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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Por consiguiente el máximo de cuentas nuevas que cualquier empleado bancario podía abrir en una hora era de cinco, de modo que, todo lo que los tres empleados que estaban trabajando podían alcanzar era un total de noventa cuentas en un día de trabajo, si trabajaban a toda velocidad, lo que era improbable.

Incluso triplicar el número de empleados en la tarea no permitiría que se abrieran más de doscientas cincuenta cuentas en un día y, ya en los primeros minutos de trabajo, había en el banco más de cuatrocientas personas, otras seguían entrando, y la fila de afuera, que Edwina se levantó para ir a comprobar, parecía más larga que nunca.

El ruido dentro del banco seguía aumentando. Se había convertido en un rugido.

Otro problema era que la creciente masa de los llegados al recinto impedía el acceso de otros clientes a los mostradores. Edwina pudo ver algunos afuera, que miraban aquella barahúnda con consternación. Mientras ella miraba, algunos se cansaron y se marcharon.

Dentro del banco los recién llegados conversaban con los pagadores, y los pagadores, que no tenían nada que hacer a causa de la confusión, charlaban también.

Dos ayudantes de la gerencia habían ido a la zona central y procuraban controlar el fluir de la gente, abriendo también algún espacio ante los mostradores. Pero no tenían mucho éxito.

Sin embargo, no había hostilidad evidente. Todos los que estaban en el repleto banco, cuando los miembros del personal les dirigían la palabra contestaban cortésmente y con una sonrisa. Era, pensó Edwina, como si todos los aquí presentes hubieran recibido instrucciones de portarse lo mejor posible.

Decidió que había llegado el momento de intervenir.

Edwina dejó la plataforma y la zona cercada donde estaba el personal y con dificultad, se abrió paso entre la confusión de gente hasta la puerta principal. Hizo señas a dos guardias de seguridad, que se abrieron paso a codazos para llegar hasta ella, y ordenó:

– Ya hay bastante gente en el banco. Que todo el mundo se quede ahora fuera. Dejen entrar sólo cuando otros hayan salido. Naturalmente, nuestros clientes habituales deben tener preferencia y hay que dejarles pasar cuando lleguen.

El más viejo de los guardias acercó su cabeza a la de Edwina para hacerse oír.

– No va a ser fácil, mistress D'Orsey. Reconocemos muchos clientes, pero hay muchos que no conocemos. Vienen demasiadas personas diariamente para que las conozcamos a todas.

– Otra cosa -interrumpió el otro guardia-, cuando llega alguien los que están fuera gritan: «A la cola». Si favorecemos a algunos podemos provocar una revuelta.

Edwina aseguró:

– No habrá revuelta. Haga todo lo que pueda.

Al volverse, Edwina habló con varios de los que esperaban. Las constantes conversaciones que los rodeaban impedían que la oyeran y tuvo que levantar la voz.

– Soy la gerente. ¿Podrían ustedes decirme por qué han venido hoy todos aquí?

– Estamos abriendo cuentas -contestó una mujer que estaba junto a Edwina, con un niño. Tuvo una risita-. No hay nada malo en eso, ¿verdad?

– Y ustedes han puesto anuncios -intervino una voz de negro-. Dicen que por pequeña que sea una cantidad se puede empezar con ella.

– Es verdad -dijo Edwina- y el banco ha hablado en serio. Pero debe haber algún motivo para que todos ustedes hayan decidido venir juntos.

– Puede usted decir -chilló un viejo cadavérico- que todos somos del Forum East.

Una voz joven intervino:

– O queremos serlo.

– Por eso todavía no me… -empezó Edwina.

– Tal vez yo pueda explicarle, señora -un hombre negro, de mediana edad y aspecto distinguido, se abrió paso entre la marea de gente.

– Hágalo, por favor.

En el mismo momento Edwina fue consciente de otra figura a su lado. Al volverse vio que era Nolan Wainwright. Y en la puerta principal había varios nuevos guardias de seguridad, para ayudar a los dos habituales. Edwina lanzó una mirada interrogativa al jefe de Seguridad, que aconsejó:

– Adelante. Lo está usted haciendo muy bien.

