El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Se marchó, dejándola tan abatida como enfadada.
Avanzada la tarde Arthur Kynaston vino otra vez de visita, aunque en esta ocasión acompañado por su hermano mayor, Duke. Hester se encontró con ellos en el vestíbulo, al salir de la biblioteca para dirigirse arriba.
– Buenas tardes, miss Latterly -saludó Arthur de buen humor. Echó un vistazo al libro que llevaba-. ¿Es para Rhys? ¿Cómo se encuentra?
Duke estaba detrás de él, era una versión más fuerte de su hermano, más ancho de hombros. Caminaba con más garbo, incluso con cierta arrogancia. Era más guapo desde un punto de vista convencional, aunque tal vez falto de personalidad. Tenía el mismo pelo suave y ondulado de color castaño rojizo que Arthur. Ahora miraba a Hester con impaciencia. No era a ella a quien habían venido a ver.
Arthur se volvió.
– Perdona Duke, ella es miss Latterly, la que se encarga de cuidar a Rhys.
– Bueno -dijo Duke con brusquedad-. Ya le llevaremos nosotros el libro.
Tendió la mano para que se lo diera. Era más una exigencia que un ofrecimiento.
A Hester le desagradó al instante. Si aquellos eran en efecto los muchachos a quienes buscaba Monk, Duke era responsable no sólo de los brutales asaltos a las mujeres, sino de la ruina de su hermano y de la de Rhys.
– Gracias, señor Kynaston -repuso muy formal, cambiando rápidamente de parecer-. No es para Rhys, me disponía a leerlo yo misma.
Duke miró el libro.
– ¡Es una historia del Imperio otomano! -exclamó con una sonrisa burlona.
– Un pueblo de lo más interesante -opinó Hester-. La última vez que estuve en Estambul vi obras de gran belleza. Me gustaría saber más al respecto. Fueron un pueblo generoso en muchos aspectos, con una cultura de una gran sutileza y complejidad. -También era un pueblo cruel hasta más allá de lo comprensible, pero aquello era irrelevante ahora.
Duke se mostró desconcertado. No era la respuesta que había esperado, aunque enseguida recobró la compostura.
– ¿Hay mucha demanda de sirvientes domésticos en Estambul? Hubiese dicho que la mayoría de familias empleaba a lugareños, sobre todo como mozos.
– Me figuro que así es -contestó Hester, sin mirar a Arthur-. Estuve demasiado ocupada para reparar en tales cosas. Mi doncella se quedó en Londres. Pensé que aquel no era lugar para ella, y hubiese sido injusto que la obligara a acompañarme. -Le dedicó una sonrisa-. Siempre he creído que la consideración por la servidumbre es lo que distingue al auténtico caballero… o dama, cuando es el caso. ¿No está de acuerdo?
– ¿Usted tenía doncella? -dijo con incredulidad-. ¿Para qué, si puede saberse?
– Si se lo pregunta a su madre, señor Kynaston, estoy convencida de que lo pondrá al corriente de los deberes de una doncella -contestó Hester, poniéndose el libro debajo del brazo-. Son muchos y variados, y estoy segura de que no querrá hacer esperar al señor Duff.
Y antes de que Duke tuviera ocasión de responderle, sonrió de un modo encantador a Arthur y comenzó a subir la escalera delante de ellos, hirviendo de indignación.
Una hora después llamaron a su puerta y al abrirla encontró a Arthur Kynaston en el umbral.
– Lo lamento -se disculpó-. A veces es muy grosero. No tiene disculpa. ¿Puedo pasar y hablar con usted un momento?
– Por supuesto. -De todos modos, no podía negarse y, por más que fuese contra su voluntad, Monk tenía razón, trataría de averiguar la verdad, esperando a cada paso poder demostrar la inocencia de Rhys, impulsada por una imperiosa necesidad de saber-. Pase, por favor.
– Gracias. -Miró a su alrededor con curiosidad y se ruborizó-. Quería preguntarle si Rhys realmente se está recuperando y si… -frunció el ceño y su mirada se ensombreció- y si volverá a hablar. ¿Lo hará, miss Latterly?
