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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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– ¿Qué quieres?

– ¡Vaya! Casarme contigo, por supuesto.

Era, por supuesto, lo que Miranda había estado esperando desde el primer momento en que lo había visto. Y nunca en su vida se había sentido tan orgullosa de si misma como cuando dijo:

– No, gracias.

– ¿No… gracias?

– No, gracias -repitió descaradamente-. Si eso es todo, te acompañaré a la puerta.

Pero cuando hizo el intento de dejar la habitación, Turner le agarró la muñeca.

– No tan rápido.

Podía hacerlo. Sabía que podía. Tenía su orgullo, y ya no existía una razón que la compeliera a casarse con él. Y no debería. Sin importar cuánto le doliera el corazón, no podía ceder. No la amaba. Ni siquiera la apreciaba lo suficiente como para haberse comunicado con ella ni una sola vez en el mes y medio que había pasado desde que habían estado juntos en el pabellón de caza.

Era posible que se hubiera comportado como un caballero, pero ciertamente no era uno.

– Miranda -le dijo sedosamente, y supo que estaba tratando de seducirla, sino para meterla en la cama, sí para obtener su conformidad.

Ella tomó un profundo aliento.

– Viniste hasta aquí, hiciste lo correcto, y yo rehusé. Ya no tienes nada por lo que sentirte culpable, así que puedes regresar a Inglaterra con la conciencia tranquila. Adiós, Turner.

– No lo creo, Miranda -le dijo, apretando su sujeción sobre ella-. Tenemos muchas cosas que discutir, tú y yo

– Ejem, no mucho en realidad. No obstante, gracias por tu preocupación. -Le hormigueaba el brazo en el lugar donde él la sostenía, y sabía que si quería mantener su resolución, debía librarse de él lo antes posible.

Turner cerró la puerta con el pie.

– Discrepo.

– ¡Turner, no! -Miranda tiró de su brazo y trató de ir hacia la puerta para volver a abrirla, pero él le bloqueó el paso-. Ésta es la casa de mis abuelos. No los avergonzaré con ninguna clase de comportamiento impropio.

– Diría que deberías preocuparte más por la posibilidad de que escucharan lo que tengo que decirte.

Mirada le echó un vistazo a su expresión implacable y cerró la boca.

– Muy bien. Di lo que sea que hayas venido a decir.

Con un dedo, empezó a dibujarle perezosos círculos en la palma de la mano.

– He estado pensando en ti, Miranda.

– ¿En serio? Eso es muy halagador.

Él ignoró su tono sarcástico y se le acercó.

– ¿No has pensado en mí?

Oh, Dios querido. Si sólo supiera.

– De vez en cuando.

– ¿Solamente de vez en cuando?

– Raramente.

Tiró de ella, y le deslizó la mano sinuosamente a lo largo del brazo.

– ¿Qué tan raramente? -Murmuró.

– Casi nunca. -Pero su voz se estaba suavizando, y sonaba mucho menos segura.

– ¿En verdad? -Enarcó una ceja asumiendo una expresión de incredulidad-. Creo que toda esta comida escocesa te ha estado confundiendo la mente. ¿Has estado comiendo Haggis?

– ¿Haggis? -Preguntó ella sin aliento. Podía sentir que se le aligeraba el pecho, como si el aire en sí mismo se hubiera convertido en algo intoxicante, como si pudiera emborracharse con únicamente respirar en su presencia.

– Mmm-hmm. Creo que es una comida horrible.

– No… no está mal -¿De qué le estaba hablando? ¿Y por qué la estaba mirando de esa forma? Sus ojos parecían zafiros. No, eran como el cielo iluminado por la luna. Oh, cielos. ¿Ésa que salía volando por la ventana era su determinación?

Turner sonrió indulgentemente.

– Tu memoria es un poco escurridiza, querida. Creo que necesita un recordatorio. -Sus labios descendieron suavemente sobre los de ella, extendiendo rápidamente el fuego por todo su cuerpo. Miranda se aflojó contra él, suspirando su nombre.

La apretó más firmemente contra su cuerpo, presionando la fuerza de su erección contra ella.

– ¿Puedes sentir lo que me haces? -susurró-. ¿Puedes?

