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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—¿Cuál? —dijo ella, con los nervios de punta. —Desorden sigue hallándose bajo su custodia. No puedo abandonar S’uthlam hasta que no me haya sido devuelta sana y salva.

—¡Olvide a ese condenado animal! —Entre mis abundantes dones no se halla el de la memoria selectiva —dijo Tuf—. He cumplido mi parte de nuestro acuerdo. Debe entregarme a Desorden o habrá infringido nuestro contrato. —No puedo —le replicó Tolly Mune irritada—. Todas las moscas, gusanos e hiladores de la estación saben que esa maldita bestia es nuestra rehén. Si tomo un tren con Desorden bajo el brazo, se darán cuenta de ello y alguien empezará a preguntar por ahí. Si espera el tiempo necesario para que le devuelva esa gata lo pondrá en peligro todo.

—Pese a ello —dijo Haviland Tuf—,debo insistir. —¡Maldito sea! —gritó la Maestre de Puerto, desconectando la pantalla con un furioso golpe.

Nada más llegar al gran atrio del hotel el encargado la recibió con una brillante sonrisa.

—¡Maestre de Puerto! —le dijo con expresión de felicidad—. Qué alegría verla… Ya sabrá que la están buscando. Si quiere recibir la llamada en mi oficina particular…

—Lo siento —dijo ella—, tengo asuntos muy urgentes que atender. La recibiré en mi habitación. —Pasó junto a él casi corriendo y fue hacia los ascensores.

En el exterior de la habitación se encontraban los centinelas que ella misma había colocado ahí.

—Maestre de Puerto Mune —dijo el de la izquierda—. Nos dijeron que si aparecía por aquí, debía llamar inmediatamente a la oficina de seguridad.

—Claro, claro —replicó ella—. Bajen ahora mismo al atrio y no pierdan ni un segundo.

—¿Hay algún problema? —Uno bastante gordo. Se están peleando. No creo que el personal del hotel sea capaz de controlar las cosas por sí solo.

—Nos ocuparemos de ellos, Mamá —dijeron, echando a correr.

Tolly Mune entró en la habitación sintiendo el alivio que representaba su gravedad reducida a un cuarto comparada con la gravedad completa de los pasillos y del atrio. Más allá de las tres capas de plastiacero transparente de la ventana, se distinguía el enorme globo de S’uthlam, la superficie rocosa de la Casa de la Araña y el resplandor de la telaraña. Incluso podía ver la brillante línea del Arca, iluminada por la luz amarilla de S’ulstar.

Desorden estaba dormida sobre la almohada flotante que había ante la ventana, pero nada más entrar la gata despertó y, de un salto, estuvo en el suelo, ronroneando estruendosamente y corriendo hacia ella.

—Yo también me alegro de verte —dijo Tolly Mune, cogiendo al animal—, pero debo sacarte de aquí sin perder ni un segundo. —Miró a su alrededor buscando algo que fuera lo bastante grande como para ocultar a su rehén.

La unidad de comunicaciones empezó a zumbar pero no le hizo el menor caso y siguió buscando.

—¡Maldición! —dijo, furiosa. Tenía que esconder a esa condenada gata pero, ¿cómo? Intentó envolverla en una toalla, pero a Desorden la idea no pareció gustarle en lo más mínimo.

La pantalla se iluminó, sin duda obedeciendo a un código de alta seguridad, y Tolly Mune se encontró contemplando la cabeza del jefe de seguridad del Puerto.

—Maestre de Puerto Mune —le dijo, todavía con cierta deferencia. Tolly se preguntó cuánto tiempo iba a durar ese trato una vez hubiera entendido la situación—. Al fin la encuentro. El Primer Consejero parece creer que tiene usted algún tipo de dificultades. ¿Algún problema?

—En absoluto —dijo ella—. ¿Hay alguna otra razón para molestarme, Danja?

El jefe de seguridad pareció encogerse visiblemente. —Mis disculpas, Mamá. Las órdenes… Nos dieron instrucciones de localizarla sin perder ni un instante e informar de su paradero.

