El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
A Monk se le revolvió el estómago. Era lo que se temía.
– ¿Cómo lo sabe? -protestó.
– Vi su cara, y he visto la tuya. -Vendió otra empanada y se hurgó en los bolsillos buscando una moneda de tres peniques para el cambio-. Él no se lo esperaba. Lo pillaste por sorpresa, pobre tipo.
– ¿Cómo? ¿Qué es lo que hice?
– ¿A ti qué te pasa? -Le miró incrédulo-. Quieres saborearlo dos veces, ¿no es eso? Pues no lo sé. Sólo sé que llegasteis aquí juntos y que se la jugaste. Se fiaba de ti y acabó cubierto de mierda. Supongo que fue culpa suya. Tendría que haber sabido con quién andaba. Lo llevabas escrito en la cara. ¡Yo no me habría fiado de ti ni muerto!
Era desagradable y directo, y probablemente decía la verdad. Le habría gustado pensar que el hombre mentía, encontrar el modo de eludir sus palabras, pero sabía que no tenía escapatoria.
Notó cómo se le enfriaba el estómago y luego el pecho.
– ¿Qué me dice de esos hombres que ha visto? -preguntó, con voz apagada-. ¿No quiere que los detengan?
El rostro del hombre se ensombreció.
– Claro que quiero…, y lo haremos… ¡sin tu ayuda!
– Pues no habéis hecho muy buen trabajo hasta ahora -señaló Monk-. Ya no estoy en la policía. Trabajo para Vida Hopgood, en esto. Todo lo que averiguo se lo cuento a ella.
La incredulidad del hombre era manifiesta.
– ¿Por qué? ¿Te expulsaron de la policía? ¡Bueno! ¡Supongo que ese tipo sacó lo mejor de ti al final! -Sonrió, mostrando sus dientes amarillos-. Así que después de todo sigue habiendo algo de justicia.
– ¡No tiene ni idea de lo que pasó entre nosotros! -exclamó Monk a la defensiva-. ¡No sabe lo que él me había hecho a mí! -Sonaba infantil, y se dio cuenta de ello mientras lo decía, pero ya era demasiado tarde para rectificar.
El hombre sonrió.
– ¿A ti? Para mí eres un canalla de primera clase, ¡pero apostaría por ti contra cualquiera!
Monk sintió un escalofrío de aprensión, aunque quizá también de orgullo, de un orgullo perverso y doloroso, una especie de compensación por la zozobra que le provocaban tantas otras cosas.
– Pues entonces ayúdeme a encontrar a esos hombres. Ya sabe lo que han hecho. Deje que Vida Hopgood se entere de quiénes son y ponga fin a sus fechorías.
– Ya… Vale. -Su rostro se relajó, disipando su enojo-. Supongo que si alguien puede encontrarlos, ése eres tú. No sé gran cosa, si no ya me habría encargado yo mismo.
– ¿Ha visto a esos hombres, o a alguien que encaje con la descripción?
– ¿Cómo voy a saberlo? He visto a montones de tíos que no eran de por aquí, pero normalmente ya sabes a qué han venido. Vienen a los burdeles, o a jugar, o a cualquier otra cosa que no se atrevan a hacer cerca de sus casas.
– ¡Descríbamelos! -exigió Monk-. No me importan los demás. Dígame todo lo que vio de esos hombres, dónde y cuándo, cuántos eran, cómo iban vestidos, todo lo que sepa…
El hombre reflexionó durante unos segundos antes de responder. Su descripción confirmó lo que Monk ya sabía en cuanto a su complexión, y a que en ciertas ocasiones eran tres y en otras sólo dos. El nuevo dato que aportó fue que los había visto reunirse, en las afueras de Seven Dials, como si llegaran de distintas direcciones, y que luego se habían ido juntos.
Ya no pudo evitar por más tiempo poner a prueba su teoría. Habría preferido con mucho no hacerlo, pues se temía que era cierta y no deseaba que lo fuese. Hester actuaba como una tonta al respecto, eso estaba claro, pero no quería herirla, y lo haría, cuando se viera obligada a aceptar que Rhys Duff era uno de los violadores.
Le llevó todo el día, pasando de una calle gris y desolada a la siguiente, preguntando, engatusando, amenazando, pero al anochecer ya había dado con otras personas que habían visto a los hombres inmediatamente después de uno de sus asaltos, y tan sólo a unos cincuenta metros del lugar de los hechos. Iban despeinados, se tambaleaban un poco, y uno de ellos estaba manchado de sangre, sus manchas se hicieron visibles cuando la linterna de un carruaje que pasaba a su lado le iluminó el rostro.
