lo estaría, de eso no le cabía duda- no desearía relegar a su hijo a una vida tan difícil.
También era su hijo. Se merecía la protección de su apellido. Tanto como Miranda. Realmente no le complacía la idea de que ella permaneciera mucho más tiempo librada a su suerte, aún cuando sus abuelos hubieran accedido a acogerla en este difícil momento.
Turner permaneció allí sentado con su té por media hora, arrasando con al menos seis bizcochos de los que le habían traído. Había sido un largo viaje desde Londres, y no se había detenido muy a menudo para comer. Se estaba maravillando con el hecho de que el sabor de estos fuera mucho mejor que cualquier cosa que hubiera probado en Inglaterra, cuando oyó que se abría la puerta principal.
– ¡MacDownes!
La voz de Miranda. Turner se puso de pie, con un bizcocho a medio comer entre los dedos. Sonaron pisadas en el vestíbulo, presumiblemente pertenecientes al mayordomo.
– ¿Podría ayudarme con algunos de estos paquetes? Sé que debería haberlos hecho enviar a casa, pero estaba demasiado impaciente.
Turner oyó el sonido de paquetes cambiando de manos, seguido de la voz del mayordomo.
– Señorita Cheever, debo informarle que tiene un visitante esperándola en el salón.
– ¿Un visitante? ¿Yo? Qué raro. Debe ser uno de los MacLean. Siempre he sido amistosa con ellos cuando estoy en Escocia, deben haberse enterado que estoy en la ciudad.
– No creo que sea de origen escocés, señorita.
– Realmente, entonces quién…
Turner casi sonrió cuando su voz se alargó por la conmoción. Casi podía ver como se quedaba boquiabierta.
– Fue de lo más insistente, señorita -continuó MacDownes-. Tengo su tarjeta justo aquí.
Hubo un largo silencio después del cual Miranda dijo finalmente:
– Por favor, dígale que no estoy disponible. -Su voz tembló en la última palabra, y luego se lanzó escaleras arriba.
Turner salió al vestíbulo a zancadas justo a tiempo para chocar con MacDownes, que probablemente se estaba regodeando con la idea de echarlo fuera.
– Ella no desea verlo, milord -canturreó el mayordomo, no sin el más leve indicio de una sonrisa.
Turner lo empujó para abrirse camino.
– Maldición si no lo hará.
– No lo creo, milord. -MacDownes lo agarró de la chaqueta.
– Mire, amigo -dijo Turner, tratando de sonar fríamente simpático, si tal cosa era posible-. No tengo inconveniente en golpearlo.
– Y yo no tengo inconveniente en golpearlo a usted.
Turner examinó al hombre mayor con desdén.
– Salga de mi camino.
El mayordomo cruzó los brazos y mantuvo su posición.
Turner le frunció el ceño y le sacó la chaqueta de las manos de un tirón, luego caminó a zancadas hasta el pie de la escalera.
– ¡Miranda! -Gritó-. ¡Baja ahora mismo! ¡Ahora mismo! Tenemos cosas que disc…
¡Thwack!
Buen Dios, el mayordomo le había dado un puñetazo en la mandíbula. Aturdido, Turner se acarició la piel.
– ¿Está loco?
– No, para nada milord. Me tomo mi trabajo con mucha seriedad.
El mayordomo había adoptado una posición de lucha con la soltura y la gracia de un profesional. Podías contar con Miranda para contratar a un mayordomo entrenado para boxear.
– Mire -dijo Turner en tono conciliador-. Necesito hablar con ella inmediatamente. Es de suma importancia. El honor de la dama está en juego.
¡Thwack!
Turner se tambaleó por un segundo puñetazo.
– Eso, milord, es por implicar que la Señorita Cheever es algo menos que honorable.
Turner entrecerró los ojos amenazadoramente pero decidió que no tendría ni la más mínima oportunidad contra el mayordomo loco de Miranda, no cuando ya había estado en el extremo opuesto a dos golpes atontadores.
– Dígale a la Señorita Cheever -dijo mordazmente-, que regresaré, y será mejor que me reciba. -Salió de la casa y bajó los escalones dando furiosas zancadas.
Absolutamente furioso porque la chica se hubiera negado terminantemente a verlo, se dio la vuelta para mirar hacia la casa. Ella estaba de pie en una ventana abierta del piso superior, cubriéndose la boca nerviosamente con los dedos. Turner la miró con el ceño fruncido y entonces se dio cuenta que todavía estaba sosteniendo el bizcocho a medio comer.
Lo lanzó con fuerza a través de la ventana, y le dio de lleno en medio del pecho.
Encontró cierta satisfacción en ello.
24 DE AGOSTO DE 1819
Oh, cielos.
Nunca envié la carta, por supuesto. Me pasé un día entero redactándola, y luego justo cuando estaba lista para enviarla, se hizo innecesaria.
No supe si regocijarme o ponerme a llorar.
Y ahora Turner está aquí. Debe haberle sacado la verdad -o mejor dicho, lo que solía ser la verdad- a Olivia a la fuerza. De otra forma ella nunca me hubiera traicionado. Pobre Livvy. Puede ser aterrador cuando se pone furioso.
Cosa que, aparentemente, todavía está. Me tiró un bizcocho. ¡Un bizcocho! Es algo difícil de comprender.
CAPÍTULO 14
Turner volvió a aparecer dos horas más tarde. Esta vez, Miranda lo estaba esperando.
Abrió la puerta delantera de un tirón antes de que pudiera golpear siquiera. Sin embargo, él ni siquiera vaciló, solamente permaneció allí con su postura perfecta, el brazo medio levantado, la mano formando un puño lista para entrar en contacto con la puerta.
– Oh, por el amor del cielo -dijo irritada-. Entra.
Turner enarcó las cejas.
– ¿Me estabas esperando?
– Por supuesto.
Y como sabía que no podía posponer esto por más tiempo, marchó hacia la salita de estar sin mirar atrás.
Él la siguió.
– ¿Qué quieres? -Exigió.
– Qué bienvenida tan agradable, Miranda -dijo él suavemente viéndose limpio y almidonado, apuesto y absolutamente cómodo y… ¡Oh! Deseaba matarlo-. ¿Quién te ha estado enseñando modales? ¿Atila el Huno?
Ella hizo rechinar los dientes y repitió la pregunta.