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Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]

Электронная книга - «Te regalaré las estrellas [calibre 4.99.4]». Краткое содержание книги:

Por la autora de Yo antes de ti, una fabulosa historia sobre cinco extraordinarias mujeres que intentan cambiar su mundo con el poder de los libros. Inspirada por la sed de aventuras y el deseo de abandonar la monotonía de Inglaterra, Alice Wright se enamora de un atractivo americano y toma la impulsiva decisión de aceptar su propuesta de matrimonio. Pero su nueva vida en la pequeña y conservadora ciudad minera de Kentucky en la que Alice se instala con su marido y su autoritario suegro en medio de la Gran Depresión resulta aún más claustrofóbica. Hasta que conoce a Margery O'Hare. Independiente y deslenguada, Margery no ha pedido el permiso de un hombre para nada en toda su vida y ahora se ha propuesto llevar el milagro de los libros hasta el último rincón de la región. A caballo, atravesando montañas y bosques salvajes, y a menudo luchando contra el prejuicio y la ignorancia, Alice, Margery y sus compañeras se convertirán en bibliotecarias itinerantes al tiempo que descubren la libertad, la amistad, el amor y una vida que por fin les pertenece. La crítica ha dicho...
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—Muy bien dicho —comentó Alice—. A mí nunca se me ocurren las palabras adecuadas cuando las necesito.

—Ya, bueno… —Margery le dio un trago a su copa—. Últimamente he estado practicando.

Se quedaron un rato sentadas y dejaron que el parloteo del bar subiera y bajara a su alrededor. Margery le pidió al camarero otro bourbon, luego cambió de opinión y lo canceló.

—Sigue con lo que me estabas contando —dijo.

—Ah. Pues que no puedo volver a casa. Eso es lo que pone la carta. Mis padres no quieren que vuelva.

—¿Cómo? Pero ¿por qué? Eres su única hija.

—No encajo. Siempre he sido una especie de vergüenza para ellos. No sé. Las apariencias son lo más importante para mis padres. Es como si… Como si habláramos diferentes idiomas. De verdad creía que Bennett era la única persona que me quería tal y como era. —La joven suspiró—. Y, ahora, estoy atrapada.

Las mujeres se quedaron en silencio durante un rato. Henry se fue, lanzándoles miradas furiosas y tensas mientras se dirigía hacia la puerta.

—Voy a decirte algo, Alice —repuso Margery, mientras la puerta se cerraba detrás de aquel hombre. Posó una mano sobre el brazo de su amiga y lo apretó con una fuerza inusitada—. Siempre hay una solución para cualquier problema. Puede que sea desagradable. Puede que te haga sentir como si la tierra hubiera desaparecido bajo tus pies. Pero nunca estás atrapada, Alice. ¿Me oyes? Siempre hay una forma de salir.

—No me lo puedo creer.

—¿Qué? —Bennett estaba examinando las rayas planchadas de sus nuevos pantalones. El señor Van Cleve, que estaba de pie con los brazos extendidos mientras le tomaban las medidas para un chaleco nuevo, señaló la puerta con tal brusquedad que un alfiler se le clavó en la axila, lo que le hizo soltar un improperio—. ¡Maldita sea! ¡Ahí fuera, Bennett!

Bennett levantó la vista y miró por la ventana del escaparate del sastre. Para su asombro, allí estaba Alice, del brazo de Margery O’Hare, saliendo del Todd’s Bar, un tugurio sobre cuya puerta había un cartel oxidado que anunciaba: «TENEMOS CERVEZA BUCKEYE». Iban con las cabezas inclinadas la una hacia la otra y se reían a carcajadas.

—O’Hare —dijo Van Cleve, negando con la cabeza.

—Comentó que quería hacer unas compras, papá —declaró Bennett, con hastío.

—¿Eso te parecen compras navideñas? ¡La chica de los O’Hare la está corrompiendo! ¿No te dije que estaba hecha del mismo material que el inútil de su padre? Solo Dios sabe lo que le estará metiendo en la cabeza a Alice. Quítame los alfileres, Arthur. Vamos a llevárnosla a casa.

—No —dijo Bennett.

Van Cleve giró la cabeza.

—¿Qué? ¡Tu mujer ha estado bebiendo en una maldita tasca! ¡Tienes que empezar a hacerte cargo de la situación, hijo!

—Déjala.

—¿Es que esa mujer te ha arrancado las puñeteras pelotas? —bramó Van Cleve, rompiendo el silencio de la tienda.

Bennett miró al sastre, cuya expresión revelaba que aquel era el tipo de pormenor que más tarde comentaría con avidez con sus compañeros.

—Ya hablaré con ella. Vámonos a casa.

—Esa chica está sembrando el caos. ¿Crees que es bueno para esta familia que arrastre a tu esposa a un bar de mala muerte? Hay que meterla en cintura y si no lo haces tú, Bennett, lo haré yo.