Hester se preguntó al instante si era miedo lo que detectaba en él. ¿Qué era lo que diría Rhys si pudiese hablar? ¿Era ese el motivo por el que Duke Kynaston estaba allí, para comprobar si Rhys suponía un peligro para él… y quizá para asegurarse de que no lo fuese? ¿Debía dejarle a solas con él? ¡Ni siquiera podía gritar! Estaba por completo a su merced.
¡No, era una idea horrorosa! Y una estupidez.
Si le ocurría algo mientras ellos estaban allí, sin duda les culparían al instante. No tendrían modo alguno de explicarse o escapar. ¡Tenían que saberlo tan bien como ella! ¿Duke estaba solo con él ahora? Instintivamente se volvió hacia la puerta que comunicaba las dos habitaciones.
– ¿Qué sucede? -preguntó Arthur.
– Oh. -Le miró de nuevo, obligándose a sonreír. ¿Se encontraba a solas con un muchacho que había violado y golpeado a más de una docena de mujeres, y había otros dos al otro lado de la puerta? Debería tener miedo, no por ellos, sino de ellos… por ella. Intentó ordenar sus ideas-. Ojalá pudiera darle mejores noticias, señor Kynaston… -debía proteger a Rhys-, pero de momento nada lo indica. Lo siento mucho.
Se mostró abatido, como si Hester hubiese acabado con sus esperanzas.
– ¿Qué fue lo que le ocurrió? -preguntó, negando con la cabeza-. ¿Qué clase de herida tiene que le impide hablar? ¿Por qué no hace nada el doctor Wade? ¿Tiene algo roto? En ese caso, podría curarse, ¿no es así?
Daba la impresión de estar preocupado de corazón. A Hester le resultaba casi imposible creer que su mirada de asombro ocultara algún tipo de culpa.
– No es un problema físico -contestó, diciendo la verdad sin sopesar si era lo más sensato. Ahora ya no podía echarse atrás-. Lo que vio esa noche fue tan espantoso que le ha afectado la mente.
Los ojos de Arthur brillaron.
– Entonces ¿puede recobrar el habla cualquier día?
¿Qué debía decirle? ¿Qué era lo mejor para Rhys?
Arthur la observaba con atención y su expresión volvía a destilar inquietud.
– ¿Podrá? -repitió el muchacho.
– Es posible -dijo Hester con cautela-, pero no espere que suceda pronto. Puede llevarle mucho tiempo.
– ¡Es espantoso! -Se metió las manos en los bolsillos-. Rhys solía ser la mar de divertido, ¿sabe? -La miró con seriedad, deseoso de hacerle comprender-. Hacíamos montones de cosas juntos, él y yo… y a veces también Duke. Rhys posee un envidiable sentido de la aventura. Podía ser muy osado y siempre nos hacía reír. -Su rostro era pura aflicción-. ¿Puede imaginar algo peor que tener cientos de cosas que decir y estar acostado a solas sin poder decir ni una? ¡Pensar en algo divertido y no poder compartirlo! ¿Qué gracia tiene un chiste si no se lo puedes contar a nadie y observar la cara de los demás al captarlo? ¡No puedes compartir nada hermoso, ni espantoso, ni siquiera pedir ayuda o decir que tienes hambre o que estás entumecido! -Volvió a negar con la cabeza-. ¿Cómo se las apaña usted para saber lo que quiere? ¡Puede que le dé budín de arroz cuando lo que le apetezca sea pan con mantequilla!
– No es tan horrible como parece -dijo amablemente, aunque en esencia tenía razón. No podía compartir su dolor y terror verdaderos-. Le hago preguntas y me contesta, afirmando o negando con la cabeza. Estoy comenzando a ser bastante hábil adivinando lo que desea.
– Apenas puede decirse que sea lo mismo, ¿no le parece? -dijo con un repentino deje de amargura-. ¿Volverá a montar a caballo? ¿Podrá bailar o jugar a cartas? Era rapidísimo con las cartas. Las barajaba más deprisa que nadie. Eso sacaba a Duke de sus casillas, pues nunca conseguía estar a su altura. ¿No puede hacer nada para ayudarle, miss Latterly? Resulta espantoso estar ahí de pie sin hacer otra cosa que observarle. ¡Me siento inútil!
– No es ni mucho menos inútil -le aseguró-. Sus visitas son muy alentadoras. La amistad siempre es de gran ayuda.
Arthur sonrió un instante.