El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
¿O la pelea había sido sólo entre padre e hijo?
Era posible, aunque no había prueba alguna. De ser así, al menos uno de los autores ya había sufrido una terrible venganza y Vida Hopgood no tendría que investigar más.
Dio las gracias a Bella Green y echó un vistazo para ver si merecía la pena decirle algo a su marido. Resultaba imposible saber por su mirada si los había escuchado. Decidió hablarle de todas formas.
– Gracias por recibirnos. Que tenga un buen día.
El hombre abrió los ojos en un repentino golpe de lucidez pero no contestó.
Bella les acompañó afuera. La niña no se veía por ningún lado, debía de estar en la otra habitación. Bella tampoco volvió a hablar. Titubeó, como si fuera a preguntar qué esperanzas podía tener o como si quisiera darle las gracias. Se le notó en los ojos, que por un momento parecieron más dulces. Pero guardó silencio, y ellos salieron a la calle donde los engulló al instante la niebla cada vez más densa, ahora amarillenta y agria por el humo, que se posaba como hielo en los adoquines.
– ¿Y bien? -inquirió Vida.
– Cuando esté listo se lo diré -repuso Monk. Tenía ganas de caminar a grandes zancadas, estaba demasiado enfadado para andar al paso de ella, y tenía mucho frío, pero no sabía dónde se encontraba ni hacia dónde se dirigían. Se vio obligado a esperarla contra su voluntad.
La siguiente casa que visitaron era un poco más cálida. Dejaron atrás la niebla helada para entrar en una habitación donde una estufa panzuda, que olía a hollín viejo, desprendía un reconfortante calor. Maggie Arkwright era regordeta y tranquila, de pelo negro y tez rubicunda. Era fácil entender que le fuera bien en su profesión a media jornada. Emanaba buen humor e incluso un saludable aspecto que resultaba muy atractivo. Tras echar un vistazo a las dos butacas de la habitación, a la mesa con sus cuatro patas originales, la banqueta y el arcón de madera con tres mantas dobladas encima, Monk se preguntó si lo habría comprado con lo recaudado en su segundo empleo.
Entonces recordó que Vida le había dicho que su marido era un ladrón de poca monta, y cayó en la cuenta de que bien podía ser él la fuente de su relativa prosperidad. El hombre entró un momento después que ellos. Tenía una cara simpática, con los ojos rodeados por unas arrugas que denotaban buen talante, pero llevaba la cabeza rapada al modo que Monk denominaba como «esquilada de terrier», el corte de pelo propio de la cárcel. Probablemente no llevaba más de una semana, como mucho diez días, en libertad. Cabía suponer que ella se había encargado de mantener la casa mientras él aceptaba la hospitalidad de Su Majestad en Millwall o Coldbath Fields.
Se oyó un estallido de risas en la habitación contigua, la aguda carcajada socarrona de una anciana y las más alegres risas de los niños. Eran el puro sonido de la hilaridad despreocupada y sin reservas.
– ¿Qué desean? -preguntó Maggie educadamente, aunque mirando precavida a Monk. A Vida la conocía, pero él emanaba un aire de autoridad que no le inspiraba la menor confianza.
Vida se explicó y poco a poco Monk fue sonsacando a Maggie el relato de su asalto. Había sido una de las primeras en sufrir los ataques y parecía mucho menos maliciosa que las más recientes. Le dio una versión muy adornada de lo sucedido, carente de interés práctico, aunque le proporcionó el nombre de una víctima más, una mujer a quien Vida no conocía. Le dijo donde encontrarla, aunque tendría que esperar al día siguiente. A aquellas horas estaría borracha y no le serviría de nada. Se rió al decirlo, mofándose a placer pero sin crueldad.
Monk encontró a la mujer en un tenderete donde vendía toda clase de artículos para el hogar: cacharros, platos, baldes, algún que otro cuadro o adorno, velas, jarras y aguamaniles; la mayoría de escaso valor. No era joven, debía rondar la cuarentena, aunque no era fácil decirlo. Tenía una buena complexión, como si hubiese sido buena moza en su juventud, pero su cutis acusaba los excesos de ginebra, la escasez de aire puro y agua fresca, y toda una vida arraigada en la mugre.
