Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—Quizá estuviera en racha.
—Te he cortado el rollo, ¿verdad?
—Eres una llave de paso, Philip.
—Un sifón.
—¿Perdona?
—Me he adelantado antes de que se te ocurriera a ti.
—Esta mañana estás hecho un fondo fiduciario de sentencias.
—Así me gano la vida.
—Mira, Phil, si me permites adoptar un momento mi Voz Seria…
—Oh, no, otro anuncio de caridad no.
—No. Pero, como sabrás, Philip, no solemos atender peticiones.
Phil pareció sorprendido.
—Bueno, es que no podemos. La mayoría de las que recibes resultan anatómicamente imposibles.
—Creo que descubrirás que en Tánger existe una pequeña clínica privada que, previo pago, te demostrará lo equivocado que estás, Filfa Phil, aunque quizá no.
—Continúa.
—Ayer me encontré con alguien que había conocido en una fiesta y le prometí que le dedicaría una canción a su mujer.
Phil me miró parpadeando. Alcé el cronómetro para los silencios radiofónicos amenazadoramente.
—¿Ah, sí?
—A veces, Phil, todo es banalidad.
—¿Es un anuncio nuevo del programa?
—No. Así que, para la encantadora Celia Jane, «Have a Nice Day» de los Stereophonics.
Puse el disco y ajusté los controles de la mesa.
Phil parecía desconcertado. Miró los botones de la mesa de mezclas y escuchó la canción por los auriculares.
—Ni siquiera hinchas la voz —dijo, más para sí que para mí. Separó los brazos—. ¿De qué va todo esto?
Me colgué los cascos del cuello para darles un respiro a mis oídos.
—No pienso darte más información —le contesté. Señalé al lector de cedés en marcha—. De todos modos lo íbamos a pinchar. Fin de la historia.
Arrugó la piel de alrededor de los ojos.
—¿Intentas tirarte a esa mujer?
—¡Phil! Está casada, ya te lo he dicho.
Phil se rió en voz alta.
—¿Desde cuándo eso te ha detenido alguna vez?
—A veces eres un cínico, Philip. Ya verás, aunque cambie el viento tú seguirás en el mismo sitio.
—Es para protegerme de ti, amigo.
—¿Qué tiene de malo aceptar peticiones?
—Que nunca lo hacemos.
—Bueno, pues para variar.
—Tiene que haber otro motivo.
—¿Quieres dejarlo ya? No hay nada más.
—Conozco la manera en que te funciona la cabeza, Ken. Tiene que haber algo más. Eres una criatura de costumbres y rituales, más de lo que crees.
Negué con la cabeza.
—Vale, admito que me vi en una situación un tanto extraña por culpa de… un amigo de sir Jamie —dije mirando el tiempo de reproducción en la lista de temas y luego el reloj del estudio.
—¡Ajá!
—Ni ajá ni hostias. Mira, el tipo es una especie de pez gordo, conoce a nuestro Querido Propietario, nos encontramos ayer de casualidad y no sé cómo me comprometí a dedicarle una canción a su señora.
—Que apuesto a que es una belleza.
—El tipo es un pez gordo, ya te lo he dicho. Siempre lo son. Si alguna vez ves a alguno de esos con una mujer normalita, eso es amor. ¿Quieres parar de mirarme así?
—Vaya, menuda sorpresa.
—Quería darte las gracias.
—Pues ¿con qué felicitas la Navidad al cartero?
Ceel sonrió.
—Además, a partir de Año Nuevo no voy a poder verte en bastante tiempo. Lo siento.
—Ah, bueno.
—Tenías planes para esta tarde, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Nada; solo una cita con los abogados. Puede esperar.
—No estarás metido en ningún problema, ¿verdad?
—No. No son mis abogados. Es solo una declaración por un accidente que presencié hará un par de meses. Y bien, ¿qué vas a hacer en vacaciones?
—Voy a casa.
—¿A la isla?
—Sí.
—¿Con el señor M.?
—Sí. ¿Y tú?
—Me quedo en Londres.
