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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Monk avanzó hacia ella. Estaba tan cerca que Hester podía oler la lana húmeda de su abrigo, mojado por la lluvia.

– Lo siento -dijo Monk en voz baja-. No puedo hacer la vista gorda porque ahora esté herido o porque sea tu paciente. Si hubiese actuado a solas, quizá podría, pero están los otros dos.

– No puedo creer que Arthur Kynaston estuviera implicado. -Lo miró a los ojos-. Tendría que ver pruebas irrefutables. Tendría que escuchar su confesión. De Duke ya no estoy tan segura.

– Pudieron ser Rhys, Duke y otra persona -señaló Monk.

– Entonces ¿por qué Leighton Duff está muerto y Duke Kynaston ileso?

Monk alargó el brazo como si fuese a tocarla pero lo dejó caer.

– Porque Leighton Duff adivinó que estaba pasando algo realmente feo, los siguió y se enfrentó a su hijo -respondió con gravedad, frunciendo el ceño-. Se enfrentó con quien más le preocupaba, con quien le importaba de verdad. Y Rhys perdió los estribos, quizá ebrio de whisky, exacerbado por la culpa y el miedo, y embebido de su propio poder. Los demás huyeron. El resultado es lo que Evan encontró… Dos hombres que comenzaron una pelea que no pudieron detener hasta que uno de ellos cayó muerto y el otro terminó herido casi de muerte.

Hester negó con la cabeza, pero lo hizo para apartar la imagen, para defenderse de ella, no porque pretendiera negar tal posibilidad.

Esta vez Monk le puso las manos en los hombros, con mucha suavidad, no para abrazarla, simplemente para tocarla.

Hester bajó la vista al suelo, negándose a mirarle.

– O quizá algunos hombres del barrio, maridos o amantes de las últimas víctimas, hermanos, o hasta amigos, dieron con ellos. Se entretuvieron demasiado rato y fueron ellos quienes les dieron la paliza a ambos. Rhys no nos lo puede contar…, aunque quisiera hacerlo.

No había nada que decir. El impulso era negarlo, pero eso carecía de sentido.

– No se me ocurre cómo averiguarlo -dijo Hester a la defensiva.

– Ya lo sé. -Esbozó una sonrisa-. Y si se te ocurriera, no lo harías… hasta que tú misma sintieras la necesidad de saber. Tendrías que demostrar su inocencia… y cuando lo hallaras culpable, no dirías nada, aunque yo de todos modos lo sabría.

Hester levantó la vista de pronto.

– ¡No, no lo sabrías! No si decidiera ocultártelo.

Monk titubeó, luego dio un paso atrás.

– Lo sabría -repitió-. ¿Por qué? ¿Acaso le defenderías? Debería llevarte a ver a esas mujeres, vapuleadas por la pobreza, la suciedad, la ignorancia, y ahora apaleadas por tres jóvenes caballeros aburridos de sus vidas confortables y ávidos de entretenimientos un poco más peligrosos, de algo capaz de hacerles latir el corazón más deprisa y de subirles la sangre a la cabeza. -Su voz era ronca por la indignación, por la profunda y pertinaz lástima que le inspiraban las víctimas-. Algunas son todavía niñas. A su edad tú estabas en un aula, con un delantal sobre el vestido, haciendo sumas y restas, ¡y tu peor tormento era que te obligaran a comer budín de arroz! -Estaba exagerando y lo sabía, aunque eso apenas importaba. La esencia de lo que decía era real-. ¡No defenderías eso, Hester…, no podrías! ¡Tienes más honor, más imaginación!

Ella se volvió.

– ¡Por supuesto! Pero tú no has visto cómo sufre Rhys ahora. Juzgar es muy fácil cuando sólo se conoce una de las partes. Resulta mucho más difícil cuando conoces al infractor y lo aprecias, cuando también compartes su dolor.

Monk se mantuvo justo detrás de ella.

