Bailando Al Anochecer
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Bailando Al Anochecer». Краткое содержание книги:
A medida que descendían por las escaleras, pasando por delante de todas las rosas blancas y rosadas que Belle había encargado especialmente para ese día, su nerviosismo y desilusión por lo apresurado de su boda se desvanecieron, y todo que le quedó fue un profundo sentimiento de alegría y felicidad. Cada paso la llevaba más cerca del hombre al que amaba, el hombre cuya vida pronto quedaría inextricablemente unida a la de ella.
Cuando entró en el salón y lo vio parado, de pie, junto al sacerdote, con los ojos brillantes de orgullo y deseo, casi no pudo contenerse para echar a correr directamente hacia sus brazos.
Ella y Alex finalmente llegaron al otro extremo del salón, él colocó su mano sobre el brazo de John y se alejó.
"¡Queridos hermanos!" atronó el reverendo Dawes. Una ráfaga de efluvios alcohólicos se abatió sobre el rostro de Belle. Ella tosió discretamente y retrocedió un pasito
Persephone ignoró la señal del sacerdote y siguió aporreando el piano, divirtiéndose enormemente. Dawes se giró con obvia irritación y gritó, " He dicho, '¡Queridos hermanos!' "
El musical estruendo de Persephone se apagó lenta y dolorosamente.
Belle aprovechó la momentánea distracción de Dawes para susurrar a John, "¿Estás seguro de que es un hombre de Dios?”
John intentaba contener una sonrisa. "Bastante seguro."
Dawes se volvió hacia la pareja. "Como decía… Queridos hermanos." Parpadeó unas cuantas veces y contempló la escasa muchedumbre. "O más bien," refunfuñó, "quizás debería decir queridos tres invitados."
Belle no pudo contenerse. "Hay cuatro invitados, si no le importa."
"Disculpe."
"Dije," Belle elevó un poco más la voz, "que hay cuatro invitados. Comprendo que esta es una ceremonia bastante irregular, pero me gustaría ser casada contando con mis cuatro invitados." Podía sentir que John a su lado, temblaba de risa silenciosa.
Dawes no era de los que cedían con facilidad ante lo que consideró era tan sólo un mero error de una jovencita, sobre todo después de haberse fortalecido con cinco copas de excelente brandy. "Yo veo tres."
"Hay cuatro."
Con un dedo, el reverendo señalo a Alex, a Emma, y por último a Dunford. "¡Uno, dos, tres!"
"¡Y cuatro!" finalizó Belle, con un triunfante gesto hacia Persephone, quien los contemplaba con obvia y divertida fascinación sentada al piano.
En ese momento Dunford explotó en una ruidosa carcajada, coreado inmediatamente por Emma y Alex, quienes hasta entonces habían logrado mantener su hilaridad bajo control. El rostro de Dawes comenzó a congestionarse y dijo, "Ella es la pianista."
"Ella es mi invitada."
"Oh, muy bien, chiquilla impertinente," se quejó él, secándose las cejas con un inmaculado pañuelo. "Queridos hermanos, nos hemos reunió aquí, ante cuatro testigos… "
La ceremonia prosiguió sin más benditos tropiezos durante varios minutos. A John le costaba creer su suerte. Sólo unos minutos más, pensó, e intercambiarían los votos y los anillos, y entonces ella sería suya para toda la eternidad. Casi a punto de estallar de alegría e impaciencia, se forzó a no ceder al impulso de sacudir al locuaz sacerdote y obligarlo a hablar más rápido. Era consciente de que se suponía que debía estar saboreando cada momento de la ceremonia, pero lo que realmente deseaba era que ya hubiera acabado todo y largarse a algún lugar más privado donde pudiera estar a solas con su flamante esposa durante al menos una semana.
Las esperanzas de John de que la ceremonia finalizara en breve, sin embargo, se hicieron añicos cuando oyó abrirse la puerta de la calle de un estrepitoso portazo. Dawes lo miró interrogante, pero él negó con la cabeza de manera imperiosa, indicándole que la ceremonia debía proseguir.
Dawes perseveró incluso cuando se oyeron unas enérgicas pisadas acercándose velozmente hacia ellos por el pasillo. Determinada a no interrumpir otra vez la ceremonia, Belle mantuvo los ojos clavados con fijeza sobre el sacerdote, pero John no pudo evitar girarse cuando un joven moreno irrumpió en el salón. Sus ojos eran tan azules que solo podía ser el hermano de Belle.