—Pues cúmplalas —dijo ella. Danja volvió a disculparse y la pantalla se oscureció. Estaba claro que nadie le había informado todavía sobre lo que ocurría en el Arca. Bueno, al menos eso le daba un poco más de tiempo. Tolly Mune registró metódicamente una vez más la habitación, tardando sus buenos diez minutos para ponerla patas arriba intentando encontrar algo que pudiera servirle para esconder a Desorden y finalmente decidió que era una causa perdida. Tendría que salir con ella de la habitación, dirigirse a los muelles y requisar un trineo de vacío, dermotrajes y un receptáculo para la gata. Fue hacia la puerta, la abrió, salió al pasillo…

…y vió a los guardias corriendo hacia ella. Retrocedió de un salto y volvió a meterse en la habitación. Desorden emitió un maullido de protesta. Tolly Mune le echó todos los cerrojos a la puerta y conectó el escudo de intimidad, aunque ello no pareció intimidar a los guardias, que empezaron a golpear la puerta.

—Maestre de Puerto Mune —dijo uno de ellos al otro lado de la puerta—, no había ninguna pelea. Abra, por favor, tenemos que hablar.

—Largo —replicó ella secamente—. Es una orden. —Lo siento, Mamá —dijo el guardia—, quieren que llevemos a esa bestia abajo. Dicen que son instrucciones directas del consejo.

La unidad de comunicaciones comenzó a zumbar y unos segundos después la pantalla se iluminó. Esta vez era la consejera de seguridad interna en persona.

—Tolly Mune —le dijo—, se la busca para someterla a interrogatorio. Ríndase de inmediato.

—Aquí me tiene —le respondió Tolly Mune con idéntica sequedad a la empleada por ella—. Hágame sus malditas preguntas. —Los guardias seguían golpeando la puerta.

—Explique las razones de que haya vuelto ahí —dijo la consejera.

—Trabajo aquí —le replicó Tolly Mune con voz melosa. —Sus acciones se encuentran en grave desacuerdo con la política decidida por el consejo y no han sido aprobadas por éste.

—Tampoco las decisiones del Gran Consejo han sido aprobadas por mí —dijo la Maestre de Puerto. Desorden miró la pantalla y le bufó.

—Tenga la amabilidad de considerarse bajo arresto. —No pienso hacerlo. —Cogió una gruesa mesita que había junto a la pantalla {algo que resultaba bastante fácil con un cuarto de gravedad) y se la arrojó. Los rechonchos rasgos de la consejera se desintegraron en un diluvio de chispas y pedazos de cristal.

Mientras tanto los guardias habían estado manipulando los circuitos de la puerta usando un código de seguridad. Tolly lo contrarrestó, apelando a su prioridad como Maestre de Puerto, y oyó cómo uno de ellos maldecía.

—Mamá —dijo el otro—, todo esto no servirá de nada. Abra ahora mismo. No podrá salir de aquí y en diez o veinte minutos habremos logrado cancelar su orden de prioridad.

Tolly Mune se dio cuenta de que tenía razón. Estaba encerrada en la habitación y cuando hubieran conseguido abrir la puerta todo habría terminado. Miró a su alrededor, desesperada, buscando un arma, un modo de huir… algo. Pero no había nada.

Muy lejos, en uno de los extremos de la telaraña, el Arca brillaba iluminada por el sol de S’uthlam. Ahora ya debía encontrarse a salvo. Tolly esperaba que Tuf hubiera tenido el suficiente sentido común como para cerrar la nave una vez hubiera salido de ella el último obrero. Pero, ¿sería capaz de irse sin Desorden? Bajó la cabeza y le acarició la espalda.

—Tantos problemas por tu culpa —dijo. Desorden ronroneó. Tolly Mune miró de nuevo al Arca y luego a la puerta.

—Podríamos bombear gas ahí dentro —decía uno de los guardias—. Después de todo, esa habitación no es hermética.

Tolly Mune sonrió. Dejó nuevamente a Desorden sobre la almohada, se subió a una silla y quitó la tapa del sensor de emergencia. Llevaba mucho tiempo sin hacer ningún trabajo así y le costó unos cuantos segundos encontrar los circuitos y unos cuantos más imaginar un modo con el cual convencer al sensor de que había una fuga de aire en la ventana.

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