No era lo que quería. Cuanto averiguaba parecía llevarle de manera irremediable hacia una tragedia que, ahora estaba casi seguro, iba a involucrar a Rhys Duff; pero aún sentía una especie de euforia, una fuerza interior fruto de la sensación de poder, el sabor del triunfo. Estaba doblando una esquina hacia una calle más ancha, saltando de la acera estrecha y evitando el arroyo, cuando recordó haber hecho exactamente lo mismo con anterioridad, con el mismo ímpetu debido a la misma sensación: el saber que había ganado.
Luego vino lo de Runcorn. No sabía exactamente qué, pero algunos hombres le habían contado cosas que necesitaba saber, y le habían temido, igual que ahora. Era un conocimiento poco grato de rememorar, los ojos precavidos, el odio que encerraban y su derrota porque él era más fuerte y más listo, y ellos lo sabían. Pero no recordaba que eso les doliera. Era sólo ahora, en retrospectiva, cuando dudaba de haber obrado de manera correcta.
Se estremeció y apretó el paso. Ya no había vuelta atrás.
Tenía bastante para ir a ver a Runcorn. Debía poner el asunto en manos de la policía. Así protegería a Vida Hopgood e impediría que interviniera la ley de la calle que Hester tanto temía. De este modo habría un juicio, y pruebas.
Encontró un carruaje y dio al cochero la dirección de la comisaría. Runcorn tendría que escucharlo. La información que le llevaba era demasiado para que pudiera obviarla.
– ¿Palizas? -dijo Runcorn escéptico, apoyándose en el respaldo de su silla y levantando la vista hacia Monk-. Me suena a drama doméstico. ¿Por qué nos viene con esto? Casi todas las mujeres retiran la denuncia. Además, un hombre tiene derecho a pegar a su mujer para castigarla, dentro de los límites de lo razonable. -Torció el labio con una mezcla de irritación y divertimento-. No le va a usted esto de perder el tiempo con causas inútiles. Nunca le he considerado la clase de hombre que arremete contra molinos de viento… -Dejó la frase suspendida en el aire, cargada de significados implícitos-. ¡Pues sí que ha cambiado! Ha venido un poco a menos, ¿no es eso? -Inclinó la silla levemente hacia atrás-. Veo que acepta casos de pobres y desesperados…
– Las víctimas de palizas y violaciones suelen estar desesperadas -dijo Monk, controlando su temperamento en la medida que le era posible, aunque notó que el enojo se iba haciendo patente en su voz.
Runcorn respondió de inmediato. Estaban despertando los efectos de un buen puñado de antiguas rencillas. Ambos reproducían escenas pasadas, la ansiedad de Runcorn, su testarudez y su tendencia a la provocación, la ira de Monk, su desdén y su afilada lengua. Por un instante, Monk se sintió como si le hubiesen arrancado de su propio ser, convirtiéndose en el espectador de dos seres atrapados en la reinterpretación de la misma vana tragedia una vez tras otra.
– Se lo he dicho antes -dijo Runcorn, echándose hacia delante y haciendo que las patas de la silla tronaran al golpear el suelo, apoyando los codos en el escritorio-. Nunca podrá demostrar que un hombre haya sido violento con una prostituta. ¡Ellas se venden, Monk! Puede que usted no lo apruebe. -Arrugó la nariz como si imitara a Monk, aunque en su voz no había mofa-. Puede que piense que es una manera inmoral y despreciable de ganarse la vida, pero nunca nos libraremos de ellas. Puede que ofenda a su sensibilidad pero le aseguro que muchísimos hombres a los que usted llama caballeros, en cuyos círculos anhela ingresar con su donaire y sus formas corteses, muchos de ellos van a Haymarket, e incluso a lugares como Seven Dials, para servirse de esas mujeres, pagando por el privilegio.
Monk abrió la boca para responder pero Runcorn no le dio oportunidad.
– Quizá le gustaría pensar de otra manera, pero ya va siendo hora de que vea a sus queridos burgueses y aristócratas tal como son realmente. -Golpeó el escritorio con el dedo extendido-. Les gusta casarse con sus esposas por cumplir con la sociedad, para llevarlas colgadas del brazo cuando salen a cenar y bailar con sus pares. Les gusta tener una esposa serena y como Dios manda. -Siguió golpeando la mesa y hablando con sorna-. Una mujer virtuosa que no sepa nada sobre los placeres de la carne, para que sea la madre de sus hijos, la guardiana de todo lo que es seguro y bueno y eleva el espíritu y es moralmente intachable. Pero en lo que atañe a sus apetitos, quieren a una mujer que no sepa nada de ellos a nivel personal, que no espere nada de ellos salvo el pago por los servicios prestados y que no se horrorice si exhiben ciertos gustos que desagradarían y llenarían de espanto a sus gentiles esposas. ¡Quieren la libertad de ser cualquier maldita cosa que les guste! ¡Y eso incluye muchas cosas que quizá usted no apruebe, Monk!