Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 131
Перейти на страницу:

– Sí -dijo Edwina-, ya entiendo lo que quieren.

Una periodista esbelta y rubia, preguntó:

– Míster Orinda: ¿cuánto dinero depositarán todos ustedes en el banco?

– No mucho -fue la alegre respuesta-, muchos han traído sólo cinco dólares. Es la cantidad menor que acepta este banco. ¿No es verdad? -miró a Edwina, que asintió.

Algunos bancos, como sabían Edwina y algunos de los oyentes, requerían un mínimo de cincuenta dólares para abrir una cuenta de ahorros, y de cien dólares para cuenta corriente. Algunos pocos no tenían el mínimo. El First Mercantile American que buscaba alentar a los pequeños ahorristas, había aceptado un mínimo de cinco dólares.

Otra cosa: una vez que una cuenta era aceptada, la mayoría de los originales cinco dólares podían ser retirados, dejando cualquier balance de crédito para mantener la cuenta abierta. Seth Orinda y los otros habían comprendido claramente esto y se proponían ahogar la sucursal bancaria del centro con transacciones de depósitos y retiros. Edwina pensó: es posible que lo logren.

Sin embargo no se estaba haciendo nada ilegal ni obstructivo.

Pese a sus responsabilidades y a su rabia de hacía unos momentos, Edwina tuvo la tentación de reír, aunque comprendió que no debía hacerlo. Miró de nuevo a Nolan Wainwright que se encogió de hombros y dijo tranquilamente:

– Mientras no haya ningún disturbio evidente lo único que podemos hacer es regular el tráfico.

El jefe de seguridad del banco se volvió hacia Orinda y dijo con firmeza:

– Esperamos que todos ustedes nos ayuden a mantener este lugar en orden, dentro y afuera. Nuestros guardias darán instrucciones sobre la cantidad de personas que podrán entrar por vez, y dónde debe situarse la fila de los que esperan.

El otro asintió:

– Lógicamente, señor, mis amigos y yo haremos todo lo posible para ayudar. Tampoco queremos ningún disturbio. Y esperamos que se nos trate con justicia.

– ¿Y eso qué significa?

– Los que estamos aquí -afirmo Orinda- y los de afuera, son clientes como cualquier otro que venga a este banco. Y, si bien estamos dispuestos a esperar nuestro turno con paciencia, no queremos que otros reciban un tratamiento especial o que se les permita pasar antes que nosotros, que estamos esperando. Lo que quiero decir es que, cualquiera que llegue, no importa quien sea, tendrá que formar cola.

– Nos ocuparemos de eso.

– Nosotros también, señor. Porque, si lo hacen ustedes de otro modo, será un caso evidente de discriminación. Entonces tendrán que ver cómo nos movemos.

Los periodistas, según vio Edwina, seguían tomando notas.

Se abrió paso entre la muchedumbre hacia los nuevos escritorios habilitados, a los que ya se habían unido dos más, mientras se establecían otros dos.

Uno de los escritorios auxiliares, notó Edwina, estaba ocupado por Juanita Núñez. Ella vio la mirada de Edwina y cambiaron una sonrisa. Edwina recordó de pronto que la muchacha Núñez vivía en el Forum East. ¿Había estado enterada de antemano de aquella invasión? Después pensó: de todos modos, no importaba.

Dos de los funcionarios menores del banco supervisaban la nueva actividad de abrir cuentas, y era evidente que cualquier otro trabajo iba a quedar seriamente retrasado.

El hombre de aspecto robusto, que había sido uno de los primeros en llegar, se levantaba en el momento en que Edwina se acercó.

La muchacha que había hecho el trámite y que ya no estaba nerviosa, dijo:

– Éste es míster Euphrates. Acaba de abrir una cuenta.

– Deacon Euphrates es como todos me llaman -y el hombre tendió a Edwina una mano enorme, que ella tomó.

– Bien venido al First Mercantile American, míster Euphrates.

