Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—¡Te estás quedando conmigo, colega! —Ed hablaba muy agudo, el altavoz de mi móvil se esforzaba en soportarlo.
Le conté los detalles del encuentro con el señor y la señora Merrial en Somerset House.
—Guau. Ahí es donde se registraban las cosas, ¿no? Nacimientos y bodas. Y defunciones.
—Sí, bueno, ahora hay una pista de hielo artificial, que es donde me topé con el tipo.
—¿Y le vas a dedicar un disco a su señora?
—Desde luego que sí.
—¡La virgen! ¿Y dice que ahora te debe un favor?
—Bueno, eso me dio a entender, pero…
—Pues pídele que averigüe quién va a por ti. Joder, dedícale un programa entero a su zorrita y de paso te los borra del mapa.
—Creo que resultaría algo excesivo.
—Al viejo le van los excesos, tío.
—Ya, bueno, creo que lo mantendré alejado de los líos en que ando metido.
—Chico listo, Kennif.
Tamborileé con los dedos de la mano izquierda en mi brazo derecho. Estaba de pie en la cubierta del Bella del templo, contemplando las aguas oscuras. Jo estaba abajo, abriendo unos paquetes de comida coreana a domicilio que acababan de traernos de un restaurante de Chelsea. Había sentido la necesidad de contar al menos algo de lo ocurrido por la tarde y Ed me había parecido la elección más obvia.
—¿Tú crees que debería pedirle ayuda? —pregunté—. Sé que es un mal tipo, pero a mí me ha parecido amigable; casi servicial. Es decir, tal vez…
—No, no creo que debas pedirle nada. Era broma. Mantén tu culito de blanco lejos de esa clase de gente.
—¿Estás seguro?
—Seguro, tío.
—Ya, pero a mí no me ha parecido tan malo, o sea…
—Escucha. Te voy a contar algo de tu querido señor Merrial.
—¿Qué?
—Es un poco horrible, pero creo que necesitas que te lo cuenten.
—A ver, di.
—Bien. —Oí a Ed respirar hondo. O quizá diera una calada—. Tiene un cabrón enorme que trabaja para él, ¿sabes? Un tipo rubio con la constitución de un refugio nuclear.
—Le he visto. Esta tarde me ha dado la tarjeta de Merrial.
—Bien. Bueno, pues esto me lo ha contado alguien que estuvo presente una vez cuando pasó. Cuando el señor Merrial quiere sacarle algo a alguien que no quiere contarle lo que sea, o si está molesto con alguien, en fin, lo ata a una silla con las piernas estiradas y los pies atados a otra silla y entonces el gigante rubio ese se le sienta en las piernas al tipo y bota encima cada vez más fuerte hasta que el desgraciado habla o las rodillas se le doblan del revés y se le parten las piernas.
—¡Joder, por Dios! Hostia, ese tío está enfermo.
—Y me lo ha contado un hermano que además es una fuente fiable, tío, sin lugar a dudas, nada aficionado a soltar trolas. Lo llevaron para que viera lo que le ocurriría si cabreaba al señor Merrial. En realidad yo creo que mi colega debió de intentar colarle alguna no muy limpia y Merrial quiso mandarle una advertencia. Por eso lo vio. Y lo oyó.
—Me encuentro fatal.
—El hermano ese también está hecho un cabrón. Y sabe desenvolverse por ahí, pero te juro que cuando me lo contaba se puso gris. Gris, Kennif.
—Verde —tragué—. Como yo ahora.
—Ya, bueno, pensaba que debías estar al corriente antes de mezclarte todavía más con gente de esa.
—¿Ken? —chilló Jo desde abajo.
—Hora del té, Ed. Aunque, no sé por qué, pero creo que he perdido el apetito. De todos modos, gracias por avisarme.
—De nada.
—Hasta la vista.
—Sí, cuídate. Aguanta, hermano. Adiós.