Alice estaba tumbada en el diván del vestidor, mirando al techo, mientras Annie preparaba abajo la cena. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de ofrecerle su ayuda porque, hiciera lo que hiciera, ya fuera pelar, cortar o freír, era recibido con un desagrado mal disimulado, y estaba harta de los comentarios maliciosos de Annie.

A Alice ya no le importaba que Annie supiera que dormía en el vestidor, aunque no le cabía la menor duda de que la mujer se lo había contado a medio Baileyville. Ya no le importaba que fuera obvio que todavía tenía el mes. ¿Para qué tratar de fingir? De todos modos, fuera de la biblioteca, había poca gente a la que le importara impresionar. Entonces, la joven oyó el enérgico rugido del Ford del señor Van Cleve deteniéndose en el camino de grava y el portazo de la mosquitera que el hombre parecía incapaz de cerrar con cuidado. Habían vuelto. Alice ahogó un suspiro. Cerró los ojos unos instantes. Luego se levantó y fue hacia el baño, dispuesta a acicalarse para la cena.

Cuando Alice bajó, los dos hombres ya estaban sentados uno frente al otro a la mesa del comedor, con los platos y los cubiertos ordenados con eficiencia delante de ellos. Por la puerta de vaivén se filtraban pequeñas nubes de vapor y, en el interior de la cocina, el ruido de las tapas de las ollas de Annie indicaba que la cena ya casi estaba lista. Los hombres levantaron la vista cuando Alice entró en la habitación y la muchacha creyó que era porque se había arreglado un poco más de lo habitual. De hecho, llevaba puesto el mismo vestido que cuando Bennett se le había declarado, se había cepillado el pelo con esmero y se lo había recogido. Pero tenían cara de pocos amigos.

—¿Es verdad?

—¿El qué? —A la joven se le pasaron por la cabeza todas las cosas censurables que había hecho ese día. «Beber en bares. Hablar con desconocidos. Comentar el libro Amor conyugal con Margery O’Hare. Escribirle a su madre para preguntarle si podía volver a casa».

—¿Dónde está la señorita Christina?

—¿La señorita qué?

—¡La señorita Christina!

Alice miró a Bennett y luego otra vez a su padre.

—Yo no… No tengo ni idea de qué está hablando.

El señor Van Cleve meneó la cabeza, como si Alice fuera deficiente mental.

—La señorita Christina. Y la señorita Evangeline. Las muñecas de mi mujer. Annie dice que no están.

Alice se relajó. Echó hacia atrás una silla, ya que nadie iba a hacerlo por ella, y se sentó a la mesa.

—Ah. Esas. Me las he llevado.

—¿Cómo que te las has «llevado»? ¿Adónde te las has llevado?

—Hay dos niñas encantadoras en mis rutas que han perdido a su madre no hace mucho. No iban a tener regalos de Navidad y sabía que, si se las donaba, las haría más felices de lo que pueda imaginar.

—¿Si se las donabas? —A Van Cleve se le salieron los ojos de las órbitas—. ¿Has regalado mis muñecas? ¿A unos… montañeses?

Alice se puso la servilleta con cuidado sobre el regazo. Luego observó a Bennett, que miraba fijamente su plato.

—Solo dos de ellas. No creí que a nadie le importara. Estaban ahí sentadas, sin hacer nada, y aún quedan muchas muñecas. No creí que siquiera fueran a darse cuenta, a decir verdad. —La joven intentó esbozar una sonrisa—. Al fin y al cabo, ya son unos hombres hechos y derechos.

—¡Eran las muñecas de Dolores! ¡De mi querida Dolores! ¡Tenía a la señorita Christina desde que era una niña!

—Pues lo siento. No creí que tuviera importancia.

—¿Qué diablos te pasa, Alice?

Ella miró fijamente un punto del mantel, un poco más allá de su cuchara. Cuando por fin consiguió hablar, lo hizo con voz tensa.

—Estaba siendo caritativa. Como usted siempre me dice que era la señora Van Cleve. ¿Para qué quiere usted dos muñecas, señor Van Cleve? Es un hombre. Le importan tan poco las muñecas como el resto de fruslerías que hay en esta casa. ¡Son cosas inanimadas! ¡Sin importancia!

—¡Eran reliquias familiares! ¡Para los hijos de Bennett!

Alice abrió la boca, incapaz de reprimirse.

—Pero Bennett no va a tener ningún hijo, ¿verdad?

La joven levantó la vista y vio a Annie en la puerta, con los ojos abiertos de par en par, encantada por el giro que habían dado los acontecimientos.

—¿Qué acabas de decir?

—Que Bennett no va a tener ningún puñetero hijo. Porque… no tenemos ese tipo de relación.

—Si no tenéis ese tipo de relación, muchacha, es por culpa de tus repugnantes ideas.

—¿Disculpe?

Annie empezó a sacar las bandejas. Tenía las orejas como tomates.

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