– Gracias, muy amable de su parte. De verdad, tan amable que creo que, después de todo, voy a poner un poco más de alpiste en esta cuenta -examinó un puñado de cambio menor, seleccionó un cuarto de dólar y dos monedas más y después se dirigió a un cajero.

Edwina preguntó a uno de los nuevos empleados que atendían el servicio de cuentas:

– ¿Cuánto fue el depósito inicial?

– Cinco dólares.

– Bien. Procuren trabajar lo más rápidamente posible.

– Es lo que hago, mistress D'Orsey, pero perdí mucho tiempo con ese hombre, porque hizo cantidad de preguntas sobre retiros e intereses. Tenía todo escrito en un papel.

– ¿Tiene usted el papel?

– No.

– Probablemente otros también lo tengan. Procure conseguir uno y tráigamelo.

Tal vez sirva para darnos alguna clave, pensó Edwina, acerca de quién ha planeado y ejecutado esta experta invasión. No creía que ninguna de las personas con las que había hablado hasta ese momento fuera la figura organizadora clave.

Otra cosa emergía: la tentativa de inundar el banco no iba a limitarse meramente a abrir nuevas cuentas. Los que ya las habían abierto formaban ahora cola ante los mostradores de los cajeros, pagando o retirando diminutas sumas a paso glacial, haciendo preguntas o forzando a los cajeros a conversar.

De manera que los clientes regulares no sólo iban a tener dificultades para entrar al edificio, sino que, una vez dentro, sufrirían nuevos impedimentos.

Informó a Nolan Wainwright acerca de las listas de preguntas y de las instrucciones que había dado a la muchacha empleada.

El jefe de seguridad aprobó:

– A mí también me gustaría verlas.

– Míster Wainwright -llamó una secretaria-, le llaman por teléfono. Él cogió el teléfono y Edwina le oyó decir:

– Es una manifestación, aunque no en el sentido legal. Es pacífica y podría provocar molestias para nosotros mismos si tomamos decisiones apresuradas. Lo que menos deseamos aquí es un enfrenamiento violento.

Era tranquilizador, pensó Edwina, poder contar con la sana solidez de Wainwright. Cuando él dejó el teléfono ella tuvo una idea.

– Alguien sugirió que llamáramos a la policía -dijo.

– Llegó cuando yo llegaba y la despaché. Ya vendrá si la necesitamos. Pero espero que no sea así -señaló hacia el teléfono, después hacia la Torre de la Casa Central-. La noticia ha llegado a los grandes. Están allí apretando los botones del pánico.

– Deberían procurar devolver los fondos que han retirado del Forum East.

Por primera vez desde su llegada una breve sonrisa atravesó la cara de Wainwright.

– A mí también me gustaría. Pero ésta no es la manera y, cuando el dinero del banco está en juego, la presión exterior no alterará nada.

Edwina estaba a punto de decir: «¿Quién sabe?» cuando cambió de idea y se quedó en silencio.

Mientras miraban, la multitud que monopolizaba la zona central del banco seguía sin disminuir; el rumor era un poco más fuerte que antes.

Afuera la fila que aumentaba seguía firme en su puesto.

Eran las 9,45.

4

También a las 9,45, a tres manzanas de la Torre de la Casa Central del FMA, Margot Bracken operaba en un puesto de mando desde un Volkswagen descuidadamente estacionado.

Margot había tenido la intención de mantenerse apartada de la ejecución de su plan de presión, pero, finalmente, no había podido hacerlo. Como un caballo de batalla que patea el suelo ante el olor del combate, su resolución se había debilitado primero y se había disuelto después.

Pero la preocupación de Margot de no turbar a Alex o a Edwina continuaba, y éste era el motivo de que estuviera ausente de la primera fila de acción, en la Plaza Rosselli.

Si aparecía, iba a ser rápidamente identificada por miembros de la prensa, cuya presencia Margot conocía, ya que ella misma lo había arreglado de antemano, con notas confidenciales a los periódicos, a la TV y a la radio.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 131
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)