Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]
- Автор: Мойес Джоджо
- Год: 2019
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:
Van Cleve se inclinó sobre la mesa, con la mandíbula apretada.
—Bennett me lo ha contado.
—Papá… —le advirtió el joven.
—Pues sí. Me ha contado lo de tu libro asqueroso y las cosas depravadas que intentaste hacerle.
Annie dejó caer la bandeja estrepitosamente delante de Alice y se escabulló a la cocina.
Alice palideció y se volvió hacia Bennett.
—¿Le has hablado a tu padre de lo que pasa en nuestra cama?
Bennett se frotó la mejilla.
—Tú… No sabía qué hacer, Alice. Tú… Me dejaste desconcertado.
El señor Van Cleve echó bruscamente la silla hacia atrás y fue dando zancadas hacia donde Alice estaba sentada. La joven se encogió involuntariamente mientras él se inclinaba hacia ella, salpicando saliva al hablar.
—Sí, lo sé todo sobre ese libro y tu supuesta biblioteca. ¿Sabes que ese libro ha sido prohibido en este condado? ¡Así de depravado es!
—Sí, y también sé que un juez federal retiró dicha prohibición. Sé lo mismo que usted, señor Van Cleve. Yo también me informo.
—¡Eres una víbora! ¡Margery O’Hare te ha corrompido y ahora tú intentas corromper a mi hijo!
—¡Intentaba ser una esposa para él! ¡Y ser una esposa es algo más que ordenar muñecas y estúpidos pájaros de porcelana!
Annie se asomó a la puerta con la última bandeja, y se quedó inmóvil.
—¡No te atrevas a criticar las preciosas posesiones de mi Dolores, desgraciada ingrata! ¡No le llegas ni a la suela de los zapatos! Y mañana por la mañana subirás a las montañas para recuperar mis muñecas.
—De eso nada. No pienso quitarles las muñecas a dos niñas sin madre.
Van Cleve levantó un dedo rechoncho y se lo puso ante la cara.
—Pues entonces te prohíbo volver a esa maldita biblioteca, ¿me oyes?
—No. —Alice ni parpadeó.
—¿Cómo que no?
—Ya se lo he dicho. Soy una mujer adulta. No puede prohibirme nada.
Más tarde, recordó haber pensado vagamente que el viejo Van Cleve tenía la cara tan roja que parecía que le iba a dar un infarto. Pero no fue eso lo que ocurrió. El hombre levantó el brazo y, antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, notó un dolor ardiente en un lado de la cabeza, las rodillas se le doblaron y cayó contra la mesa.
Todo se volvió negro. Alice se aferró al mantel y las bandejas cayeron sobre ella, mientras agarraba el tejido de damasco blanco y tiraba de él hasta que sus rodillas chocaron contra el suelo.
—¡Papá!
—¡Estoy haciendo lo que tú deberías haber hecho hace mucho tiempo! ¡Hacer entrar en razón a tu esposa! —bramó Van Cleve, dando un golpe con su puño gordo sobre el mantel que hizo temblar toda la sala. Acto seguido, antes de que ella pudiera recuperarse, el hombre la agarró del pelo con fuerza, tiró de ella hacia atrás y le asestó otro golpe, esa vez en la sien, que hizo que su cabeza rebotara contra el borde de la mesa. Mientras la habitación giraba sin que ella fuera apenas consciente de movimiento alguno, Alice empezó a gritar y los platos cayeron estrepitosamente al suelo. La joven levantó un brazo, intentando protegerse, preparándose para el siguiente golpe. Pero por el rabillo del ojo vio a Bennett delante de su padre, intercambiando voces que el pitido de los oídos apenas le permitía percibir.
Alice se puso en pie como pudo, con el dolor nublándole la mente, y se tambaleó. Mientras la habitación giraba a su alrededor, apenas alcanzó a ver el rostro estupefacto de Annie en la puerta de la cocina. Un sabor metálico inundó la parte posterior de su garganta.
Alice oyó cómo Bennett gritaba a lo lejos: «No… ¡Papá, no!», y se dio cuenta de que aún tenía la servilleta en la mano, hecha una bola. La joven bajó la vista. Estaba manchada de sangre. Alice la miró fijamente, parpadeando, intentando discernir lo que estaba viendo. Luego se enderezó, se tomó unos instantes para que la habitación dejara de girar, y la dejó cuidadosamente al lado de uno de los platos que quedaban.