Consideró a Monk como posible cliente, con moderado interés, pues nunca bajaba la guardia. Perder interés era perder dinero, y perder dinero suponía la muerte.
– ¿Es usted Sarah Blaine? -preguntó, pese a que encajaba con la descripción de Maggie y se encontraba en el sitio previsto. Rara era la ocasión en que alguien allí permitía que le quitaran el sitio, ni siquiera por un día.
– ¿Quién quiere saberlo? -preguntó cautelosa. Entonces abrió mucho los ojos, con un gesto inconfundible de aversión, asaltada por un amargo y profundo recuerdo. Tomó aire y lo soltó silbando entre dientes-. ¡Vaya! ¡Esperaba no volver a verte nunca más, hijo de puta! ¡Te daba por muerto! Me dijeron que habías palmado en el cincuenta y seis. Salí pitando para el Grinnin' Rat y pagué una ronda a toda la concurrencia. Bailamos y cantamos; lo que yo te diga. ¡Bailamos sobre tu tumba, Monk, sólo que tú no estabas dentro! ¿Qué pasó? ¿El demonio no te quiso? ¿Eres demasiado, hasta para sus tragaderas?
Monk se quedó pasmado. Le conocía. No cabía la posibilidad de negarlo. ¿Y cómo podría hacerlo? No había cambiado. Seguía teniendo el mismo cuerpo delgado, la mirada dura y firme, los pómulos altos, la misma voz vibrante y exacta.
No tenía la más remota idea de quién era ella, ni de qué relación habían tenido, excepto por lo evidente, que era que le odiaba; no sólo porque fuese policía sino por alguna razón personal.
– Me hirieron -contestó con la verdad sin más-. No me mataron.
– Ah sí, ¿eh? Pues sí que es una lástima -dijo lacónicamente-. ¡Qué se le va a hacer, tendremos más suerte la próxima vez! -Los ojos brillantes y los labios torcidos dejaban claro lo que quería decir-. Bueno, nada de esto es robado, ¡así que largo! No tengo nada para ti. Y no voy a decirte nada de nadie.
Dudó entre decirle o no que ya no estaba en la policía, o si era mejor que creyera que seguía en activo. Le confería poder, cierta autoridad cuya pérdida aún le dolía.
– Las únicas personas que me interesan ahora son los hombres que la violaron y apalearon en Steven's Alley hace un par de semanas…
Observó su rostro y se congratuló ante el absoluto asombro que por un instante hizo desaparecer cualquier otra expresión.
– ¡No sé de qué me hablas! -dijo al cabo de un rato, apretando los dientes y con la mirada cargada de odio-. ¡A mí no me ha violado nadie! ¡Te equivocas otra vez, maldita sea! ¡Te pasas de listo! Te presentas por aquí con tu ropa cara como si fueras Lord Muck, dándote aires de importancia, ¡y en realidad no sabes nada!
Monk sabía que mentía. No habría sabido decir por qué, no era una cuestión de inteligencia sino de instinto. Estaba familiarizado con la incredulidad y el desprecio.
– La he sobrevalorado -dijo con tono mordaz-. Pensaba que sería más leal a los suyos. -Era la única cualidad que le constaba que ella apreciaría.
Y así fue, pues se estremeció como si la hubiese golpeado.
– Tú no eres más de los míos que las ratas que hay en ese montón de basura de ahí. Tal vez tendrías que probar con una de ellas, ¿eh? Quieres lealtad para los tuyos… ¡Igual hablan contigo si les preguntas como Dios manda! -Rió sonoramente de su propio chiste, aunque con un deje de crispación. Tenía miedo de algo y, mientras la miraba, sentada envuelta en su chal gris y negro, con los hombros caídos, el pelo agitándose ante su rostro en el aire gélido, fue cobrando peso el convencimiento de que era a él a quien temía.
¿Por qué? No suponía ningún tipo de amenaza para ella.
La respuesta debía radicar en el pasado, en aquello que les hubiese unido entonces y que la había llenado de regocijo al creerlo muerto.