– No me preocupa que sea fácil o difícil, sólo que sea correcto. A veces no podemos tenerlo todo. Me consta que hay personas que no lo comprenden, o que no lo aceptan, pero tú sí puedes hacerlo. Tú siempre has sido capaz de enfrentarte a la verdad, fuera lo que fuese. Y esta vez harás lo mismo.

Su voz transmitía certidumbre, ni un ápice de duda. Ella era Hester, la fiable, fuerte y virtuosa Hester. No era preciso protegerla del dolor o el peligro. ¡Ni siquiera había que preocuparse por ella!

Hester sintió el impulso de emprenderla a golpes con él por dar todo eso por sentado. En su fuero interno, ella era exactamente igual que cualquier otra persona, que cualquier otra mujer. A veces ansiaba que la protegieran, que alguien la apreciara y se encargara de mantener a raya las cosas feas y peligrosas, no porque ese alguien pensara que no podría soportarlas, sino porque no deseara verla sufrir.

Aunque no le iba resultar posible decirle todo aquello… A Monk menos que a nadie en el mundo. Para que tuviera algún valor, tal actitud debía ofrecerse libremente. Debía ser su deseo, casi su necesidad. Si ella hubiese sido una de esas mujeres frágiles, cariñosas y femeninas que tanto admiraba, lo habría hecho de manera instintiva.

¿Qué podía decir? Estaba tan enfadada, dolida y confundida que las palabras se atropellaban en su mente, y todas se le antojaban vanas, capaces sólo de traicionar lo que sentía, y eso era lo último que deseaba que él supiera. Hasta ahí, al menos, sería capaz de defenderse a sí misma.

– Naturalmente -dijo con frialdad y voz grave-. No tendría sentido obrar de otro modo, ¿no crees? -Dio un paso para separarse de él, con los hombros rígidos, como si temiera que fuera a tocarla-. Me figuro que aguantaré lo que sea. No me queda otra alternativa.

– Estás enfadada -observó Monk, con un deje de sorpresa.

– ¡Tonterías! -le espetó ella. Monk no entendía nada de nada. Aquello no tenía nada que ver con Rhys Duff ni con quienes habían pegado las palizas a las mujeres. Se debía a que diera por supuesto que podía tratarla como a otro hombre, a que tuviera tan claro que ella podía y debía cuidar de sí misma. ¡Por supuesto que podía! ¡Pero aquello tampoco era la cuestión!

– ¡Hester!

Ella seguía dándole la espalda, pero la voz de Monk sonó paciente y razonable. Provocaba el efecto del vinagre en una herida.

– Hester, no soy yo quien ha decidido que sea Rhys. También investigaré cualquier otra posibilidad.

– ¡Sé muy bien que lo harás!

Ahora era Monk el desconcertado.

– Entonces, ¿qué diablos quieres de mí? No puedo cambiar lo que ocurrió, ¡y sólo me conformaré con la verdad! No puedo salvar a Rhys de sí mismo, ni puedo salvar a su madre… ¿Es eso lo que quieres?

Hester giró sobre sus talones.

– ¡No es eso lo que quiero! ¡Y no espero nada de ti! ¡Por Dios! ¡Te conozco desde hace lo bastante para saber exactamente qué es lo que voy a lograr de ti. -Las palabras le salieron sin querer y antes de terminar de pronunciarlas deseó haberse mordido la lengua, no haberse puesto tan en evidencia, mostrándose vulnerable. Ahora él sabría a qué atenerse, por más que se propusiera lo contrario.

Monk se quedó atónito, y también enojado. Su rostro presentaba rasgos de un genio que Hester conocía de sobra. Un velo ensombreció su mirada, ocultando cualquier asomo de amabilidad.

– En ese caso nuestra conversación carece de sentido -dijo en tono grave-. Nos comprendemos a la perfección y no hay nada más que decir. -Hizo un amago de reverencia-. Gracias por dedicarme este rato. Buenos días.

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