El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Monk enarcó las cejas de un modo sarcástico.
– ¿Eso cree? ¿Serán capaces de describir a los hombres que le dieron a usted una paliza…, igual que a todas las demás mujeres, esas pobres desgraciadas que trabajan en talleres todo el día y que luego, por la noche, salen unas horas a hacer la calle para conseguir el dinero extra que les falta para alimentar a sus hijos? ¿Me dirán cuántos hombres eran, si eran mayores o jóvenes, cómo sonaban sus voces, de dónde llegaron y hacia dónde se fueron… después de pegar a la quinceañera Carrie Baker y romperle el brazo a su hermana pequeña?
Consiguió el efecto deseado, pues Sarah se mostró herida y sorprendida. Su dolor era real.
Durante un instante olvidó la rabia que sentía contra Monk para dirigirla contra aquellos hombres, contra la injusticia de un mundo que permitía tales cosas, la inmensa monstruosidad del miedo y el sufrimiento que se cernían sobre ella y los de su clase, con la certidumbre de que no habría reparación ni venganza.
Él era el único ser vivo que tenía a su alcance, el único con quien compartir la pena.
– ¡Y a ti qué te importa, maldito chacal! ¡Un jodido perro policía, eso es lo que eres! -Tenía la voz ronca por la amargura y la conciencia de su propia impotencia, ni siquiera podía provocarle más que un mero arañazo en la piel, nada comparado con la herida abierta que le estaba matando. Por eso lo odiaba, con toda la pasión de la futilidad-. ¡Bofia! Vives de los pecados de los demás… Si nosotros no pecamos, no sirves para nada. Remover la cloaca, limpiar las letrinas de los demás, eso es lo que haces. Por eso estás lleno de mierda.
La satisfacción ante su propia ocurrencia le iluminó el rostro.
Monk no consideró oportuno contraatacar.
– No tiene por qué tenerme miedo, no ando buscando velas y teteras robadas…
– ¡No te tengo miedo! -espetó Sarah, con el miedo brillando en sus ojos, odiándolo aún más porque sabía que él podía verlo con tanta claridad como antaño.
– No estoy en la policía -prosiguió, haciendo caso omiso de sus interrupciones-Trabajo por mi cuenta, para Vida Hopgood. Ella es quien me paga y le importa un rábano de dónde procedan estas mercancías. Quiere acabar con las violaciones y las palizas.
Sarah lo miró de hito en hito, tratando de descifrar la verdad en su rostro.
– ¿Quién le pegó, Sarah?
– ¡No lo sé, imbécil! -exclamó furiosa-. Si lo supiera, ¿no crees que ya habría encargado a alguien que le rebanara el cuello a ese cabrón?
– ¿Era un hombre solo? -preguntó Monk sorprendido.
– No, eran dos. Al menos eso creo. ¡Era una noche negra como el corazón de una bruja y no se veía tres en un burro! Ja! Tendría que decir negra como el corazón de un guindilla, ¿no crees? Sólo que nadie sabe si los guindillas tenéis corazón. Igual tendríamos que abrir a uno en canal para comprobarlo, ¿eh?
– ¿Y qué pasa si lo tiene y es tan rojo como el suyo?
Sarah escupió.
– Cuénteme lo que pasó -insistió Monk-. Quizá me sirva para dar con esos hombres.
– ¿Y qué, si los encuentras? ¿A quién le importa? ¿Quién hará algo al respecto? -dijo con desprecio.
– ¿Acaso no lo haría usted, si supiera quiénes son? -preguntó Monk.
Aquello colmó el vaso. Le contó todo lo que recordaba, soltándolo poco a poco y, pensó Monk, con considerable franqueza. No reveló nada nuevo, salvo que también recordaba el extraño olor, penetrante y alcohólico, y sin embargo imposible de identificar.
Monk se marchó caminando contra el viento, dándole vueltas en la cabeza a lo que ella acababa de referirle y también, a regañadientes, cada vez más preocupado, preguntándose qué habría hecho en el pasado para merecer un odio tan intenso.