Hacía casi un año que había accedido a pasar las fiestas con Jo y su familia en Manchester, pero ahora resultaba quejo estaría en el extranjero en Navidad y Año Nuevo, ayudando diligentemente a Addicta a aprovechar el momento mientras durara. Ni siquiera podía ir a visitar a mis padres; hacía mucho que habían decidido que estaban hartos de los inviernos escoceses y todo el follón navideño y llevaban varios años pasando las vacaciones en Tenerife.
—De todos modos, me alegro de que podamos vernos.
—Ha sido suerte. John ha tenido que marcharse esta mañana. A «Amsterdam», otra vez. —Consultó su reloj, que era lo único que llevaba puesto. Un atisbo de ceño fruncido se había dibujado en su frente al pronunciar la palabra Amsterdam—. Pero solo tenemos hasta las tres.
Me incorporé sobre un codo y la contemplé a la suave luz que se filtraba desde el baño y una lamparilla de lectura colocada sobre un escritorio de cortina. Celia estaba tumbada de forma exuberante, abierta de piernas, con su pelo castaño dorado extendido sobre las sábanas blancas y un almohadón mullido como un delta fabulosamente trenzado, con un brazo recogido bajo la cabeza y la marca de helecho del rayo simulando maravillosas marqueterías en su piel oscura como la miel.
—Ayer no sabía que estarías allí —le dije. Sacudí la cabeza—. Estabas muy guapa. Debería haberme escondido, pero no podía quitarte los ojos de encima.
Me acarició el brazo.
—No pasa nada. Me preocupé cuando me di cuenta de que John había visto que te reconocía, pero pensó que él también te conocía de la fiesta o tal vez de alguna fotografía en los periódicos. Tiene muy buena memoria.
—¿De modo que esta mañana se ha ido temprano y no ha oído la canción que te he dedicado?
—No. Pero yo sí que la he oído.
Miré alrededor.
—Y has decidido quedar aquí.
Estábamos otra vez en el Dorchester, donde había comenzado nuestra relación. El gran árbol del exterior, el que habíamos contemplado en mayo desde la suite de dos pisos más arriba a la luz de la luna y los reflectores, ahora se había quedado sin follaje. Esta vez no había que estar en silencio.
—Te confieso que he estado preguntándome qué harías cuando se nos acabaran los hoteles pijos nuevos. Nos había imaginado descendiendo de nivel hasta acabar compartiendo una litera en una habitación comunitaria de algún hostal mochilero de Earl’s Court.
Sonrió tímidamente.
—Eso son montones de citas, incluso si nos restringiéramos solo al centro de Londres.
—Soy optimista. Bueno, y ¿qué te ha hecho volver aquí?
—Bueno, tenía pensado regresar para nuestro primer aniversario…
—¿De verdad? —dije con una sonrisa de oreja a oreja—. Parece que al fin y al cabo ese corazoncito tuyo esconde un rincón romántico, Celia Jane.
Me pellizcó en el brazo, haciéndome chillar y frotarme la piel. Me iba a salir un morado. Un acto particularmente mezquino el suyo, porque a mí no se me permitía dejarle marcas.
—Ah —dijo levantando un dedo—. Pero después caí en la cuenta de que eso sería seguir un patrón, algo muy peligroso.
—Habrías sido una espía estupenda.
—Y también tenía la impresión de que algo había cambiado, ahora que nuestros mundos particulares se han mezclado.
—Una minúscula parte de mí, encogida y aterrada, pensaba que todo había cambiado y no querrías volver a verme —confesé—. Que se había roto el hechizo. Ya sabes.
—¿De verdad lo pensabas?
—Y tanto. Menos mal que solo he tenido una noche para darle vueltas a la cabeza, pero sí, se me ocurrió. Tienes esas ideas acerca de la separación y un conjunto de creencias que me resultan totalmente exóticas, cuyas consecuencias no logro entender ni anticipar… Por lo que yo sé, lo de ayer para ti fue una señal, un mensaje de los cielos que significaba sin lugar a dudas (sin posibilidad de apelar o argumentar en contra, y de acuerdo con una fe que no alcanzo siquiera a imaginar) que habíamos terminado.