Y, entonces, sin pararse a coger el abrigo, Alice pasó tambaleándose por delante de los dos hombres, salió al pasillo, abrió la puerta delantera y se alejó por el camino cubierto de nieve.
Una hora y veinticinco minutos después, Margery entreabrió la puerta, entornó los ojos en la oscuridad y no se encontró con McCullough ni nadie de su clan, sino con la figura delgada de Alice van Cleve, temblorosa, con un vestido azul claro, las medias rotas y los zapatos cubiertos de nieve. Le castañeteaban los dientes, tenía un lado de la cabeza ensangrentado y el ojo izquierdo entrecerrado, rodeado por un moratón violáceo. La sangre había dejado manchas de color óxido y escarlata en el cuello de su vestido, y tenía algo que parecía salsa de carne esparcida por el regazo. Las mujeres se miraron fijamente la una a la otra, mientras Bluey ladraba frenéticamente en la ventana.
Cuando Alice por fin consiguió hablar, lo hizo con dificultad, como si tuviera hinchada la lengua.
—¿Dijiste… que éramos amigas?
Margery desamartilló su rifle y lo apoyó en el marco de la puerta, antes de abrirla y agarrar a su amiga por el codo.
—Entra. Vamos, pasa. —Echó un vistazo a la ladera de la montaña y luego cerró la puerta con llave a sus espaldas.
12
La mujer de las montañas tiene una vida difícil, mientras que el hombre es el señor de la casa. Si trabaja, va de visita o deambula por los bosques acompañado de perro y arma, no es asunto de nadie más que de sí mismo […]. Es del todo incapaz de concebir ninguna injerencia de la sociedad en sus asuntos. Si convierte su cereal en «trinque», lo hace porque es suyo.
WPA, Guía de Kentucky
Existían ciertas normas tácitas sociales en Baileyville y un dogma imperecedero era que no había que inmiscuirse en los asuntos privados de un hombre y su esposa. Había muchos que podían tener constancia de palizas en su «hondonada», de un hombre a una mujer y, en ocasiones, viceversa, pero pocos habitantes se habrían atrevido a intervenir, a menos que afectara de forma directa a sus propias vidas por no dejarles dormir o por causar alguna molestia. Las cosas eran así, sin más. Había gritos, golpes y, a veces, disculpas, o no; las magulladuras y cortes cicatrizaban y todo volvía a la normalidad.
Por suerte para Alice, Margery nunca había prestado mucha atención a lo que hacía la gente. Le limpió la sangre de la cara y le aplicó ungüento de consuelda en los moretones. No hizo ninguna pregunta y Alice no dijo nada, aparte de hacer muecas de dolor y apretar la mandíbula en el peor de los casos. Después, cuando la joven por fin se hubo acostado, Margery habló discretamente con Sven y acordaron hacer turnos para quedarse abajo antes de que amaneciera, de modo que si Van Cleve venía, vería que había ocasiones en las que un hombre no puede llevarse de nuevo a rastras a su mujer —o a su nuera— por mucho bochorno público que eso pudiera acarrearle.
Como era de esperar, tratándose de un hombre acostumbrado a salirse con la suya, Van Cleve sí que apareció poco antes del amanecer, aunque Alice nunca lo sabría, pues estaba en el cuarto de huéspedes de Margery, sumida en el sueño profundo de quien ha sufrido una fuerte conmoción. La cabaña de Margery no era accesible por carretera y se vio obligado a recorrer a pie el último kilómetro, por lo que llegó colorado y sudoroso a pesar de la nieve, sosteniendo una linterna ante él.
—¿O’Hare? —gritó. Y, a continuación, al no obtener respuesta—: ¡O’HARE!
—¿Le vas a responder? —Sven, que estaba preparando café, levantó la cabeza.
El perro ladraba furioso en la ventana, provocando un murmullo de maldiciones desde el exterior. En los establos, Charley dio una patada a su cubo.
—La verdad es que no veo por qué tengo que responder a un hombre que no dice mi nombre con educación, ¿no crees?
—No, no creo que tengas que hacerlo —respondió Sven con tono calmado. Había pasado la mitad de la noche sentado y haciendo un solitario, con un ojo en la puerta y un río de oscuros pensamientos recorriéndole la cabeza sobre hombres que dan palizas a mujeres.