Al atardecer, obedeciendo a un impulso, decidió ir a ver a Hester. No se dio una razón para hacerlo. No tenía ninguna. Había decidido mantenerla apartada de su mente mientras se ocupara de aquel caso. No tenía nada que decirle, ni tampoco nada que perseguir ni discutir. Sabía dónde estaba porque Evan se lo había dicho. Había mencionado el apellido Duff y Ebury Street. Partiendo de ahí no le fue nada difícil plantarse en el umbral de la casa correcta.
A la doncella que abrió la puerta le explicó que era un conocido de miss Latterly y que estaría muy agradecido si pudiera visitarla, siempre y cuando ella dispusiera de unos minutos. La respuesta de la señora Sylvestra Duff fue de lo más gentil. Ella no tenía previsto salir y, si a miss Latterly le apetecía, podía pasar toda la velada lejos de Ebury Street. Había trabajado muy duro últimamente y bien merecía un respiro y cambiar de escenario, si así lo deseaba.
Monk le dio las gracias con un sentimiento próximo a la alarma. Al parecer la señora Duff daba por sentado que su relación con Hester era más intima de lo que los hechos daban a suponer. No deseaba pasar toda la velada con ella. No tenía nada que decirle. De hecho, ahora que se encontraba allí, ni siquiera estaba seguro de querer verla. Aunque decir eso en aquel momento le haría parecer ridículo y cobarde. Podría interpretarse de infinitas maneras, ninguna favorable para su persona.
Monk tuvo la impresión de que Hester tardaba siglos en bajar. ¿Quizás ella tampoco abrigaba deseos de verle? ¿Por qué? ¿Se habría ofendido por algo? Últimamente se había mostrado muy crispada. Había hecho algunos comentarios sardónicos acerca de su conducta en el caso de difamación, sobre todo a propósito de su viaje al continente. Se diría que estaba celosa de Evelyn von Seidlitz, algo absurdo. Su pasajera fascinación por Evelyn no tenía por qué afectar a su amistad, salvo si ella forzaba las cosas.
Monk caminaba de un lado a otro de la sala de día mientras esperaba: nueve pasos en una dirección, nueve en la contraria.
Evelyn von Seidlitz nunca sería una amiga como Hester. Era hermosa, cierto, pero también tan superficial como un charco, egoísta de manera innata. Poseía la clase de fealdad que creaba desencanto en el alma. En tanto que Hester, con sus hombros angulosos y el rostro despierto, la mirada tan directa y la lengua demasiado franca, no tenía ningún encanto, sino una clase de belleza similar a una amable brisa marina, o a la luz que se derrama en las tierras altas cuando uno puede ver de un extremo a otro el horizonte, tal como lo recordaba de su juventud en las grandes colinas de Northumberland. Era algo que uno llevaba dentro y de lo que jamás se cansaba. Curaba las heridas superficiales y posaba una mano limpia en el corazón, con gentileza.
Se oyó ruido en el vestíbulo.
Se volvió justo cuando ella cruzaba el umbral. Iba vestida de gris oscuro con un cuello de encaje blanco. Se la veía muy elegante, muy femenina, como si hubiese hecho un esfuerzo especial para la ocasión. Aquella no era una cita social, ¡y era lo menos parecido a un encuentro de carácter romántico! ¿Qué demonios le habría dicho la señora Duff?
– ¡Sólo he venido a saludarte! -dijo con precipitación-. ¡No tenía intención de interrumpirte! ¿Cómo estás?
Hester se sonrojó.
– Bastante bien, gracias -dijo sarcásticamente-. ¿Y tú?
– Cansado, trabajo en un caso agotador y con pocas esperanzas -contestó-. Será difícil resolverlo, más complicado aún probarlo y no soy muy optimista respecto a que la ley juzgue a los culpables, suponiendo que dé con ellos, ¿le estoy interrumpiendo?
Hester cerró la puerta y se apoyó en el picaporte.
– De ser así no habría bajado. La doncella es muy capaz de transmitir un recado.
Quizá presentara un aspecto menos formal que de costumbre, pero seguía careciendo de todo encanto femenino. Ninguna otra mujer le habría hablado de semejante modo.
– No tienes idea de lo que es la gentileza, ¿verdad? -criticó Monk.
Hester abrió mucho los ojos.
– ¿Para eso has venido, para que alguien sea gentil contigo?