Miranda asintió temblorosamente, apenas consciente de que estaba en medio del salón de sus abuelos.

– Únicamente tú puedes ponerme así, Miranda -murmuró con voz ronca-. Sólo tú.

Ese comentario alcanzó una cuerda discordante en su interior, y se puso rígida en sus brazos. ¿No acababa de pasarse más de un mes en Kent con su amigo Lord Harry como-quiera-que-fuera-su-apellido? ¿Y acaso Olivia no le había dicho alegremente que las celebraciones incluirían vino, whisky, y mujeres? Mujeres fáciles. Montones de ellas.

– ¿Qué pasa, querida?

Las palabras fueron susurradas contra su piel, y una parte de ella deseó volver a derretirse contra él. Pero no la seduciría. No esta vez. Antes de que pudiera cambiar de opinión, le plantó las palmas de las manos contra el pecho y empujó.

– No trates de hacerme esto a mí -le advirtió.

– ¿Hacerte qué? -Su rostro era la imagen de la inocencia.

Si Miranda hubiera tenido un jarrón en las manos, se lo hubiera arrojado. O mejor aún, un bizcocho a medio comer.

– Seducirme hasta que me pliegue a tu voluntad.

– ¿Por qué no?

– ¿Por qué no? -Repitió con incredulidad-. ¿Por qué no? Porque yo… Porque tú…

– ¿Por qué, qué? -Estaba sonriendo ahora.

– Porque… ¡Oh! -Cerró las manos formando puños a los costados de su cuerpo, y de hecho golpeó el suelo con el pie. Lo que la puso aún más furiosa. Ser reducida a esto… era humillante.

– Bueno, bueno, Miranda.

– No me vengas con “bueno, bueno” a mí, tú, altanero, despótico…

– Estás enfadada conmigo, ya veo.

Ella entrecerró los ojos.

– Siempre fuiste inteligente, Turner.

Él ignoró el sarcasmo.

– Bueno, aquí va… Lo siento. Nunca tuve la intención de permanecer tanto tiempo en Kent. No sé por qué lo hice, pero así fue, y lo siento. Estaba programado para ser un viaje de dos días de duración.

– ¿Un viaje de dos días de duración que duró casi dos meses? -Se burló ella-. Disculpa si me resulta difícil creerte.

– No estuve en Kent todo el tiempo. Cuando regresé a Londres, mi madre dijo que estabas atendiendo a un familiar enfermo. No fue hasta que Olivia regresó que supe que no era así.

– ¡No me importa cuánto tiempo estuviste… donde sea que hayas estado! -Gritó ella, cruzando firmemente los brazos sobre el pecho-. No deberías haberme abandonado de esa forma. Puedo entender que necesitaras tiempo para pensar, porque sé que nunca quisiste casarte conmigo pero, por el amor del cielo, Turner. ¿Necesitabas siete semanas? ¡No puedes tratar a una mujer de esa forma! ¡Es grosero y desconsiderado y… y francamente poco caballeroso!

¿Era eso lo peor que se le ocurría decirle? Turner resistió el impulso de sonreír. Esto no iba a ser ni la mitad de malo de lo que había pensado que sería.

– Tienes razón -dijo suavemente.

– Y más aún… ¿Qué? -Parpadeó.

– Que tienes razón.

– ¿La tengo?

– ¿No quieres tenerla?

Abrió la boca, la cerró, y entonces dijo:

– Deja de tratar de confundirme.

– No lo hago. En caso de que no lo hayas notado, te estoy dando la razón. -Le dedicó su sonrisa más atractiva-. ¿Aceptas mis disculpas?

Miranda suspiró. Debería ser ilegal que un hombre tuviera semejante cantidad de encanto.

– Sí, está bien. Las acepto. Pero, ¿qué -preguntó suspicaz-, estabas haciendo en Kent?

– Emborrachándome mayormente.

– ¿Eso es todo?

– Algo de caza.

– ¿Y?

– Y cuando Winston llegó allí proveniente de Oxford, hice lo posible por evitar que se metiera en problemas. Esa tarea me entretuvo una quincena adicional, para que lo sepas.

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