El hombre que se había adelantado, dijo:

– Buenos días, señora. No sabía que hubiera mujeres gerentes de banco.

– Bueno, las hay -contestó Edwina-. Y cada vez somos más. Supongo que usted cree en la igualdad de las mujeres, ¿míster…?

– Orinda. Seth Orinda, señora. Y le aseguro que creo en eso, y también en muchas otras cosas.

– ¿Y es una de esas otras cosas la que los ha traído hoy aquí?

– En cierto modo así puede decirse.

– ¿Exactamente de qué modo?

– Creo que está usted enterada que todos somos del Forum East.

Ella reconoció:

– Eso me han dicho.

– Lo que hacemos puede calificarse de un acto de esperanza -el bien vestido portavoz marcó con cuidado las palabras. Habían sido escritas y ensayadas. Más gente se acercó, y las conversaciones se apaciguaron al escuchar.

Orinda prosiguió:

– Este banco, según dice, no tiene bastante dinero para seguir ayudando a la construcción del Forum East. De todos modos el banco ha reducido a la mitad el dinero que nos otorgaba, y algunos creemos que todavía cortarán otra mitad, es decir, si alguien no se pone a tocar el tambor y hace algo.

Edwina dijo agudamente:

– Y hacer algo, supongo, significa llevar a un punto muerto todos los negocios de esta sucursal -mientras hablaba fue consciente de varias caras nuevas entre la multitud, de libretas que se abrían y del correr de lápices. Comprendió que habían llegado los periodistas.

Evidentemente alguien había avisado de antemano a la prensa, lo que explicaba la presencia del equipo de televisión afuera. Edwina se preguntó quién lo habría hecho.

Seth Orina pareció apenado.

– Lo que estamos haciendo, señora, es traer todo el dinero que podemos juntar nosotros, pobre gente, para ayudar al banco en estos momentos de prueba.

– Sí, -intervino otra voz-, y que no nos vengan con que eso no es buena vecindad.

Nolan Wainwright exclamó:

– ¡Eso es una tontería! Este banco no está en dificultades.

– Si no está en dificultades -preguntó una mujer- ¿por qué ha hecho lo que ha hecho con el Forum East?

– La posición del banco fue aclarada en el anuncio -contestó Edwina-. Es una cuestión de prioridades. Además, el banco ha dicho que espera reanudar la financiación más adelante -incluso a ella las palabras le parecieron huecas. Otros también lo pensaron, porque estalló un coro de risas burlonas.

Fue la primera nota de fealdad y de enemistad. El hombre de apariencia distinguida, Seth Orinda, se volvió bruscamente y levantó la mano llamando al orden. Las burlas cesaron.

– Vean ustedes cómo se ve aquí la cosa -afirmó, dirigiéndose a Edwina- el hecho es que todos hemos venido a poner dinero en su banco. Es a esto a lo que me refiero cuando hablo de un acto de esperanza. Pensábamos que, cuando nos vieran a todos, y comprendieran lo que sentimos, tal vez cambiarían ustedes de idea.

– ¿Y si no cambiamos?

– Entonces supongo que seguiremos buscando más gente y un poquito más de dinero. Y podemos hacerlo. Tenemos muchas almas bondadosas que seguirán viniendo hoy, y mañana, y pasado mañana. Y, para el fin de semana, se habrá corrido la voz -se volvió hacia los periodistas- de manera que habrá otros, y no sólo del Forum East, que se nos unirán la próxima semana. Nada más que para abrir una cuenta. Para ayudar a este pobre banco. Nada más.

Muchas voces añadieron alegremente:

– Sí, hombre, mucha más gente… no nadamos en oro, pero no cabe duda de que somos muchos… Digan a sus amigos que vengan a apoyarnos.

– Lógicamente -dijo Orinda con expresión inocente- algunas de las personas que ponen hoy dinero en el banco tendrán que venir a sacarlo mañana, o al día siguiente, o la próxima semana. Muchos tienen poco, y no pueden dejar aquí el dinero mucho tiempo. Pero, en cuanto sea posible, volveremos a ponerlo… -sus ojos brillaron con travesura-. Queremos, que estén ustedes ocupados.

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