No miré de verdad la tarjeta de Merrial hasta la mañana siguiente, justo antes de comprobar los bajos de mi coche en busca de una bomba y poner rumbo al trabajo. Los Merrial vivían en Ascot Square, en Belgravia. Me detuve al lado del Landy y pensé en grabar el número de los Merrial en el móvil; decidí que debía hacerlo. Lo guardé en la posición 96, encima del número de móvil de Celia. Nunca había llegado a borrarlo —todavía me gustaba echarle un vistazo de vez en cuando—, pero por alguna razón me pareció el lugar adecuado para el teléfono de su casa.
Apenas había terminado cuando me llamaron al teléfono, todavía en mi mano; Phil, desde la oficina. Era otro día triste de diciembre y acababa de empezar a llover. Desconecté la alarma del Landy, abrí los cerrojos y me subí dentro, lejos de la lluvia, antes de contestar:
—¿Sí?
—Última hora.
Metí las llaves en el contacto.
—¿Qué pasa?
—Empieza el catorce de enero.
—¿Qué? ¿El año que viene? Van como locos, ¿eh?
—Falta un mes. Pero esta es la definitiva.
—Seguro que sí, Philip.
—Que no, que está programado en firme. Y te quieren en el programa.
—No es la fraseología más tranquilizadora del mundo.
—Han empezado a anunciarse y todo.
—Y todo. Bien.
—Los de relaciones públicas te van mencionando por ahí. Es un rumor.
—Algo a menudo asociado a la muerte, la decadencia, ¿no te parece?
—¿Vas a parar de comportarte como un cínico puñetero?
—Probablemente poco después de parar de comportarme como un puñetero vivo.
—Pensé que querrías enterarte.
—Tienes razón. La incertidumbre me estaba matando.
—Si lo único que se te ocurre son sarcasmos…
—El de hoy será un gran programa.
Le oí reírse. Me dispuse a arrancar el Landy, pero antes me recosté y agité las manos a pesar de que Phil no pudiera verme.
—¡Por amor de Dios! —dije—. ¿Por qué los de la tele tienen que convertirlo todo en un acontecimiento? Solo es un elemento de un programa televisivo de interés minoritario, no una obra inédita de Shakespeare escrita al dorso del fragmento perdido de la Sinfonía inacabada. —Volví a coger las llaves.
—¿Vienes para acá?
—Mejor que ir al más allá.
—Guárdate las bromas para el programa. Buen viaje.
—Voy de Chelsea al Soho, Phil, esto no es el rally París-Dakar.
—Entonces nos veremos pronto. Cuídate.
—Sí, adiós.
Guardé el teléfono. Me miré la mano, apoyada en las llaves del Landy que colgaban del contacto. La gente no paraba de decirme que fuese con cuidado. Miré afuera, por encima del capó abollado del Landy, sin girar todavía la llave de contacto. Ahora llovía con bastante intensidad. Suspiré, luego salí y revisé los bajos del coche por si había una bomba. Nada.
—Estoy totalmente a favor de la globalización. Es decir, si hablamos del tipo de globalización que dice a la gente que se olvide de lo que haya votado porque en cualquier caso os vamos a privatizar el agua y vamos a subir los precios un quinientos por ciento o más, entonces no, no me va. Yo estoy a favor de la globalización de las Naciones Unidas, por imperfectas que sean, por la globalización de los tratados antiarmamentísticos, la globalización de la Convención de Ginebra (posiblemente la siguiente muestra de internacionalismo de la que Bush y los suyos querrán renegar), la globalización del Tribunal de Justicia Internacional que Estados Unidos se niega a firmar, la globalización de las medidas en contra de la contaminación y ¿sabes por qué, Phil? Porque el viento no conoce fronteras. La globalización…
—El suelo.
—¿Qué?
—El suelo y el mar y el espacio. Ésas son las fronteras del viento.
Apreté el botón de efectos especiales que reproducía el viento del desierto soplando por entre las calles de un pueblo fantasma abandonado mucho tiempo atrás, con plantas rodadoras girando en el polvo entre crujientes ruinas de madera.
—¿Algo así? —pregunté mirándole.
—Es posible. —Phil me sonreía por encima de su ejemplar del Wall Street Journal.