"¡Santo Dios!" exclamó Ned Blydon, saltando por encima de un sofá. "¿Han pasado ya a la parte de las objeciones?"
" Er, no," dijo Dawes, su bulbosa nariz tenía un brillo rojizo. "Aún no. "
"Bien." Ned agarró la mano libre de Belle y la arrastró lejos del altar de un tirón. "¿Sabes lo que estás haciendo?" le siseó. "¿Quién es este hombre? ¿Qué sabes sobre él? ¿Qué está pasando? ¿Y como te atreves a enviarme una nota que sólo dice que te casas al día siguiente? ¿En qué estabas pensando?"
Belle aguardó pacientemente a que finalizara su diatriba. "¿Qué pregunta quieres que conteste primero? "
“¡Oiga usted! " vociferó Dawes. "¿Se va a celebrar este matrimonio o no? Tengo… "
"Se celebrará," dijo John con voz letal.
"Soy un hombre ocupado," balbuceó Dawes. "Tengo… "
"Señor Dawes," lo interrumpió Dunford suavemente, desarmándolo con una sonrisa devastadora. "Debo pedirle perdón por esta interrupción. Es escandaloso que un hombre de su clase sea tratado así. ¿No le gustaría acompañarme a tomar una copa de brandy mientras se aclara este asunto?"
Belle no sabía si darle las gracias a Dunford o estrangularlo. A este paso Dawes estaría demasiado borracho para celebrar la ceremonia.
Puso los ojos en blanco y se volvió hacia su hermano, quien la miraba con preocupación. "¿Estás segura de que quieres hacer esto? " le estaba diciendo. "¿Quién es este hombre?"
Alex se acercó a Ned y le dio un toquecito sobre el hombro. "Es un buen hombre," dijo suavemente. A su lado, Emma asintió vigorosamente.
"¿Lo amas?" preguntó Ned.
"Sí," susurró Belle. "Con todo mi corazón."
Ned la miró a los ojos, tratando de determinar la profundidad de sus sentimientos. "Muy bien. Pido perdón por la interrupción," dijo elevando un poco la voz. "Pero vamos a tener que comenzar desde el principio, porque quiero entregar a mi hermana."
"¡Espere un momento, joven! Ya llevábamos más de la mitad de la ceremonia," aulló Dawes. "Soy un hombre ocupado."
"Lo que es, es un borrachín," refunfuñó Belle quedamente.
"¿Dijo algo?" preguntó Dawes, parpadeando enérgicamente. Se giró hacia Dunford, a quien ahora consideraba como un aliado, y lo sujetó por el hombro. "¿Ha dicho algo? "
Dunford se desasió con cuidado del sacerdote. "No se preocupe, compañero, recibirá una compensación extra por los inconvenientes. Yo me ocuparé."
Belle y Ned se apresuraron a subir y acababan de alcanzar el descansillo cuándo oyeron a Dawes preguntar, "¿Va a tocar el piano otra vez?" A la pregunta la siguió un estruendoso sonido cuyo origen Belle no quiso indagar.
Unos segundos después, Persephone comenzaba a tocar el piano vigorosamente, y Belle emprendía su segunda procesión del día escaleras abajo para casarse.
"Estás preciosa," susurró Ned.
"Gracias." Belle sonrió ante sus palabras, profundamente conmovida. Ella y su hermano se querían mucho el uno al otro, pero solían demostrarlo chinchándose como niños, y no con cumplidos. Cuando Belle entró de nuevo en el salón, los ojos de John todavía brillaban de orgullo y deseo por ella, pero esta vez también contenían una chispa de humor. Ella le sonrió, una tonta y diminuta sonrisa, para decirle que no le importaba que su boda se hubiera convertido en semejante caos. Que lo único que le importaba era él.
La ceremonia avanzó con notable tranquilidad considerando los anteriores contratiempos. Persephone hasta dejó de aporrear el piano instantáneamente cuando Dawes gruñó, "Queridos hermanos."
Un poco después John y Belle eran marido y mujer.
Hubo muchas aclamaciones cuando se besaron, aunque Dunford más tarde puntualizó que él aplaudió más por el hecho de que la ceremonia en sí hubiera conseguido llegar a su fin que por la felicidad de la pareja.